Volver a portada
Sinfonía inacabada
Toti Martínez de Lecea

Álvaro Sánchez
Ha nevado durante los últimos días, los tejados están blancos y el agua de los estanques se ha congelado. El joven sujeta con fuerza la carpeta de lona dura en la que ha metido el papel y las plumillas nuevas que acaba de comprar en la tienda de la calle Daguerre. Tiene prisa por llegar a su cuarto y ponerse a trabajar. Un hombre algo mayor pasa por su lado, arrebujado en su gabán, con el sombrero de copa calado hasta las cejas y una gruesa bufanda alrededor del cuello. El joven sonríe. Le ha recordado a su padre y no puede evitar sentir una pequeña punzada en algún lugar dentro de su pecho. Lo echa de menos y también a sus hermanos, en especial al mayor y los buenos momentos que han pasado juntos interpretando dúos al violín. Los imagina a todos sentados frente a la chimenea, en la salita del piso de la calle La Ronda, interpretando sus viejas composiciones y las nuevas que les hace llegar por medio de los amigos que de vez en cuando aparecen por París. Éste es el tercer invierno que pasa lejos de su hogar, de su familia, de la tierra que ama. Si no fuera porque no quiere decepcionar a su padre que lo ha enviado al conservatorio parisino para que estudie con los mejores profesores y porque él mismo disfruta minuto a minuto el tiempo que dedica a su gran pasión, la música, y sabe que allí logrará dominar el contrapunto y la fuga con una maestría sólo digna de los más grandes compositores, cogería el primer carromato de viajeros y regresaría sin más tardanza a su Bilbao añorado.

Llega por fin a su refugio de la calle Saint Honoré y se apresura a encender la estufa de leña. Tose. «Es sólo un resfriado mal curado», se dice, «ya pasará». Sin quitarse el gabán, se sienta a la mesa, coloca sobre ella hojas, plumas y tintero y escribe el título de su nueva composición: ‘Agar’. Lleva todo el día escuchando en su cabeza las notas aún no escritas e incluso la voz de una soprano fantasma interpretando el aria y se estremece de placer, como siempre le ocurre desde que con once años escribiera su primera obra. Sus recuerdos están desde siempre ligados a la música: su padre enseñándole el solfeo, el primer violín, el primer concierto que escuchó sentado sobre las rodillas de su madre. La música lo ha envuelto desde la niñez. Hay música en el aire húmedo con olor a mar de Bilbao, en el paisaje gris y lluvioso, la niebla de los amaneceres y el esplendor rojizo de los atardeceres; en los gritos de las sardineras en el puerto, las calles estrechas repletas de gente, el mercado de abastos, los barcos que cargan y descargan valiosas mercancías, las fiestas, la iglesia de Santiago; en los aplausos del teatro del Arenal tras el estreno de su ópera en dos actos y, sobre todo, en las personas que quiere y que lo han querido.

El cálamo se detiene en el aire. Nadie sabrá jamás lo mucho que le falta su madre, lo mucho que piensa en ella. Ninguna criatura debería perder a su madre antes de llegar a adulta. No tiene más que cerrar los ojos para sentirla junto a él, sonriente, ocupada en la costura, y escuchando complacida sus prácticas con el violín mientras que, en la calle, otros niños de su edad juegan a la pelota; nota sus manos abotonando su camisa blanca, recién encañonada para asistir a un concierto en la recién fundada Sociedad Filarmónica; se mira en su mirada cuando lo arropa y le susurra al oído: «Algún día, Juanito, serás un gran músico y tu padre y yo estaremos muy orgullosos de ti». «¿Y si eso no ocurre?», pregunta él. «También lo estaremos, amante. Ya lo estamos». En ella pensaba cuando escribió su primer octeto, su primera obertura, su primera ópera… En total veintiún composiciones más ésta, que espera acabar para celebrar su cumpleaños.

Como si tuviese prisa, como si notase que el tiempo le falta, el joven trabaja sin descanso y apenas duerme. Continúa tosiendo. Su casera le recuerda a su madre; se preocupa por él y entra en la habitación cada dos por tres para comprobar que la estufa funciona; le obliga a comer a pesar de que no siente ninguna gana y lo mira preocupada. «Es un simple resfriado», la tranquiliza, «ya pasará». Pero no pasa y llega el día en que debe guardar cama. El médico menea la cabeza con tristeza. La tisis siente especial predilección por los jóvenes. Debe descansar, no hacer esfuerzos, pero no puede. Escribe en el lecho; dentro de diez días cumplirá veinte años y es preciso que acabe su ‘Agar’. ‘Dos compases más y estará terminada’, se dice. Los ojos se le cierran, le cuesta respirar, el sudor empapa su cuerpo y los dedos no tienen ya fuerza para sostener la pluma.

Amortajado con su mejor traje, el joven yace en una sencilla caja de madera; su rostro aniñado en paz, como dormido. La exigua comitiva que lo acompaña se dirige al cementerio de Montmatre y se detiene ante una fosa común. Al igual que su admirado Mozart, con quien comparte nombre y día de nacimiento, no tendrá una lápida y nadie llevará flores a su tumba. Unas semanas más tarde, el comerciante y organista Arriaga recibe un baúl con las pertenencias de Juan Crisóstomo. Sin ánimos para abrirlo, ordena que sea llevado al desván donde permanece, olvidado, junto a las partituras de su malogrado hijo. A pesar de las ratas que han roído algunas hojas, cuarenta años más tarde son recuperadas para honrar la memoria de quien fuera, en boca de sus maestros, la música misma. Su corta vida fue una hermosa sinfonía que el destino impidió concluir.


subir