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Arte y París
CUNA DE LAS VANGUARDIAS

Enrique Portocarrero-Bilbao

Ya sabemos del magnetismo artístico de París durante las cuatro primeras décadas del siglo XX. Porque París, la cuna de las vanguardias históricas, era en los comienzos del siglo pasado el territorio libre de las artes, de los nuevos colores impuestos por los 'fauvistas', de la revolución cromática ofrecida por Diaghilev en su debut del Chatelet, de aquella deliciosa 'melange' entre bohemia y aristocracia que lideraban Misia Sert, los Noailles, Gertrude Stein o incluso el joven Cocteau; de la descomposición cubista operada por Picasso y Braque o del dinamismo del mercado protagonizado por los marchantes locales y judíos como Vollard y Khanweiller. Una suprema excitación cultural, en fin, quizás acrecentada tras el final de aquella carnicería que fue la guerra de 1914-1918.

'Penetrable'. (1967-2002), de Jesús Rafaël Soto

Y es que después de la contienda, como una subversión terrorista que atacaba el frente artístico y literario, apareció ese movimiento dadá, medio nihilista y totalmente escandaloso, para poner el punto final y la tabla rasa al racionalismo imperante.

Otro tanto hicieron después, con sus manifiestos, sus libelos y sus cadáveres exquisitos, los surrealistas comandados por André Breton, Paul Eluard o Louis Aragon. Y todo ello fue, junto con la aceptación de una libertad que iba a descomponer la luz, las formas y los planos en el arte, la consagración de ese magnetismo que llevó hasta París a los grandes protagonistas de las vanguardias. Allí llegaron Buñuel y Dalí para estrenar primero 'Un perro andaluz' en el Studio des Usulines o, incluso, para generar escándalo con esa obra, 'La edad de oro', que fue financiada por los Noailles. Ya había estado antes Iturrino, a medio camino entre su 'fauvismo' y su casticismo, para participar en la primera exposición de Picasso en la galería de Vollard. Otro tanto hicieron, como acólitos iniciales o tardíos del surrealismo, Miró, Domínguez o Luis Fernández. Y lo mismo sucedió con Max Ernst, Giacometti y Balthus, que siguieron a esa primera generación asentada en París con Picasso, Braque, Leger, Modigliani, Soutine, Man Ray y muchos otros más.

'Wrapped portait of Jeanne Claude'. (1945) de Christo

Pero si evidente y claro es el magnetismo de París durante esas cuatro primeras décadas del siglo XX, lo que resulta difícil de aclarar es su decaimiento tras la segunda Guerra Mundial. Es verdad, eso sí, que la guerra y la ocupación nazi desplazaron de París a casi todo el grupo surrealista, a muchos de los protagonistas de los 'ismos' y, sobre todo, a los grandes marchantes judíos. De igual manera, es explicable que la influencia surrealista diera lugar al automatismo de la escuela de Nueva York, que Max Ernst y Mondrian encontraran inspiraciones en América o, incluso, que Manhattan brillara en el arte con el talento de Pollock o De Kooning. Sin embargo, lo extraño es que con la permanencia en Francia de Picasso y Matisse o con las visitas estables a París de Eduardo Paolozzi, Elsworth Kelly y Francis Bacon, la vieja capital del arte mundial no fuera capaz a finales de los años cincuenta y primeros sesenta de aportar talentos y corrientes como las producidas por Andy Warhol, Robert Rauschenberg o Jasper Johns en Norteamerica. Un interrogante artístico que es, como dice el crítico del 'Sunday Telegraph', Martin Gayford, tan complejo como la explicación de la sonrisa de la Mona Lisa. Por eso mismo, lo conveniente es justificar esa pérdida de peso artístico de París aludiendo a razones económicas y políticas.

Lo primero es claro, puesto que la expansión económica norteamericana tras la Segunda Guerra Mundial explica el auge del mercado artístico neoyorquino, la expansión de los museos americanos y hasta su eclosión cultural. Ahora bien, lo que no tiene mucho sentido es una explicación política que margine París en beneficio de Nueva York como capital mundial del arte, cuando desde Malraux a Pompidou o desde Mitterrand a Chirac, la ciudad francesa siempre fue la de los excelentes museos, la de las galerías de vanguardia, la de los grandes proyectos de infraestructuras culturales y, por supuesto, la de esos divertidos cenáculos que, como Les deux magots, La Coupole o el Cafe de Flore, sirvieron para alumbrar las vanguardias, nuestras vanguardias.

'Paranoia'. (1955-1936) de Dalí





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