¿Forastero en Vitoria? Ya no. Con esta guía, disfrutará como el que más del arranque de las fiestas de La Blanca
Es algo que debe quedar muy claro desde el primer momento: si piensa venir a Vitoria por fiestas, usted ya es un amigo. Hubo quien escribió que los vitorianos somos algo fríos, ‘secretones’. Pero eso debió de ser mucho antes de lo del calentamiento. Hoy en día, de verdad, ya no damos la mínima: ¡venga y lo comprueba! Otra cosa es que se aclare: para eso hace falta algo de tiempo y de suerte. La suerte de que uno de aquí se lo explique. Para empezar, las fiestas están dedicadas a Nuestra Señora la Virgen Blanca, patrona de la ciudad, a la que se venera tanto en el interior como en el exterior de la iglesia de San Miguel. Y, sin embargo, en la actualidad, y sin que nadie se explique cómo ha ocurrido, el inicio de las fiestas consiste en una gigantesca manifestación de idolatría pagana. Ante los ojos maternales y comprensivos de la Madre María, el 4 de agosto, a partir de las seis de la tarde, miles de vitorianos rinden su culto particularmente dionisiaco y aldeano a la figura de un tal Celedón, que desciende en forma de muñeco volatinero para transformarse enseguida en la esencia de la ciudad y de los suyos.
Si se decide a meterse en el lío, lo mejor es siempre camuflarse con el paisaje y con el paisanaje: ropa de aliño, cava para beber si se puede, puro para fumar si le dejan, pañuelo rojo de fiesta y la letra de una canción: «Celedón ha hecho una casa nueva con ventana y balcón». ¡Buena suerte! Otra fórmula: acomódese ante una tele de los bares y cafeterías del entorno y se suma a los miles y miles de vitorianos que también cantan allí, quizás con más emoción, porque en el fondo les gustaría estar en medio: «Celedón ha hecho una casa nueva…».
Hay que estar muy atento porque, para cuando se quiera dar cuenta, el lío habrá dejado paso a la juerga. Ahora hay tres opciones: fiesta con cierta mesura por la calle de Dato, incontinencia absoluta por Cuchillería o un ten con ten por Herrería. De momento, síganme por aquí, por la Herre, donde se desata la marea humana entre cantos, gritos de «¡agua!» y música de fanfarres y bandas de txistularis. Viejos y jóvenes, en difícil equilibrio de convivencia e intereses, avanzan calle abajo hasta la plazoleta de la iglesia de San Pedro. Los bares de toda la vida se llenan de abrazos y deseos de «¡felices fiestas!» repetidos desde siempre. Y las sociedades gastronómicas, muchas en la zona, están abiertas a la invitación y al saber estar, ¡lógico!
Por qué hemos elegido Herrería? Porque, cuando amaine, vamos a subir por los cantones hasta la Corre y por la Corre hasta la balconada de San Miguel. ¡Sí! Merece la pena asomarse a ver cómo ha quedado la Plaza y cómo la limpian porque, en una nada, se va a producir el segundo acto, para muchos quizás el primero, de verdad.
Ya les decía la paciencia con la que la Virgen Blanca soporta la gran fiesta pagana que se ha producido a sus pies. Pero ahora, sin embargo, comienzan sus momentos: la procesión cívica municipal, las Solemnes Vísperas con su Salve cantada, la Procesión de los Faroles...Lo mejor será comer algunos pintxos por la zona –en La Malquerida, el Virgen Blanca, el Mentirón, el Baztercho, el Deportivo, el 97…– porque cenar sentado se puede complicar. Si no le apetece madrugar al día siguiente para la Procesión del Rosario de la Aurora –a las siete de la mañana, la Plaza se llena tanto como la tarde anterior–, lo mejor es que esa misma noche comience su particular exploración del recinto festivo. En la Plaza de España, la verbena; en la Plaza de los Fueros, la actuación de mérito; por todo el Ensanche, la fiesta. En los bares, cafeterías, discos... pero, sobre todo, en la calle.
Porque los vitorianos pasamos las fiestas en la calle y las hacemos entre todos. Contando con usted, naturalmente. La diversión está garantizada siempre que usted esté dispuesto a divertirse. ¿Cómo? Pues yendo, viniendo, mirando y, sobre todo, quitándose la vergüenza cuando suene la música y saltando y cantando como los demás. Olvídese el reloj, no piense que mañana será otro día y entréguese como hacemos todos. De lo contrario, le castigaremos con el don del aburrimiento, al que también somos tremendamente aficionados el resto del año.
El plan del primer día ya ha quedado explicado, pero hay un patrón que vale para todas las fiestas: durante el día, atentos a la programación; a la tarde, toros; siempre, callejeo. Y si, por un casual, decide usted no perderse el final de las fiestas, busque un sitio cerca de la Iglesia de San Vicente, arriba en el Campillo, para ver por alguna rendija cómo vuelve Celedón a su torre, escuchar cómo rugen allí mismo los fuegos artificiales y sentir cómo lloramos todos los vitorianos.
Los fuegos artificiales son el espectáculo universal, el acto del programa de fiestas que congrega al público más dispar: niños y mayores, rockeros y poperos, noctámbulos que empiezan la noche y madrugadores que van pensando en acabar la suya, todos se unen en un mismo «ooooh» de admiración. Por eso los fuegos de Mendizabala encabezan siempre el ranking de asistencia de La Blanca.
La sexta muestra internacional arrancará el día 4 con la empresa ganadora de la anterior edición, Tomás, de Castellón. El 5 será el turno de la firma italiana Mortarello, a la que seguirán Pibierzo (León), Piroquiles (Valencia) y Festival (Reino Unido). La traca final de fiestas, el día 9, correrá a cargo de la pirotecnia alavesa Félix Martínez de Lecea.
Los niños son tan importantes en La Blanca que incluso tienen su propio Celedón, el Celedón Txiki, que hace su bajada a mediodía del día 7. Además, este año es especial: para conmemorar el 25 aniversario del personaje, estará acompañado por primera vez por la Neska Txiki. Seguro que Beñat Valle y Ane Amor, los encargados de darles vida, disfrutan tanto como los demás niños vitorianos de los gigantes y cabezudos, el ‘espacio aventura’ del Parque del Prado, la animación de calle o la ‘ida’ de txikis.
Cuatro personajes nos cuentan como pasan las fiestas