La agonía rusa
La degradación de la situación
sociopolítica rusa no parece tener freno. En 1998, el
empobrecimiento de la población continuó en aumento
y la llegada del invierno agravó aún más
el problema. Las medidas anticrisis contaron en julio con una
ayuda del Fondo Monetario Internacional de 720.000 millones de
pesetas. Pero, la enferma economía rusa siguió
por los mismos vericuetos que la del presidente ruso Boris Yeltsin,
quien se convirtió en un asiduo del Hospital Clínico
Central, donde se vio obligado a recibir a su homólogo
chino Jiang Zemin en noviembre.
La corrupción, la mafia y el paulatino abandono de
la confianza por la mayoría de los estamentos rusos fue
en aumento y el Parlamento continuó con los preparativos
para su destitución legal con tres acusaciones: la destrucción
de la URSS, la disolución a cañonazos del Parlamento
en 1993 y la guerra de Chechenia.
La Duma (Cámara Baja) infringió en septiembre
otra derrota a Yeltsin al no aceptar como primer ministro a Viktor
Chernomirdin (cesado por el propio presidente en marzo y recuperado
ante la magnitud de la crisis) e imponer a Evgueni Primakov,
antiguo miembro del Polit Buró comunista. De esta
forma, los diputados rusos se resarcieron de la humillación
a que fueron sometidos tras la marcha de Chernomirdin en marzo,
cuando Yeltsin les impuso la candidatura de Kiriyenko bajo amenaza
de disolución.
Mientras, el polvorín del Caucaso permanece activo
a causa de la debilidad rusa y de su afán por impedir
que las ingentes reservas petrolíferas de Transcaucasia
caigan en manos occidentales.
