Los jóvenes reivindican la utopía
Movimientos juveniles en EE UU
y diversos países europeos ponen en tela de juicio el
sistema político y el estilo de vida del capitalismo
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FRANCIA AL BORDE DEL CAOS.
Barricada en pleno centro de París. |
'Haz el amor y no la guerra'. Este fue uno de los lemas
estandarte de la generación juvenil de los sesenta en
todo el mundo. En esa década la voz de la juventud se
alzó como nunca y desarrolló un código propio
de pensamiento y denuncia basado en los conceptos de amor, paz,
oposición a las guerras, libertad sexual, solidaridad,
comunismo y fraternidad.
El movimiento hippy tuvo su auge en estas fechas y surgió
entre los jóvenes como una respuesta rebelde a la moral
conservadora y como una ruptura con las normas del juego político
tradicional. Vinculado estrechamente al rock y el pop, el movimiento
hippy alcanzó su máxima expresión en el
festival de Woodstock.
Con otro cariz más político, Europa vivió
su particular revolución juvenil. El Mayo del 68 francés
supuso la mayor manifestación. Diferentes asociaciones
estudiantiles provocaron encierros y huelgas en la Sorbona de
París, encaminados a la supresión del sistema capitalista.
La protesta contó con el apoyo de las fuerzas sindicales.
El conflicto se prolongó semanas y 10 millones de franceses
participaron en él.
El 20 de agosto del mismo año, las tropas del Pacto
de Varsovia reprimieron con contundencia el incipiente movimiento
democratizador en Checoslovaquia y acabaron con la 'primavera
de Praga'. Mientras, en EE UU, el movimiento paficista se unificó
en torno a la protesta contra la intervención en la guerra
del Vietnam.

Los Datos
París: Huelga general en mayo de 1968 promovida
por estudiantes que paralizará el país y pondrá
contra las cuerdas a De Gaulle.
Praga: En agosto del mismo año, los tanques
soviéticos terminan con un experimento democratizador.
EE UU: en todo el país, durante meses, movilizaciones
contra la guerra de Vietnam.
Woodstock: Un festival de música en 1969 se
convierte en la referencia de todos los grupos juveniles y pacifistas.

El Análisis
Javier Elzo
La mítica y mitificada juventud
de los años 60 fue, como todas las generaciones juveniles,
fruto de su época y adalid de la siguiente. En un momento
de gran bonanza económica, sólo comparable a la
que vivimos en el mundo occidental en el momento presente, y
con un proyecto de recambio sociopolítico, el socialismo,
prácticamente asumido por todos los intelectuales, la
pequeña elite de esa juventud, de clase alta y medio-alta,
decidió cambiar la sociedad. Suelo contar cómo
en la católica universidad lovaniense, en la que me formé
al final de aquellos años, en la asignatura de Cambio
Social, de las 30 horas de clase, 14 las dedicó el profesor
a explicarnos, con todo lujo de detalles, la revolución
de Mao.
Hay que tener en cuenta, también,
que el paro, para los que estudiaban, y en gran medida también
para los demás, era escaso, aunque hay que añadir
que las mujeres, entonces, no trabajaban fuera del hogar de tal
suerte que si utilizáramos, hoy, los mismos parámetros
para contabilizar el paro, tendríamos más oferta
que demanda de trabajo. Pocas mujeres seguían estudios
superiores. Hay escasas figuras femeninas, no me viene ninguna
la cabeza, entre los líderes, estudiantiles y no estudiantiles.
Mayo del 68, la Revolución de Berkeley, los movimientos
de liberación del Tercer Mundo exportados en gran medida
de la intelectualidad europea, los grupos terroristas de la Baader,
las Brigadas Rojas y ETA, por centrarme y limitarme al ámbito
occidental son manifestaciones extremas de aquel movimiento de
cambio social, más revuelta que revolución. Todo
eso ha desaparecido, prácticamente sin dejar huella, con
la exigua excepción de ETA, exigua para la historia europea
pero omnipresente para nosotros, los vascos.
Pero aquella generación fue adalid,
sin embargo, en el terreno cultural. Todo comenzó en Berkeley
y continuó en el mayo francés. Era la autonomía
del yo, la afirmación de la juventud como modo de ser,
no solamente como tránsito entre la infancia y la edad
adulta, el valor de la igualdad (de razas, de géneros,
ante el trabajo...) a la par que la libertad total. Así
se proclama la máxima del 'prohibido prohibir', la inexistencia
del límite, la preeminencia del corazón sobre la
razón, el espectáculo sobre la reflexión
dialógica, la preferencia del amor sobre la guerra o,
si se prefiere, el disfrute sobre el deber, el deber patrio sobre
todo, cuyo declive ha llevado a la práctica desaparición
de la conscripción militar obligatoria en Europa... excepto,
una vez, más en ETA, con la 'kale borroka'. Hoy somos
herederos de ese fenomenal cambio cultural y gran parte de nuestra
forma de organizar la vida, de nuestros esquemas de valores,
son tributarios de lo que creó la juventud de los sesenta.
En España, particularmente pues su implantación
coincidió con el declive del franquismo y la instauración
de la democracia. En definitiva, la generación de los
'dorados sesenta' significó, por un lado, los últimos
estertores de la revolución sociopolítica, y la
afirmación de la mutación cultural. Somos hijos
y herederos de ambas.