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| Marcus Rothkovitz (Dvinsk, Rusia, 1903-Nueva York, 1970) emigró a EEUU en 1913. Es uno de los grandes exponentes de la Escuela de Nueva York. El expresionismo y el surrealismo le llevan a una abstracción de planos de color que se oscurecen al final de sus días. En 1968 sufre un aneurisma y en febrero de 1970 se quita la vida en su propio estudio. |
La treintena de cuadros de la muestra ocupan tres salas de la tercera planta del museo y cuelgan más abajo de lo normal. Sin embargo, la proximidad del suelo ha sido compensada con un dignificador entarimado de blanco adosado a la parte baja de las paredes.
La selección abarca toda la trayectoria del artista. En sus inicios, Rothko, que había llegado a EE UU en 1913, desde su Rusia natal, con sólo 10 años de edad, pinta figurativo, como en 'Entrada en el metro (estación de metro, escena en el metro)', de 1938. Siete años más tarde, el todavía joven artista de origen judío realiza obras de una factura abstracta, salidas de su inclinación al surrealismo. Esta forma de expresión, que incluye un afán de automatismo, le viene muy bien para referirse a «la primera esposa de Adán; en la mitología judía, un ambiguo ser de la noche», explica Wick acerca de 'Ritos de Lilit', unas de las piezas más importantes.
En la segunda sala dedicada a este artista, al que la Fundación Miró dedicó una retrospectiva bastante mayor, patrocinada por el BBVA hace dos años, se muestra un compendio único de sus 'pinturas multiformes', plenas de luz, en las que explora las posibilidades espaciales y emocionales de los colores puros en superficies que llegan a ser enormes.
Su depuración formal llega a ser extrema -incluso parece que
no tiene ninguna-, pero no puede evitar manifestar lo que siente. En
sus últimos años, sus cuadros se llenan de colores oscuros
dispuestos por parejas como en una tensión de dualidades muy
propia del ser humano y sus relaciones sociales. Creía incluso
que anunciaban su propia muerte.
La obra
que Bilbao compró por 447 millones de pesetas
'Sin título' ( 952- 953), uno de sus primeros cuadros de gran
formato, es una obra 'seminal' con un 'hermano' escondido al público
Sobre una franja de un intenso color rojo extendido a pulso, dos bandas
de color amarillo chillón, que parece como sucio o poco trabajado.
En 'Sin título', de 1952-53, el cuadro comprado por el Gobierno
vasco y la Diputación de Vizcaya para la colección propia
del Guggenheim Bilbao, las maneras de Rothko en su madurez -con mucho,
su etapa más valorada- llegan a su apogeo.
Costó entonces 447 millones de pesetas (2,7 millones de euros).
De hecho, el suyo es uno de los pocos precios de obras de arte pagadas
por las instituciones que han trascendido a la opinión pública.
Paradójicamente, el Gobierno vasco y la Diputación se
niegan a facilitar el precio de las piezas adquiridas con dinero del
erario público.
La pieza mide nada menos que 300 centímetros de altura por 442,5 de ancho y es una de las primeras que realiza en un formato tan colosal. «Con él inicia una exploración espacial con la que intenta abarcar el muro de su estudio», comenta Petra Joos, que se remite a la influencia que tuvo en el artista la lectura de Carl Jung y sobre todo 'El nacimiento de una tragedia en el espíritu de la música', de Friedrich Nietsche, para intentar explicarse las razones del artista en su aventura personal. «Rothko oye sin parar a Beethoven y a Mozart en su estudio; busca una fuente de inspiración que le ayude a superar la antítesis que señala a Nietzsche entre el pintor y el músico».
El cuadro es, según explicó Oliver Wick, «una obra seminal» que le ayuda a afrontar otras piezas posteriores. A ella vuelve cuando algunos años después se va a encargar de las pinturas murales que realiza en el restaurante del edificio Seagram de Nueva York.
La pieza, que es una de las más importantes de la muestra inaugurada ayer en el Guggenheim de Bilbao, tiene incluso «un cuadro hermano», titulado 'El amarillo se expande'. «Pertenece a un coleccionista particular que no lo ha prestado nunca y sigue sin hacerlo».
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