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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



James Rosenquist

«Mi pintura debe mirarse con ojos
de niño, sin ninguna intencionalidad»

J.A.González Carrera

Pasa por ser, a sus 71 años, una leyenda viva del arte pop norteamericano, junto a Robert Rauschenberg, Roy Liechtenstein y Claes Oldenburg. Nunca gozó de la controvertida fama de Andy Warhol, exponente más popular del influyente movimiennto artístico, pero la obra de James Rosenquist, muy distinta –colorista y barroca–, es tanto o más apreciada que la de aquel en el mundo. Sus enormes cuadros, en los que se combinan formas figurativas, desgarros espaciales y contenidos abstractos, suelen referirse a los grandes temas de la Humanidad al hilo de avances del pensamiento y la ciencia, como la teoría general de la relatividad de Einstein, pero en el marco inequívocamente pop de la imaginería de la sociedad de consumo y la cultura de masas.

El Guggenheim Bilbao, con el patrocinio del BBVA, acoge una de las muestras retrospectivas más completas y atractivas que se hayan hecho nunca de este artista, capital en la evolución del arte contemporáneo. En sus cuadros, enormes, los iconos de la modernidad y los objetos más comunes son sometidos a curiosos cambios de escala, algo que se asemeja a un centrifugado de dimensiones cósmicas.

–¿Con qué ojos debe mirar el conjunto de su obra el público de este museo, fundamentalmente español y europeo?
–No sé qué decirle. Yo creo que mi obra se debe mirar con ojos de niño, sin ningún prejuicio ni intencionalidad. Los libros de historia se suelen referir a la evolución de mi obra como a algo que se desliza en un entorno de ‘flashes’: un taxista come un ‘sandwich’ y, al mismo tiempo, por la ventanilla de su coche, ve unas piernas bonitas. Quizá el peligro con mi obra es que la mirada se pierda en ese tipo de fogonazos, pero es algo que responde a la experiencia de la fragmentada vida de hoy en día, tanto en Europa como en Estados Unidos.

Ilustrar las ideas
–¿En qué medida es cierto, en su caso particular, que su manera de pintar, incardinada en el Pop Art, fuera en su día una reacción contra el expresionismo abstracto.
–Sí que fue una reacción frente a aquello. En mi opinión, todo es expresionismo, porque en todo hay expresión. Había expresionistas en Nueva York que lanzaban pintura contra el lienzo, aunque ya Miguel Ángel utilizaba esponjas para trabajar en su obra mural. De todas formas, la primera reacción ante la aplicación indiscriminada de colores fue el Op Art, el arte óptico, que reducía el color a líneas simples y perfiles. Después del Op Art comenzaron a aparecer artistas como Jasper Johns, que se ocupaban de ilustrar las ideas y no de expresar sólo algo emocional.
–Bastantes artistas europeos insisten en que la difusión del expresionismo abstracto tuvo el apoyo incluso de la CIA, como si se tratara de una cuestión de Estado cuando la Guerra Fría, para combatir la influencia de la antigua URSS. ¿Usted qué opina?
–Yo también he oído esto bastantes veces. Creo recordar que se achacaba la operación a Dorothy Miller, una mujer vinculada al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Parece que Estados Unidos exportaba aquel tipo de arte como una manera de demostrar el predominio de la libertad de expresión en mi país. Dorothy era una señora encantadora. Con motivo de su funeral, Agnes Gund dijo que se había dedicado a exportar armas de abstracción masiva. (Risas).
–En el Pop Art se utiliza bastante la pintura acrílica, así como barnices, materiales y técnicas de reproducción industriales. En su obra, en cambio, abunda preferentemente el óleo. ¿De verdad que usted algún día despreció las convenciones, el arte más tradicional y los maestros antiguos?
–Una vez, Marcel Duchamp contrató a un pintor de carteles para que pintara uno en un cuadro suyo. Yo, en cambio, comencé precisamente como pintor de carteles y de vallas publicitarias, así que opté por contratarme a mí mismo. (Más risas). En aquella época no se sabía siquiera si la pintura acrílica era duradera, pero yo siempre he usado el óleo. Si mi obra se diferencia de la pintura clásica es más bien por la temática; no tengo que acudir a técnicas nuevas para distinguirme. Yo empiezo como un pintor comercial y siempre me ha acompañado esa noción de trabajo.

