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La esencia de Mark Rothko

El museo repasa la trayectoria del más apasionado y místico de los pintores expresionistas abstractos norteamericanos de mediados del siglo XX

 

J.A.González CarreraRothko en Bilbao
E
l último color que Mark Rothko probablemente vio en vida fue el rojo intenso de su propia sangre: se suicidó cortándose las venas en febrero de 1970, en su estudio de Nueva York. Concluía así el ciclo de la aventura pictórica de uno de los principales exponente del expresionismo abstracto norteamericano, un espíritu extremo parangonable con los de Vincent van Gogh y Paul Gauguin. Reconocido consumidor de alcohol y de pastillas, el artista «padecía depresión y tendía a recluirse, sobre todo en los últimos años; llegaba a pensar que su arte no se comprendía», explicó ayer Oliver Wick, conservador invitado de la Fundación Beyeler y 'alma mater' de la muestra 'Mark Rothko: paredes de luz', que este mismo coleccionista suizo le dedicó el año pasado en el centenario de su nacimiento. De ella puede verse ahora una nueva versión en el Museo Guggenheim Bilbao hasta el 24 de octubre.

Wick, que ha comisariado esta nueva exposición junto con Petra Joos, directora de actividades museísticas de la pinacoteca vasca, y Tracey R. Bashkoff, conservadora del Guggenheim de Nueva York, destacaba que se ha puesto un cuidado exquisito en la instalación física de la muestra, en la que han colaborado muy expresamente los hijos del artista, Katge Rothko Prizel y Christopher Rothko.

El propio creador, que en cuatro décadas de trabajo sólo pintó unos 820 óleos, de los que sólo 350 ó 400 son abstractos, «era muy reacio a exponer sus obras». Además, prefería que no se siguiera un orden cronológico, sino que los cuadros se presentaran agrupados para potenciar el «óptimo efecto de intereacción entre ellos», detalló el mismo Rothko ante la retrospectiva que el MoMA de Nueva York le dedicó en 1961, ya catapultado como uno de los principales exponentes de la Escuela de Nueva York junto a Jackson Pollock.

Pero frente a Pollock, admirado por verter pintura sobre el lienzo en el suelo, Rothko triunfaba con la influyente variante del expresionismo abstracto que él mismo había creado con Barnett Newman, llamada Colour Field' o campo de color: colores puros dispuestos en zonas, en la mayoría de las veces rectangulares.

«Le gustaba colgar los cuadros muy cerca del suelo, ya que solía pintar los más grandes apoyados contra la pared», explica su vez Petra Joos, quien insiste en que a Rothko «le preocupaba mucho cómo sería percibida su obra, con la que buscó siempre lo sublime».

Marcus Rothkovitz (Dvinsk, Rusia, 1903-Nueva York, 1970) emigró a EEUU en 1913. Es uno de los grandes exponentes de la Escuela de Nueva York. El expresionismo y el surrealismo le llevan a una abstracción de planos de color que se oscurecen al final de sus días. En 1968 sufre un aneurisma y en febrero de 1970 se quita la vida en su propio estudio.

La treintena de cuadros de la muestra ocupan tres salas de la tercera planta del museo y cuelgan más abajo de lo normal. Sin embargo, la proximidad del suelo ha sido compensada con un dignificador entarimado de blanco adosado a la parte baja de las paredes.

La selección abarca toda la trayectoria del artista. En sus inicios, Rothko, que había llegado a EE UU en 1913, desde su Rusia natal, con sólo 10 años de edad, pinta figurativo, como en 'Entrada en el metro (estación de metro, escena en el metro)', de 1938. Siete años más tarde, el todavía joven artista de origen judío realiza obras de una factura abstracta, salidas de su inclinación al surrealismo. Esta forma de expresión, que incluye un afán de automatismo, le viene muy bien para referirse a «la primera esposa de Adán; en la mitología judía, un ambiguo ser de la noche», explica Wick acerca de 'Ritos de Lilit', unas de las piezas más importantes.

En la segunda sala dedicada a este artista, al que la Fundación Miró dedicó una retrospectiva bastante mayor, patrocinada por el BBVA hace dos años, se muestra un compendio único de sus 'pinturas multiformes', plenas de luz, en las que explora las posibilidades espaciales y emocionales de los colores puros en superficies que llegan a ser enormes.

Su depuración formal llega a ser extrema -incluso parece que no tiene ninguna-, pero no puede evitar manifestar lo que siente. En sus últimos años, sus cuadros se llenan de colores oscuros dispuestos por parejas como en una tensión de dualidades muy propia del ser humano y sus relaciones sociales. Creía incluso que anunciaban su propia muerte.

La obra que Bilbao compró por 447 millones de pesetas

'Sin título' ( 952- 953), uno de sus primeros cuadros de gran formato, es una obra 'seminal' con un 'hermano' escondido al público

Sobre una franja de un intenso color rojo extendido a pulso, dos bandas de color amarillo chillón, que parece como sucio o poco trabajado. En 'Sin título', de 1952-53, el cuadro comprado por el Gobierno vasco y la Diputación de Vizcaya para la colección propia del Guggenheim Bilbao, las maneras de Rothko en su madurez -con mucho, su etapa más valorada- llegan a su apogeo.

Costó entonces 447 millones de pesetas (2,7 millones de euros). De hecho, el suyo es uno de los pocos precios de obras de arte pagadas por las instituciones que han trascendido a la opinión pública. Paradójicamente, el Gobierno vasco y la Diputación se niegan a facilitar el precio de las piezas adquiridas con dinero del erario público.

La pieza mide nada menos que 300 centímetros de altura por 442,5 de ancho y es una de las primeras que realiza en un formato tan colosal. «Con él inicia una exploración espacial con la que intenta abarcar el muro de su estudio», comenta Petra Joos, que se remite a la influencia que tuvo en el artista la lectura de Carl Jung y sobre todo 'El nacimiento de una tragedia en el espíritu de la música', de Friedrich Nietsche, para intentar explicarse las razones del artista en su aventura personal. «Rothko oye sin parar a Beethoven y a Mozart en su estudio; busca una fuente de inspiración que le ayude a superar la antítesis que señala a Nietzsche entre el pintor y el músico».

El cuadro es, según explicó Oliver Wick, «una obra seminal» que le ayuda a afrontar otras piezas posteriores. A ella vuelve cuando algunos años después se va a encargar de las pinturas murales que realiza en el restaurante del edificio Seagram de Nueva York.

La pieza, que es una de las más importantes de la muestra inaugurada ayer en el Guggenheim de Bilbao, tiene incluso «un cuadro hermano», titulado 'El amarillo se expande'. «Pertenece a un coleccionista particular que no lo ha prestado nunca y sigue sin hacerlo».