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¿Ser artista es causa de enfermedad y viceversa?
Javier Armentia
La tuberculosis fue mal de bohemios, por pobres, en el pasado


Mikel Casal
Arriaga, con su muerte por tuberculosis a los 20 años, encaja en ese estereotipo del artista enfermizo que muere pronto, y más aún de la asociación de la vida bohemia con las privaciones y la enfermedad. Encaja este mito en una especie de exagerada contraposición entre lo espiritual y lo material, entre la creatividad de un alma inquieta y la vida más anodina del común de los mortales, que fue incluso reivindicada desde el Romanticismo como modelo de vida. Pero, ¿qué hay de cierto en esto?

Comencemos, por ejemplo, por la tuberculosis, un mal que actualmente sigue encabezando la lista de enfermedades infecciosas, con unos dos millones de muertes al año, principalmente en países pobres. Causada por el bacilo ‘Mycobacterium tuberculosis’, se ha comprobado que ya nos acompañaba hace seis mil años. Fue Robert Koch quien descubrió el agente infeccioso en 1882, en una época en la que el crecimiento de las ciudades convirtió en endémica esta enfermedad (a finales del XIX, una de cada cuatro muertes en Londres se debía a la tuberculosis). Las condiciones de insalubridad, frío y mala alimentación favorecían el ataque del bacilo.

Las primeras vacunas desarrolladas en el primer decenio del siglo XX, la mejora en la sanidad pública y las condiciones de vida y, posteriormente, la aparición de los antibióticos, hizo casi desaparecer la enfermedad del primer mundo, aunque su carácter ubicuo le permite aprovechar circunstancias en las que aparece como una enfermedad que ataca cuando aparecen otras deficiencias inmunitarias, como sucede con los enfermos de sida.

Muertos célebres

No es casual que en las diferentes visitas que la gran ópera hace de la vida bohemia, la heroína muera de tuberculosis (Mimí en ‘La Bohème’, de Puccini; Violetta en ‘La Traviatta’, de Verdi). Por otro lado, entre los muertos ‘célebres’ por tuberculosis encontramos, aparte de a Arriaga, a músicos como Chopin, Paganini, Pergolesi o Mozart; a escritores como Lord Byron, Anton Chejov, Paul Éluard, Miguel Hernández, las dos hermanas Brontë, o Edgar Allan Poe; o a pintores como Gauguin, Modigliani, Bartholdi...

En cierto modo, podemos establecer una conexión lógica, que llegaría a ser causal, entre el modo de vida ‘bohemio’ y la tuberculosis: el artista, con su vida poco cuidadosa y llena de privaciones (normalmente su éxito creativo no tiene que ver con un éxito material) está en las condiciones que favorecen el ataque bacteriano.
Así, más que una cuestión del genio artístico, lo que tendríamos sería una enfermedad de pobres (como es la tuberculosis), y personas que viven en esa pobreza, aunque alcancen la notoriedad por sus creaciones artísticas. E igualmente pasaría con otras enfermedades asociadas a veces con los artistas y su vida desordenada, al igual que con cierta relación entre alcoholismo y otras adicciones. Desde este punto de partida, lo que mataba o enfermaba era más la pobreza...

Algunos autores han querido explorar más allá de esta obvia relación, preguntándose si la creatividad tiene relación con otras condiciones, como la enfermedad mental. Diferentes análisis biográficos han puesto de manifiesto que algunas psicopatologías como la depresión y el trastorno bipolar se presentan en numerosos creadores literarios y artísticos. A veces se comprueba que existe un componente hereditario en esta propensión, porque familiares cercanos de estos artistas también eran propensos a las enfermedades mentales. Esto podría indicar la presencia de rasgos hereditarios o cognitivos que tienen dentro de su rango de efectos la creatividad y la enfermedad mental, como afirma Daniel Nettel, psicólogo de la Universidad de Newcastle Upon Tyne (Reino Unido) en su libro ‘Imaginación Extrema: locura, creatividad y naturaleza humana’ (Oxford University Press, 2001).

Esquizotipia

Es cierto que algunos pacientes psiquiátricos muestran una capacidad por encima de la media en tests que miden la creatividad o el pensamiento divergente. En diversos estudios se ha explorado esta relación entre creatividad y tendencia a trastornos psicopatológicos. En los últimos años, se han realizado diversos análisis sobre esta relación, analizando la esquizotipia, un concepto que reúne rasgos y síntomas que se encuentran en la esquizofrenia, pero que establecen una especie de dimensión de la personalidad de tipo gradual. La esquizotipia se define en psiquiatría como un patrón general de distorsiones cognitivas o perceptivas, de excentricidades del comportamiento que afecta a las relaciones personales. Entre los rasgos que se evalúan para su diagnóstico está la aparición de ideas de referencia, de creencias raras o un pensamiento mágico que influye en el comportamiento, de experiencias perceptivas inhabituales, de pensamientos y lenguaje vagos, circunstanciales, metafóricos o sobreelaborados; la suspicacia o ideación paranoide, una afectividad inapropiada o restringida, la falta de amigos íntimos o desconfianza aparte de los familiares de primer grado; una ansiedad social excesiva, con comportamientos o apariencias raras, excéntricas; la ‘anhedonia’, o incapacidad de disfrutar; un inconformismo impulsivo.

Daniel Nettle ha publicado recientemente un estudio en el Journal of ‘Research in Personality’ en el que compara estos rasgos esquizotípicos en un amplio grupo de poetas, artistas, matemáticos, población general y pacientes psiquiátricos, concluyendo que en efecto los poetas y los artistas, en general, tienen más altos niveles de experiencias inusuales que el resto, similares a los de los pacientes esquizofrénicos. Pero si bien comparten esta tendencia a ideas y experiencias que se salen de lo habitual, difieren en cuanto a búsqueda del placer. Por otro lados, los matemáticos mostraban más tendencia al pensamiento convergente y al autismo que los artistas, más cercanos al pensamiento divergente y a los trastornos afectivos.

En esta línea de pensamiento, los psicólogos especulan que la creatividad artística está emparentada con la existencia de procesos mentales caóticos, no habituales. Quizá, así, esta tendencia a la esquizotipia los acercaba a conductas en las que esa vida bohemia les exponía más fácilmente al bacilo de Koch.

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