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CUNA DE LAS VANGUARDIAS |
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'Penetrable'. (1967-2002), de Jesús Rafaël Soto |
Y es que después de la contienda, como una subversión terrorista que atacaba el frente artístico y literario, apareció ese movimiento dadá, medio nihilista y totalmente escandaloso, para poner el punto final y la tabla rasa al racionalismo imperante.
Otro tanto hicieron después, con sus manifiestos, sus libelos y sus cadáveres exquisitos, los surrealistas comandados por André Breton, Paul Eluard o Louis Aragon. Y todo ello fue, junto con la aceptación de una libertad que iba a descomponer la luz, las formas y los planos en el arte, la consagración de ese magnetismo que llevó hasta París a los grandes protagonistas de las vanguardias. Allí llegaron Buñuel y Dalí para estrenar primero 'Un perro andaluz' en el Studio des Usulines o, incluso, para generar escándalo con esa obra, 'La edad de oro', que fue financiada por los Noailles. Ya había estado antes Iturrino, a medio camino entre su 'fauvismo' y su casticismo, para participar en la primera exposición de Picasso en la galería de Vollard. Otro tanto hicieron, como acólitos iniciales o tardíos del surrealismo, Miró, Domínguez o Luis Fernández. Y lo mismo sucedió con Max Ernst, Giacometti y Balthus, que siguieron a esa primera generación asentada en París con Picasso, Braque, Leger, Modigliani, Soutine, Man Ray y muchos otros más.
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'Wrapped portait of Jeanne Claude'. (1945) de Christo |
Pero si evidente y claro es el magnetismo de París
durante esas cuatro primeras décadas del siglo XX, lo
que resulta difícil de aclarar es su decaimiento
tras la segunda Guerra Mundial. Es verdad, eso sí, que
la guerra y la ocupación nazi desplazaron de París a casi
todo el grupo surrealista, a muchos de los protagonistas
de los 'ismos' y, sobre todo, a los grandes marchantes judíos.
De igual manera, es explicable que la influencia surrealista
diera lugar al automatismo de la escuela de Nueva York, que Max
Ernst y Mondrian encontraran inspiraciones en América
o, incluso, que Manhattan brillara en el arte con el talento
de Pollock o De Kooning. Sin embargo, lo extraño es que
con la permanencia en Francia de Picasso y Matisse o con las
visitas estables a París de Eduardo Paolozzi, Elsworth
Kelly y Francis Bacon, la vieja capital del arte mundial no fuera
capaz a finales de los años cincuenta y primeros sesenta
de aportar talentos y corrientes como las producidas por Andy
Warhol, Robert Rauschenberg o Jasper Johns en Norteamerica. Un
interrogante artístico que es, como dice el crítico
del 'Sunday Telegraph', Martin Gayford, tan complejo como la
explicación de la sonrisa de la Mona Lisa. Por eso mismo,
lo conveniente es justificar esa pérdida de peso artístico
de París aludiendo a razones económicas y políticas.
Lo primero es claro, puesto que la expansión económica norteamericana tras la Segunda Guerra Mundial explica el auge del mercado artístico neoyorquino, la expansión de los museos americanos y hasta su eclosión cultural. Ahora bien, lo que no tiene mucho sentido es una explicación política que margine París en beneficio de Nueva York como capital mundial del arte, cuando desde Malraux a Pompidou o desde Mitterrand a Chirac, la ciudad francesa siempre fue la de los excelentes museos, la de las galerías de vanguardia, la de los grandes proyectos de infraestructuras culturales y, por supuesto, la de esos divertidos cenáculos que, como Les deux magots, La Coupole o el Cafe de Flore, sirvieron para alumbrar las vanguardias, nuestras vanguardias.
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'Paranoia'. (1955-1936) de Dalí |
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