Cae el muro de Berlín, una barrera que duró
28 años
La paulatina desintegración
del 'telón de acero' culmina con el fin de la barrera
física que ha mantenido separado al bloque de países
comunistas de Occidente
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Celebraciones en Berlín por
la caída del Muro. |
El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín
tras 28 años de ominosa presencia. El bloque de cemento,
el símbolo más elocuente de la división
del mundo en dos bloques y un obstáculo insalvable entre
las dos Alemanias, se convirtió esa noche en un punto
feliz de encuentro entre el este y el oeste. A las 23.14 horas,
ante una avalancha de personas, se abrieron las barreras en Berlín.
Miles de ciudadanos de la RDA pasaron al oeste, donde fueron
recibidos por los berlineses del otro lado con champán
y alegría. En los puestos de control se desarrollaron
escenas muy emocionantes. Personas que no se conocían
se abrazaban llorando. Después de una noche de celebración,
el alcalde de Berlín, Walter Momper (SPD), declaró
en una alocución: «Ayer por la noche el pueblo alemán
fue el más feliz del mundo».
El derribo del muro coincidió asimismo con la desaparición
del Telón de Acero. Hungría, en 1988, fue el primer
país comunista en desmantelar sus instalaciones de seguridad
en sus fronteras y en emprender reformas radicales. La política
aperturista de Gorbachov en Rusia había posibilitado en
marzo de ese año, en las primeras elecciones al Congreso
de los Diputados del Pueblo desde hacía 70 años,
la mayoría para los políticos reformistas frente
a los candidatos más ortodoxos del Partido Comunista.
En verano de ese mismo año, en el centro de una crisis,
Polonia se transformó en una democracia de tipo occidental.
El Comité civil Solidaridad, brazo político del
sindicato de Lech Walesa, ganó las elecciones por mayoría
y el candidato Tadeusz Mazowiecki se convirtió en el primer
jefe de Gobierno no comunista en un país del Este de Europa.
El final de año y de década trajo también
el fin del comunismo a Checoslovaquia y Rumanía. La llamada
'Revolución de terciopelo' de Praga con una protesta masiva
y continuada del pueblo checo forzó la caída del
Gobierno. El defensor de los derechos civiles Václav Havel,
encarcelado a principios de ese mismo año, fue elegido
presidente. En Rumanía, a diferencia de lo ocurrido en
el resto de países del Pacto de Varsovia, la revolución
fue acompañada de un baño de sangre, con la ejecución
del dictador rumano Nicolae Ceaucescu, y su esposa Elena el 25
de diciembre. Con la revolución rumana, que duró
sólo una semana, desapareció el último régimen
estalinista en Europa del Este.

Los Datos
1988: Hungría fue el primer país comunista
en desmantelar sus instalaciones de seguridad en la frontera
occidental.
Marzo de 1988: Los reformistas ganan unas elecciones
en Rusia.
Verano de 1988: Polonia se convierte en una democracia.
'Revolución de terciopelo': Checoslovaquia abandona
el régimen comunista pacíficamente.
Giro sangriento: El cambio se llevó a cabo de
forma dramática en Rumania, el último régimen
estalinista. El dictador Ceaucescu y su esposa fueron ejecutados.
9 de noviembre de 1989: Cae el muro de Berlín
después de 28 años.

El Análisis
José Luis Peñalva
«Quisimos llevar a cabo un experimento.
Se trataba de saber hasta qué punto los alemanes del Este
y los del Oeste eran compatibles. Para ello introdujimos en los
coches patrulla policías de ambos sectores. La experiencia
no pudo ser más desalentadora. Los policías del
Este acabaron sirviendo el café y los sandwiches a los
del Oeste».
El portavoz del Gobierno del Berlín
utilizaba este ejemplo para demostrarme que las cosas nunca cambian
por decreto y que el esfuerzo por la unificación real
de las dos Alemanias no sería nunca consecuencia una declaración
política formal de unificación. Quedaba cuestionado
así el hito histórico de los ochenta, que acababa
con la guerra fría, condicionaba el espíritu de
la Europa naciente y determinaría, a la larga, el futuro
político de su mentor, el canciler alemán Helmut
Kohl.
«Alemania tenía que ser
castigada eternamente como país del Holocausto, y su división
era la dura respuesta de la historia». La eternidad en
política puede durar apenas unos segundos. Nadie, ni en
Alemania ni en el mundo, podía imaginar lo que iba a suceder
el 9 de noviembre de 1989, cuando Egon Krenz, secretario general
del Partido Comunista de la antigua RDA, decidió que todos
los habitantes de esta república podían viajar
al extranjero. El Muro de Berlín se vino abajo. Pero para
que se produjera ese simple y fundamental hecho debieron de concurrir
algunos factores: por un lado, el empuje de los ciudadanos alemanes
del Este y su fuerza centrífuga imparable hacia el Oeste;
por otro, la pulcritud y el tacto político de un líder
innovador indiscutible, Mijail Gorbachov, y su pretensión
de afianzar su perestroika y la apertura de Rusia al mundo.
El 28 de noviembre de 1989, el entonces
canciller Helmut Kohl anunciaba ante el Bundestag un plan de
diez puntos para el restablecimiento de la unidad alemana. Por
eso es imposible separar la idea de la caída del muro
de la unificación y ésta de los profundos cambios
estructurales en aquel país, que de dos sociedades separadas
por un muro de cemento pasaron a ser dos sociedades separadas
por un muro mental casi infranqueable.
Todavía hoy es el día
que a Kohl se le reprocha la improvisación de la unidad
y el hecho de que se anunciara de manera brutal y automática
y no se planeara de una forma progresiva. Ni siquiera se alaba
su intuición histórica y su decisión, que
exigió como contrapartida dos renuncias: el reconocimiento
de la frontera Oder-Neisse y en consecuencia la despedida de
los territorios perdidos en la Guerra Mundial, y el abandono
del marco, un hecho que conduce directamente a Maastricht.
Así que la caída del muro
introduce un punto de inflexión indiscutible en la historia
y avanza el fin de la guerra fría, pero no ofrece idea
alguna a la nueva era que se anuncia y que vendrá señalada
por una guerra en el corazón del viejo continente, la
de Yugoslavia, ante las fronteras irreales de la postguerra o
el desmembramiento del imperio soviético y sus guerras
nacionales, traídas hasta nuestros días por el
experimento letal de Chechenia.
La caída del Muro deja sin empleo
a la OTAN, obligada a remarcar su perfil como garante europeo,
frente el abuso de los poderosos contra los débiles, y
significa el nacimiento de un nuevo orden que, de momento, se
ha sustituido por pura improvisación y ha quedado en manos
de las potencias tradicionales, Rusia y Estados Unidos, sin otorgar
a Europa otro papel que el de comparsa, que tenía y oficiaba
con gran descrédito.