La velocidad de la luz
–En su obra se filtra muchas veces un espíritu crítico, irónico, aunque no sea algo evidente. ¿Hoy en día, en que asistimos a sucesos como los atentados terroristas del 11-S en Nueva York y del 11-M en Madrid, podemos buscar en su obra más actual alguna referencia crítica sobre lo que pasa?
–Hice una serie de cuadros titulada ‘La velocidad de la luz’. Se referían a la teoría de Einstein según la cual las cosas no se perciben igual si estamos quietos o nos movemos a aquella enorme velocidad. Todo depende de quién vea las cosas. ¿Quién ve como bello qué cosa? Muchas veces, los espectadores que se creen sofisticados tiene en realidad un mal gusto espantoso; mientras que aquellos a los que se considera vulgares son los verdaderamente inteligentes. Si empleo elementos de cada día es porque permiten al público una identificación inmediata del objeto; pero si los reproduzco a gran escala, ya no son tan reconocibles. Por ahí empieza la ironía.
–Usted nunca ha dejado de referirse al mundo que vivimos, ha ido bastante con su tiempo, ¿sigue haciéndolo en momentos tan difíciles para su propio país?
–El terrorismo es como el arte no objetivo, que presenta mucha acción –en su caso, una acción terrible que mata a la gente–, pero no es realmente claro en lo que plantea o en sus fines. Estados Unidos se encuentra ahora en un dilema del que espero que pueda salir cuando gane John Kerry. A Bush ya sólo le interesa salir reelegido. Su actitud es muy diferente de la que tuvieron presidentes como Carter o el propio Clinton; ámbos, por cierto, demócratas.

"Siempre me he sentido fascinado por el arte de España"
Datos de interés

El artista: James Rosenquist nace en 1933, en Grand Forks (Dakota del Norte, EE UU). Estudiante de arte en Minnneapolis, obtiene una beca para continuar en la Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York, donde coincide con Robert Rauschenberg, Jasper Johns y Robert Indiana. En ese tiempo trabaja de pintor comercial, realizando carteles y vallas para empresas de publicidad; lo que estará en la base de su contribución decisiva al arte pop. Caracterizados por dimensiones que llegan a superar los 15 metros de anchura y la combinación y yuxtaposición de imágenes en medio de una sensación de movimiento vertiginoso, sus cuadros están en las más importantes colecciones del mundo.

La muestra: Selección de más de 150 obras, entre ellas algunas esculturas, dibujos, grabados y collages en los que pergeña su obra mayor. Estará abierta desde del 13 de mayo al 17 de octubre.

«Yo siempre me he sentido fascinado por el arte de España: Juan Gris, Picasso, Dalí... Llegué a conocer a Salvador Dalí. La primera vez que le vi fue en Nueva York –recuerda James Rosenquist–. Yo me ocupaba de pintar escaparates. Creo que era en Tiffany’s. Salí fuera para ver cómo quedaba y, de repente, apareció él detrás, retorciéndose los bigotes... Dalí también había hecho escaparates para los grandes almacenes Macy’s y hablamos. Me dijo que acababa de pintar el dólar».

–¿Volvió a verle?
–Volví a ver en París, en una recepción que dio en un hotel. Al verme llegar, me preguntó en voz en alta: «¿Te gusta la gente que está a la mesa o quieres que les diga que se larguen?». «Sí, sí, no hay problema», le respondí. «Bueno, entonces que se queden», sentenció, y, al sentarse, se le resbaló el codo en brazo de la silla. Me invitó a su cumpleaños al cabo de unos días. Mucho después, en televisión, le volví a ver, ya mayor, con unos algodones en las fosas nasales: «Acabo de culminar la operación del entubado de la nariz...», decía con su particular forma de hablar».
–¿Cómo se debe tomar el ciclo ‘El nadador en la a-brumadora economía’ que hizo para el Deutsche Guggenheim Berlín, donde incluye una referencia al ‘Guernica’?
–En mis cuadros nada es accidental. Los fragmentos se refieren a vivencias y simbolizan cosas, de forma simultánea.Yo fui a Berlín cuando cayó el Muro. Cuando volví a casa pinté un cuadro que se titula ‘El Sacro Imperio Romano visto desde el Check Point Charlie’, el viejo lugar de paso entre el sector oriental y el occidental en el Berlín de entonces. La Alemania del Este y los otros países del área soviética estaban mal cuidados, tenían numerosos controles... Años después, Thomas Krens me encarga esta obra para el Deutsche Guggenheim Berlín. En esa serie de cuadros intento reflejar desde la pobreza de la agricultura a una especie de falta histórica de identidad que parece aquejar a Alemania. Henry Kissinger decía algo así, que a Alemania le había faltado en la historia una Armada Invencible como la de España, o un concepto de imperio como el de Inglaterra.




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