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Moscú
en 1913
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De hecho, aun con la mirada hacia Oriente, es imposible que el arte bizantino de los iconos rusos no recuerde a la cultura helenística. Igualmente, los sublimes retratos del XVIII son perfectamente comparables con los de la misma época en Francia o Inglaterra, donde máxima era la idealización de lo imperfecto. Lo mismo sucede con el romanticismo de Briulov, con el realismo de ensoñación que pinta Aivazovski, con los ismos y las vanguardias de los grandes nombres rusos y hasta con el muy posterior estilo doctrinal del realismo socialista, cuyo rechazo a la influencia extranjera no impedía ciertas similitudes formales y compositivas.
LO MEJOR
Pocas muestras son capaces de combinar tan sabiamente la visión
enciclopédica con la exhibición particular de diversas
obras maestras en distintos periodos de la historia del arte. Entre
estas últimas, el espectador no debe perderse 'La novena ola',
de Aivazovski, una marina romántica en gran formato. Tampoco
'Los sirgadores del Volga', un cuadro de Repin con manifiesta crítica
social. Y mucho menos, los Gauguin y Matisse del Ermitage o el compendio
de las vanguardias históricas en diversas obras.
LO MÁS
FESTIVO
La figura medio pop del 'Cosmonauta' creada por Oleg Kulik y la escultura
de cera de Anna Kurnikova, que bien podría haber sido firmada
por Jeff Koons. Son los informalismos del arte ruso de los 60, que dan
paso a esa instalación con cuarenta figuras en adoración
y metáfora o a un tríptico de Yan Kilevski, con una figura
de espaldas que en la inauguración de Nueva York trajo de cabeza
a los escoltas de Vladímir Putin.
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