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A la espera de la gloria
César Coca
La muerte prematura le privó de poder componer muchas obras importantes, pero también del reconocimiento internacional que su trabajo merece

A los veinte años, Beethoven no había escrito un solo cuarteto para cuerda, género que luego revolucionaría. Juan Crisóstomo de Arriaga, que murió pocos días antes de cumplir esa edad, dejó tres que admiraron a sus profesores por su originalidad y elegancia. Es la mejor prueba del gran compositor que pudo ser, de no haberse cruzado en su camino una enfermedad –muy probablemente la tuberculosis que mató a tantos escritores y músicos en el siglo XIX y primeros años del XX– que le llevó a la tumba tan joven y lejos de su casa.

DESPEDIDA. Óleo de Alberto Arrue que representa la marcha de Arriaga a París.
La biografía del compositor bilbaíno parece marcada por la fecha del nacimiento: vino al mundo el 27 de enero de 1806, justo 50 años después de Mozart, el genio por antonomasia. Vio la luz en el entonces número 51 (hoy es el 12) de la calle Somera, un inmueble que los Arriaga ocupaban en su totalidad. Era la suya familia acomodada, que acababa de llegar hasta la Villa procedente de Rigoitia y que tenía sus raíces más antiguas en Lezama (Álava). Sus padres, que se habían casado por poderes en la iglesia de Santa María de Gernika, habían tenido antes siete hijos, de los que ya habían muerto tres, y todavía tendrían una niña más, que también fallecería muy pronto.

La infancia de Arriaga responde a ese contexto de la burguesía emergente: su padre, escribano y comerciante, con muchos contactos en Francia, le da una educación esmerada. El niño recibe sus primeras lecciones de música muy pronto y enseguida asiste a las veladas culturales de la Villa. También le gustan el dibujo y la poesía. De su habilidad en ambas disciplinas dejará también algunas pruebas.

Pronto llega el momento en que el muchachito necesita salir de Bilbao para progresar en su conocimiento de la música. Puede elegir Madrid o Roma, pero finalmente se va a París, una decisión que sin duda será muy importante para el devenir de su obra. Ha escrito ya varias partituras, entre ellas esa ópera de la que queda tan poco (‘Los esclavos felices’) y de la que ni siquiera existe la completa seguridad de que se estrenara en la Villa. La situación económica de la familia ha empeorado por la guerra con Francia y el padre (Rosa Balzola, la madre, ha muerto cuatro años antes) deberá pedir ayuda para mantener a su hijo en París. En la capital francesa, el muchacho estudia con Fétis, quien sólo tiene elogios para él, y Cherubini, director de la Escuela de Música, que se muestra algo más escéptico y que a veces incluso le reclama que trabaje más.

Décadas de olvido

No se sabe mucho de su estancia en París: se conocen las obras escritas –entre ellas la Sinfonía y los tres cuartetos–, el segundo premio del concurso de contrapunto y fuga, su breve presencia en algunos salones de los que reúnen a la crema de la intelectualidad y el mundo artístico europeos, su relación con el pianista riojano Pedro Albéniz, el cantante Manuel García y un bilbaíno pudiente, Cirilo Pérez de Nenín, que está asentado en aquella capital. Al parecer, alguno de estos dos últimos, o quizá ambos, están junto al joven músico en los días finales de su enfermedad, que debieron de ser especialmente angustiosos. Así se cuenta en varias de las cartas que el padre del joven genio recibe en aquellos días de dolor. El muchacho agoniza y su familia, por razones que no se conocen –quizá ignoran el alcance real de la enfermedad que le aqueja–, no está en París para acompañarle en el trance.

Muere el 16 de enero (quizá el 17, los investigadores no se ponen de acuerdo) de 1826 y su cadáver es enterrado en una fosa común, para cerrar el paralelismo con Mozart. Sus objetos personales son introducidos en dos grandes baúles y enviados a Bilbao. Al llegar a la Villa, quizá por el temor a que pudieran contagiar la enfermedad a quien los abriera, son colocados un desván y olvidados. El padre que tanto se ha preocupado por la carrera de su prometedor hijo parece ahora desentenderse por completo de sus cosas. Los dos baúles van de una casa a otra, pasan algún tiempo a la intemperie y finalmente las ratas terminan por devorar buena parte de su contenido: las ropas y no pocas páginas de las partituras originales del joven músico, de las que, salvo en el caso de los cuartetos, publicados en París, no había copia.

HOMENAJE. Estatua de Francisco Durrio en memoria de Arriaga.
Pasan los años y de Arriaga apenas si queda el recuerdo de la elogiosa referencia que Fétis hacía de él en su ‘Biografía universal de los músicos’. Han de transcurrir cuatro décadas hasta que Emi- liano de Arriaga, sobrino nieto del compositor, comience a interesarse por él y prácticamente dedique su vida a recuperar su legado musical. En Bilbao, y también en Madrid y otras ciudades, se produce entonces un episodio de entusiasmo por la figura del joven genio y por su obra. Con motivo del primer centenario, se organizan conciertos y se editan algunas partituras. En 1983, el destino, que tanto ha jugado para que la obra de Arriaga se olvide, le compensa con un golpe de suerte. Los originales del músico y otros documentos relacionados con su vida se salvan de la destrucción ocasionada por las inundaciones de agosto dado que se encontraban en el primer piso de la Biblioteca Municipal, hasta donde no llega el agua.

Mal estado de las partituras


Es casi un milagro que el fondo documental siga intacto, pero eso tampoco garantiza su difusión. Pese a lo corto del catálogo que el músico deja a la posteridad, hay títulos que aún no han sido editados. Joaquín Pérez de Arriaga, el heredero de la familia que en los últimos años más ha hecho por difundir la obra de su antepasado, sostiene que otras partituras se mantienen estrictamente inéditas. La escasa difusión de esas páginas, el mal estado del material disponible para orquestas y grupos de cámara (plagado de errores que se han ido acumulando a lo largo del tiempo) y probablemente un inadecuado trabajo de promoción internacional de su música hacen que Arriaga sea hoy casi un desconocido fuera de España.

Gilbert Varga, director titular de Orquesta Sinfónica de Euskadi, con muchos años de experiencia internacional en su batuta, lo explica con claridad: «Nunca he recibido la petición de interpretar a Arriaga ni he visto programada ninguna de sus obras excepto en las orquestas de aquí», y se apresura a matizar que esa circunstancia no tiene tampoco relación directa «con la calidad de su música». Varga propone algo así como la prueba del nueve sobre la validez de su apreciación: repasar si Arriaga figura en los programas de las grandes orquestas mundiales para los próximos meses . Y la prueba le da la razón: ni las Filarmónicas de Viena, Berlín, Nueva York, San Petersburgo, Múnich e Israel, ni la Royal Philharmonic de Londres, ni la Sinfónica de Chicago, la Orquesta de París o la del Contergebow de Amsterdam (por citar las que quizá sean las mejores centurias del planeta) incluyen al bilbaíno entre los autores que interpretarán hasta el verano.

Morir tan joven privó al compositor bilbaíno de poder desarrollar una obra que tenía visos de ser muy importante. La muerte le hurtó también el reconocimiento internacional, a menos que los actos organizados para este año lo eviten. Arriaga sigue a la espera de la gloria.

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