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James Rosenquist
El espejismo americano
El museo presenta una
deslumbrante y colosal muestra del artista pop James Rosenquist, en
la que analiza el devenir del hombre moderno
J.A.González Carrera
La gracia y el estilo inconfundible del
eficaz dibujo de James Rosenquist, capaz de las más fieles representaciones
de objetos y figuras, estaba grabada ya en la retina de millones de
personas desde que el artista se diera a conocer en los años
50 pintando enormes carteles y vallas publicitarias en Times Square.
Cuando por fin destacó entre los artistas que reaccionaron frente
al delirio del expresionismo abstracto, agarrándose a los objetos
y la vida cotidiana, tenía ya ganado un público potencialmente
enorme, que luego no ha parado de crecer en EE UU y Europa, principalmente.
En España, en cambio, las colecciones de museos y particulares
apenas tienen representado a este artista fundamental de la segunda
mitad del siglo XX, salido del rico caldo de cultivo del Pop Art.
El Guggenheim Bilbao aprovecha ahora la oportunidad de presentar, hasta
el 17 de octubre, la más completa exposición de este artista
hecha nunca en el Viejo Continente, organizada por su socio neoyorquino
y comisariada por Walter Hopps y Sarah Bancroft. Él mismo, según
contaba ayer, ha participado en la producción de la imponente
muestra organizada por la Fundación de Nueva York, donde ya ha
sido vista con gran éxito, al igual que en la sede de la Colección
Menil, en Houston (Texas). Su presentación en Bilbao es posible
gracias al BBVA, patrono estratégico del museo bilbaíno.
Rosenquist ha colaborado incluso en las solicitudes de préstamos
a instituciones como el Museo Metropolitano de Nueva York, que «es
muy raro que deje nada», y a coleccionistas particulares, «cada
vez más temerosos de atender estas peticiones, que además
comportan costosas pólizas de seguros». De hecho, de la
selección vista en EE UU, ha Bilbao ya no han llegado algunas
piezas claves del artista por causa de los prestamistas.
Tamaño épico
La instalación, que ocupa la segunda planta entera del edificio
de Frank Gehry, incluye más de 150 cuadros, esculturas, dibujos
y collages, que son como fuentes de imágenes e incluso perfectos
bocetos que acompañan a las obras mayores, muchas de tamaño
épico, concebidas por este artista que no deja nada al azar.
Rosenquist confiesa que siempre ha pretendido atrapar la atención
del espectador con el recurso circunstancial a marcas comerciales el
también estampó un día la de Kellogs y, a diferencia
de Warhol, prefirió la Pepsi-Cola y a representaciones
de comida, como la de un simple plato de espaguetis que retoma en cuadros
diversos; imágenes de políticos como John Fitzgerald Kennedy,
retratado cuando aún era un esperanzador aspirante a la Casa
Blanca; huellas de hermosas mujeres y barras de labios del tamaño
de misiles, y otras referencias sobre los usos y costumbres de los americanos.
El artista ha dejado que en su obra se filtre una reflexión oportuna
sobre el devenir de la sociedad estadounidense, como sucede también
en su serie de los años 90 Flores, pistolas y muñecas,
en la que se trasluce su contrariedad por la gran afición a las
armas de sus compatriotas: «Ningún granjero necesita un
arma automática para cazar aves», repetía ayer,
recordando el viejo combate de la gente de buena fe contra la permisividad
armamentística de la Administración de su país.
De cualquier manera, siempre ha huido de las evidencias en el difícil
contexto de las imágenes que sí lo son.
La visión de los caballos
El veterano creador contaba una reveladora anécdota de cuando
era joven, ocurrida en la inmensa planicie del lugar del medio oeste
americano donde vivía: «Una vez vi a lo lejos unos caballos;
puedo jurar que los veía, pero no existían».
Esta sensación de espejismo está de alguna manera en la
plasmación de su escrutadora mirada sobre el modo de vida estadounidense,
aunque en su obra crece una suerte de reflexión más intelectual
y de factura abstracta acerca de las connotaciones de los avances de
la ciencia y el pensamiento.
Según comentó ayer, nunca pensó en que debía
trabajar para los salones de la gente corriente: «Es cierto, pero
es porque yo pinto para mostrarme a mí mismo que he tenido alguna
idea. Yo no soy un artista comercial, aunque haya tenido la suerte de
que me hayan comprado algunos cuadros por mucho dinero».
Compromiso político a todo
color
Rosenquist era ya un pintor destacado cuando en 1965 presentó
en Nueva York el cuadro F-111, la pintura más grande
pintada por un artista pop, con sus más de 25 metros de longitud.
La obra tuvo una repercusión internacional,pero fue mal vista
por la Administración de turno, ya que se refería a un
bombardero que EE UU preparaba para combatir en Vietnam y junto a él
situaba a una angelical niña con la cabeza dentro de un secador
de pelo. Este cuadro, de una impronta comparada a veces con la del Guernica
de Picasso, pertenece al MOMA de Nueva York y es una de las obra que
no ha recalado Bilbao por las dificultades puestas por el celoso prestamista.
Rosenquist no ha eludido nunca el compromiso político, aunque
tampoco ha querido ser didáctico ni tendencioso con los trazos
antibélicos y las inquietudes políticas y sociales que
rezuman sus pinturas. Incluso las que parecen más coloristas
y festivas, como sus gigantescas flores escrutadas por ojos de mujer,
pero enmarcadas en fondos de aspecto cósmico, y que apelan al
cuidado del medio ambiente, dentro y fuera de la atmósfera terrestre.
«Me siento confuso»
El artista, según refirió ayer, pintó contra la
guerra en la antigua Yugoslavia, entristecido por la situación
que atravesó Sarajevo, donde había creado un mural para
el estadio de la ciudad con motivo de los Juegos Olímpicos de
Invierno de 1984.
Hoy en día, con los conflictos dramáticamente avivados
en Oriente Medio, «no entiendo todavía muy bien lo que
pasa», decía; «sólo que la actitud de los
políticos me deja confuso y que se está produciendo un
choque de culturas».alado.
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