El menú musical paralelo que proponen las txosnas durante las fiestas de La Blanca en el recinto alternativo del campus universitario tiene una jornada estelar el miércoles con la presencia de The Dynamites, vibrante y genuino combo de deep funk y soul de Nashville. Vienen a ser la respuesta sureña a los Dap-Kings de Nueva York, la banda de la tardíamente reivindicada Sharon Jones, que han visto dispararse su cotización tras haber sido requeridos por Amy Winehouse.
Los Dynamites pasaron como de incógnito por el Kafe Antzokia un martes de la pasada primavera. Ante unos pocos fieles, ofrecieron una intensa sesión de soul funk sureño emulador de los mejores JB’s de James Brown, ‘Mr Dinamite’, a quien homenajean con su bautismo y versioneando en directo festivos clásicos de título tan elocuente como ‘Gonna Have A Funky Good Time’.
Diez músicos que en directo se reducen a siete, The Dynamites están liderados musicalmente por Leo Black, alias del compositor Bill Elder, veterano hermano del soul que tuvo la fortuna de fichar para su proyecto al elegante y menudo Charles ‘Wigg’ Walker, el prototipo de esos grandes y en su momento minusvalorados vocalistas que se ven favorecidos por el revival de soul. Walker comenzó en Tennessee a finales de los 50, asistió en Nueva York a la explosión del soul y el funk –y compartió escenario con James Brown, Etta James o Wilson Pickett–, lideró bandas oscuras como los Sidewinders y registró singles de culto para Chess, Decca, Champion y otros sellos ignotos.
Reivindicado por la escena británica del northern soul, se afincó en Inglaterra y trabajó asiduamente en Europa hasta regresar en los 90 a Nashville. Su inclusión en ‘Night Train To Nashville’, panorámica del soul y el R&B de Nashville, propició que Walker comenzara a tocar de nuevo por la zona hasta ser abducido por la banda de conversos al recio soul funk añejo que Leo Black había logrado formar.
Con su garganta profunda, el muy auténtico álbum ‘Kaboom’ (Outta Sight) se convirtió en un deslumbrante ejercicio de música de la vieja escuela, que combina baladas gospelianas deudoras de Sam Cooker, sudoroso soul a lo James Brown, groove jazz y el funk ácido y bailón de los JB’s, Funkadelic o Sly Stone, concretado en instrumentales bailables y versiones como ese ‘Summertime’ que hacen en directo.
Las txosnas no se olvidan de la diáspora gasteiztarra. Es el caso de los Green Valley de Ander Valverde, vitoriano emigrado a Barcelona que encontró allí un mejor caldo de cultivo para este proyecto iniciado hace una década en un verde valle vasco. Con letras de corte crítico, festivo o reivindicativo (de la inmigración a los toros o las virtudes de la marihuana), la cadencia de su voz intenta emular el rajo rocoso de singjays jamaicanos como Buju Banton, Capleton o Sizzla, pero acaba sonando a medio camino entre reciclados como Morodo y engendros del latin ragga mestizo como Huecco.