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| Camino del Romanticismo |
| Belén Sirera Serradilla (Doctora
por la Universidad Autónoma de Madrid con una tesis sobre
Arriaga) |
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El próximo 27 de enero se cumplirá el bicentenario
del nacimiento de uno de los artistas que, a pesar del tiempo, sigue
sorprendiendo con su música. Juan Crisóstomo de Arriaga
nace en Bilbao en 1806, casualmente el mismo año en el cual
el príncipe Andrei Kirilovich Razumovsky, destinatario de
la dedicatoria de Beethoven en los Tres cuartetos Op. 59, crea el
primer cuarteto de cuerda estable. Arriaga llegaría a ser
el compositor de tres cuartetos para cuerda en los albores del Romanticismo,
que serán llamados a convertirse en la obra cumbre de nuestra
música de cámara.
Juan Crisóstomo fue formado en la tradición musical
religiosa, pues las primeras lecciones las recibe de su padre Juan
Simón, que fue organista de la iglesia parroquial de Berriatúa,
y de su profesor de violín, Fausto Sanz, músico de
Capilla en la Basílica de Santiago. Mientras Hilarión
Eslava, coetáneo a él y gran pedagogo, recibió
una educación ligada en sus inicios a las capillas musicales,
Arriaga y las ideas liberales de su padre le llevan a orientarse
a los salones musicales de la burguesía vasca, manifestando
en este período bilbaíno una búsqueda tímbrica
en sus composiciones (Nada y Mucho, 1817) y una inquietud
poética tan relacionada con el primer romanticismo que queda
patente en su ópera Los esclavos felices (1820),
escrita un año antes de que triunfe la primera ópera
romántica, El cazador furtivo de Weber. Esta
ópera de Arriaga con tema morisco y arabista, tan característico
del gusto por los lugares lejanos, demuestra ya su inclinación
por los temas románticos.
No cabe duda de la relación entre la situación económica
y social del Bilbao de la época y la reacción musical
de Juan Crisóstomo en París, ciudad a la que se traslada
en 1821 para continuar sus estudios. Allí reelabora Los
esclavos felices, con un nuevo concepto de espectáculo
dramático integrándose plenamente en la música
dramática parisina de principios del siglo XIX.
Esa década musicalmente maravillosa de 1820 es en la que
nuestro músico estrenará y participará en la
puesta en práctica de las ideas esbozadas años antes
por Herder y otros muchos en una ósmosis perfecta entre la
tradición y la modernidad romántica. Haydn y su magia
de invención formal, melódica, rítmica, marcará
la música para siempre y por supuesto a los músicos
de esta primera generación que se acercan al Romanticismo.
Es Arriaga sin lugar a dudas uno de los artífices de esa
explosión mágica que se produce en 1809 con la muerte
del maestro Haydn, el nacimiento ese mismo año de Félix
Mendelssohn y el año siguiente de Federico Chopin y Robert
Schumann, en 1811 de Franz Liszt y de Ricardo Wagner en 1813. Todos
ellos formarán una constelación de creadores que llenará
nuestro mundo con sus ideas musicales del Romanticismo en el siglo
XIX.
En París, cuna del Romanticismo, Arriaga recibe influencias
de su benefactor Luigi Cherubini, compositor que dirigirá
el Conservatorio a partir de 1822. Seguramente influyera en que
Arriaga escribiera sus tres cuartetos para cuerda, alcanzando las
más altas cotas de la música de cámara, con
el Cuarteto en La mayor, cargado de plasticidad, donde Juan Crisóstomo
esboza una tormenta y una escena campestre, recordando a Beethoven
en la Sinfonía Pastoral, con una clara aportación
romántica del XIX. Compone en este período las Romanzas
francesas entre las que se encuentra la desgarradora cantata Agar,
de argumento bíblico, curiosamente tema elegido también
por Schubert en su lieder Hagars Klage. Su expresividad
y emotividad se aprecian en los estudios para piano, que a la manera
de las Romanzas sin palabras de Mendelssohn reciben
el sobrenombre de Caprichos.
Todo apuntaba a una brillante y extraordinaria carrera que hubiera
servido de eslabón de enganche con la cultura musical centroeuropea
y el naciente romanticismo que tendrá en Alemania su motor
fundamental. Su prematura muerte en 1826 y la práctica desaparición
de sus obras hasta comienzos del siglo XX dejaron huérfanos
a los preciosistas románticos y no podemos imaginar si sus
melodías evolucionarían y serían más
parecidas a las de Rossini, o Schubert, o si su magnífica
Sinfonía en Re hubiera tenido continuación en la orquestación
tímbrica esbozada por un Berlioz.
Sí sabemos que su peculiaridad melódica, sus bellísimas
ambivalencias modales, hubieran dejado profunda huella en todos
aquellos que como nosotros hubieran podido disfrutar de su música.
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