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El artista francés Daniel Buren convertirá
en una escultura del Guggenheim
el Puente de La Salve
El veterano artista francés gana el concurso para transformar el viaducto, una obra presupuestada en dos millones de euros
J. A. GONZÁLEZ CARRERA / BILBAO
«Tengo cierta notoriedad, pero casi no tengo mercado», admitía el veterano artista conceptual francés Daniel Buren en una entrevista concedida hace cuatro años a este periódico. Recordaba dos decepcionantes experiencias: la mala acogida que había tenido en los años 80 su instalación de columnas en el Palais Royal de París, así como la venta frustrada de una escultura al Guggenheim de Bilbao, exhibida durante la exposición inaugural del museo de Frank Gehry. Ahora, un jurado mixto de políticos y especialistas -con el respaldo del voto de los visitantes- ha roto el maleficio que le perseguía en el campo de la obra pública. Para conmemorar el décimo aniversario del centro en 2007, Daniel Buren transformará el puente de La Salve en una obra de arte, en una gran puerta roja que comunicará a la ciudad «con el Universo». «Este cambio abre un diálogo entre la funcionalidad del puente y la estética de la escultura que lo abraza», según el propio creador
El jurado estaba compuesto por la consejera de Cultura del Gobierno vasco, Miren Azkarate, y su homóloga de la Diputación de Vizcaya, Belén Greaves; el director de la Fundación Guggenheim, Thomas Krens; el 'curator' de la Royal Academy Norman Rosenthal, y el director del Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte. El séptimo voto correspondía a los visitantes del museo: votaron 13.556, de ellos 5.488 a Daniel Buren. El artista francés se impuso Jenny Holzer, que planteaba una batería de mensajes luminosos bajo el tablero del puente, y al británico Liam Gillick, que coronaba el viaducto con una ecuación física giratoria.
«Dos terceras partes del jurado», detalló un portavoz del museo, optaron por la iniciativa de Buren, un proyecto que transforma la estructura del puente, obra de principios de los años 70 del ingeniero Juan Batanero: recubre con un 'traje' de color rojo los altos pilares de los que penden los cables que lo sujetan. Así, esta parte de la estructura se convertirá en un gran arco bajo el que seguirán transitando vehículos y peatones, que de noche estará iluminado con varios sistemas de luces. Hacia arriba se repite la forma del arco a la inversa, como si aspirara a multiplicarse hacia el infinito.
Marcar el espacio
El jurado ha elegido la propuesta de Buren porque trata de «matizar el fuerte contraste que genera el arco del puente con las formas curvilíneas y elegantes del museo». En su opinión, destaca por «la gran belleza y elegancia del pórtico rojo» y por pergeñar una escultura que se antoja «visualmente cautivadora, sencilla e impecable, lo que la hace conceptualmente compleja».
La obra, que pasará a formar parte de la colección del Guggenheim Bilbao, deberá ejecutarse dentro del año que viene, con un presupuesto de dos millones de euros. De perfil, el recubrimiento rojo de la gran arcada llevará estampadas las típicas franjas bicolores de Buren, se supone que con sus invariables 8,7 centímetros de anchura; un recurso de extracción pictórica que hoy es también la imagen de marca del artista. Él las ha tomado siempre como meras «herramientas visuales», tanto en sus obras para espacios interiores como en sus intervenciones en el espacio público.
Daniel Buren lleva ya más de 40 años recreando la relación del espectador con el espacio por medio de unas rayas que evocan el estampado de los colchones antiguos y las tumbonas de las playas. Esto le introduce en el campo del 'arte óptico', al jugar con los efectos visuales que sus composiciones rayadas causan en quien lo contrempla.
Daniel Buren, ganador del León de Oro de la Bienal de Venecia en 1986, mantuvo antaño unas relaciones descorazonadoras con la Fundación Guggenheim. En 1971, en Nueva York, sus obras eran retiradas de una muestra colectiva en el museo de la Quinta Avenida a petición de los también artistas Dan Flavin y Donald Judd, que quisieron echarle del universo del minimalismo, entonces en expansión. En la primavera de 2005 Krens le abría por fin el museo de Lloyd-Wright para que jugara con su singular arquitectura.
g.carrera@diario-elcorreo.com
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