Volver a portada
Tiempos convulsos
Ana Mochales
La capital vizcaína recibió el siglo XIX en un ambiente de prosperidad general, ignorante de los grandes cambios que se avecinaban


De lejos, Bilbao es, en 1809, una ciudad de dimensiones aún reducidas, de calles no muy anchas, pero asombrosamente limpias, algunos pequeños palacios y torres, cuatro esbeltas iglesias, muelles robados a la Ría y arenales que se cubren con las mareas. Sus 11.000 almas viven en torno a la ya antigua Plaza Vieja, auténtico corazón de la Villa, donde se llevan a cabo las transacciones mercantiles pero también donde los bilbaínos se divierten. Como relata Manuel Montero en sus ‘Crónicas de Bilbao y de Vizcaya’, allí se celebran las fiestas de agosto, las esperadas corridas de toros, se ven los espectáculos dramáticos de las compañías que llegan a la ciudad y se asiste a los actos religiosos de la Semana Santa. Tráfico de muelles y un mercado, cubierto por toldos, donde Bilbao se abastece de todos los productos que llegan a sus puertas por el campo y por el mar.

DESA FINALES DEL SIGLO XVIII. El cuadro de Luis Paret reproduce una escena en el Arenal, en el Bilbao de finales del siglo XVIII.
Una ciudad próspera, bien alimentada y con una cocina ya celebrada, que no conoce la hambruna ni las grandes epidemias, aunque sí el tifus y la tisis y, que ya tiene un hospital, pero que ve impotente cómo mueren sus hijos recién nacidos. La elevadísima mortalidad infantil, como todas las de la época, rebaja drásticamente la edad media de vida (27 años) y aunque es ampliamente compensada por una descendencia prolífica hace de la vida un camino corto pero intenso. Si uno supera los cinco años de edad puede ya asistir a los tiempos convulsos que se avecinan.

Son los hijos de una burguesía floreciente y liberal, alumbrada al calor del tráfico intenso de las naves que van a Flandes, Inglaterra y América, que forma a su progenie en las artes comerciales y náuticas y no duda en mandarlos fuera para estudiar Leyes en Valladolid, o como hizo Arriaga, música en París. Son también los hijos de los artesanos, de los descargadores de barcos, de carpinteros, tenderos, taberneros y panaderos y toda una retahíla de oficios alimentados al calor de una Villa comercial, de vocación urbana, que se pasea por Los Caños y El Arenal, bebe el agua potable canalizada en sus fuentes y se mira en el limpio espejo de una Ría que aún no conoce los devastadores efectos de la industrialización. Una placidez aparente, acentúada por las campas y huertas que rodean la Villa, donde vive una nobleza rural, enfrentada tradicionalmente con la ciudad, que ve transcurrir los últimos tiempos del Antiguo Régimen. Una imagen que no presagia los duros años que han de venir con el siglo, las convulsiones que cambiarán la fisonomía de la ciudad y de la Ría, los avatares políticos y militares que desembocarán en guerras y asedios.

Arcas vacías

Bilbao irrumpe en 1800 alterada ya por los cambios que anuncia la Revolución Francesa y que viajan por la Ría en los mismos barcos de vela que traen y llevan las mercancías. Libros y panfletos que trasladan a los filósofos franceses hasta el corazón de la Villa, y cuya difusión provoca la censura que el Bilbao liberal burlará, camuflando las grandes obras de la Ilustración, de Voltaire y Diderot, bajo solapas de vidas de santos que pasan la revista y la prohibición real de importar ‘papeles incendiarios’. No sólo llegan los papeles. La Villa ya ha conocido, en 1795, el amargo sabor de las tropas de la Convención que entraron por San Antón y ocuparon, durante apenas cinco días, una Villa abandonada por el ejército, por autoridades, burgueses y comerciantes, y que firma su neutralidad y planifica la de Vizcaya cuando ya se ha firmado la paz en Europa. Cinco días en Bilbao pero años de guerra en Guipúzcoa y en Vizcaya, que han vaciado las arcas de una Iglesia que ha llamado a la defensa de Dios, la patria y el rey y endeudado a una nobleza rural. El Señorío ve en la Villa, en su privilegiado y monopolizado comercio, una vía de impuestos que resazca sus exhaustas arcas.

Es, curiosamente, este enfrentamiento entre la Villa y las Anteiglesias, entre el Bilbao urbano y el mundo rural, el que desemboca, en medio de una grave crisis, en el único de los grandes proyectos arquitectónicos de la época, la construcción minuciosamente planificada de un nuevo puerto y una ciudad, en Abando, el Puerto de la Paz, destinado a eliminar los privilegios de la Villa y llamado a ser el Puerto del Señorío. Zamácola y el intento de la nobleza rural fracasan en 1804, y el puerto no se construirá pero marcan ya el enfrentamiento y los años de guerras carlistas, de sitios y ocupaciones que vivirá la ciudad.

Abolida esta gran amenaza, los bilbaínos planifican el embellecimiento de la ciudad, la reestructuración de zonas residenciales, el cementerio de Mallona, el primer teatro del Arenal y la Plaza Nueva, y discuten, desde el XVI llevan haciéndolo, cómo domesticar el cauce de la Ría, cómo seguir construyendo muelles y diques y transformar su cauce y explotar más su ribera.

No son años de grandes obras literarias, ni de grandes pensadores, ni faraónicas obras arquitectónicas. Seducida para algunos por el Romanticismo, el ‘menos intelectual de los movimientos’, amante secular de la música, de la ópera y el teatro, sólo el genio de Arriaga traspasa estos años aunque su reconocimiento habrá de llegar mucho más tarde. Y es que la burguesía, vive y sufre la tremenda crisis que supone la pérdida del monopolio del comercio en las colonias americanas, la quiebra de sus mercados principales y la rápida industrialización inglesa que ya no demanda la lana castellana.

Crisis en los mercados, Guerra de la Independencia y ocupación de la Villa de Bilbao que durante 5 años ha de avituallar al ejército napoleónico que ocupa sus calles entre 1808 y 1813. Pero la vida continúa, y aunque esta presencia militar dejará su estela en la ciudad y en algunos sectores afrancesados, el verdadero enfrentamiento sigue dirimiéndose entre los que defienden la revolución liberal frente a la tradición que condicionará la historia bilbaína en las siguientes décadas. Bilbao mira a Europa pero también a Cádiz y su constitución liberal de 1812 que llegaría a jurarse en la propia Villa y vive los vaivenes del absolutismo, del Trienio Liberal y, más tarde, de la batalla de los fueros y las Guerras Carlistas.

Todavía no es el tiempo de la gran revolución industrial, de los barcos de vapor, el ferrocarril y los altos hornos, del Bilbao de Unamuno, del nacionalismo de Sabino Arana y el movimiento obrero, del Ensanche bilbaíno y los muelles de Churruca, pero son tiempos convulsos, tiempos de cambio que sientan las bases para la transformación radical que llegará a finales de siglo.

subir