La muerte de Franco da paso a una transición
pacífica en España
La sociedad asume el reto de construir
un sistema democrático
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ARTÍFICES DE LA TRANSICIÓN.
Adolfo Suárez jura ante el
Rey el cargo de presidente del Gobierno. |
La década de los setenta supuso para España
el fin del régimen de Franco y la llegada de la democracia.
En 1974, una flebitis padecida por el general y una temporal
cesión de poderes al entonces Príncipe Juan Carlos,
era el primer indicio de que el régimen se acababa y de
que la sociedad había tomado por su cuenta el rumbo hacia
la democracia. Año y medio después, el jueves 20
de noviembre de 1975, Franco dejó de existim, tras una
agonía de mes y medio. A las once de la mañana
de ese día, el presidente del Gobierno, Arias Navarro,
leyó por televisión, con gesto compungido, el testamento
político de Franco.
Esa fecha supuso el inicio de la transición política
española que ya se venía gestando desde años
atrás. El Rey don Juan Carlos, que en 1969 había
jurado ante las Cortes franquistas la sucesión, encabezó
la transición. Un paso que no resultó fácil
debido a la conflictividad obrera, el azote terrorista (ETA mató
al recambio militar de Franco, Carrero Blanco, en 1973), las
posturas inmovilistas de sectores del régimen y a la incertidumbre
sobre la política prevista por el comunismo y socialismo
, expectantes en el exilio.
Pese a este clima de desconcierto, España supo conducir
la trágica situación y acertó en la estrategia
para efectuar el cambio. «De la ley a la ley», como
asesoró al Rey el jurista Torcuato Fernández Miranda,
uno de los artífices de la transición. De este
modo, el 3 de julio de 1976, don Juan Carlos eligió a
Adolfo Suárez como presidente del Gobierno para impulsar
el proceso. Suárez negoció con la oposición,
reconoció el problema nacionalista mediante la amnistía,
y liquidó las Cortes franquistas.
Consolidación
El 15 de diciembre, los españoles ratificaron en referéndum
la Ley para la Reforma Política, puerta real hacia la
democracia. Después, la consolidación del proceso:
las elecciones constituyentes de junio de 1977, en las que ganó
la UCD de Suárez. Un año más tarde, el 6
de diciembre de 1978, y tras un gran esfuerzo de consenso, se
aprobó la nueva Constitución por abrumadora mayoría.

Los Datos
20 de noviembre de 1975: Muere Franco tras una larga
agonía.
3 de julio de 1976: Don Juan Carlos elige a Alfonso
Suárez como presidente del Gobierno, en sustitución
de Carlos Arias Navarro.
15 de diciembre de 1976: Aprobación de la Ley
para la Reforma Política.
Junio de 1977: Triunfo de UCD en las elecciones constituyentes.
6 de diciembre de 1978: Aprobación de la nueva
Constitución, que da pie a los Estatutos autonómicos.

El Análisis
Fernando G. de Cortazar
El 20 de noviembre de 1975, después
de una agonía alargada, Franco moría en un hospital
madrileño cubierto por el manto de la virgen del Pilar
y junto al brazo incorrupto de Santa Teresa, atesorando las arcas
de poder que nadie se atrevió a quitarle en vida. Dejaba
un país moderno pero con las mismas estrecheces políticas
que había sufrido durante cuarenta años bajo su
bota. A esas alturas ya estaban pactadas las futuras negociaciones,
ensayados los pasos para la transformación y encargados
los funerales de la dictadura. Franco ha muerto. Viva el Rey.
En aquellos días algunos creyeron
que había que volverse desmemoriado y dar la razón
a Tocqueville cuando pensaba que ciertas dosis de amnesia pueden
ayudar en política. Sin embargo, un pasado prefabricado,
rebosante de campeones de la libertad, no consiguió hacer
olvidar que muchos disfrutaron del calor y el cobijo de sus madrigueras
hasta el final del invierno del dictador. Adolfo Suárez,
que obligadamente había rellenado su currículum
en el abrevadero franquista, acepta tomar la batuta. Borrón
y cuenta nueva. Inhumado el general, empezaba, entre codazos,
la carrera por situarse en la línea de salida de la prueba
democrática.
Es verdad que, en aquella hora, un buen
número de españoles estuvo dispuesto a transigir
en sus convicciones, a realizar transacciones en el mercado común
de las ideas, a transitar nuevas sendas acompañados por
viejos e irreconciliables enemigos. Pero también es cierto
que la búsqueda de la democracia en los años transigentes
tuvo demasiados sobresaltos y que la vida española se
encontró invadida por los malos espíritus del paro
con una inflación tercermundista y un déficit público
sobrealimentado en plenas vacas flacas.
No faltaron entonces los que comenzaron
a decir en voz baja que con Franco se vivía mejor y el
invento democrático a punto estuvo de encallar. Así
y todo, bastó un breve tiempo para que el franquismo,
como movimiento político, se disolviera entre los remolinos
del cambio, sin que algunas tempestades de metralla y sangre
lograran recrear una cultura antidemocrática. La herencia
no pretendida de Franco habría de ser el florecimiento
de una tolerancia ancha en cuanto a actitudes y opiniones que,
en su versión grotesca, emparentaría con algunos
deslices éticos y negligencias manifestados también
en la España de las libertades.