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MIEDO AL MINIMAL

Thomas Krens quiso que las obras del conde Panza se integraran en la colección de Bilbao

Iñaki Esteban Bilbao

Thomas Krens.

Los más obstinados detractores del proyecto Guggenheim vieron confirmados sus más oscuros deseos cuando en 1994 se presentó una exposición, en la Sala Rekalde y el Museo de Bellas Artes de Bilbao, con obras de la fundación neoyorquina fechadas a partir de 1950. Entre ellas se hallaban varias piezas de la colección Panza, de las tendencias minimalista, posminimalista y conceptual.
Aquello, decían, era el acabóse. Chatarra, pintura al por mayor, piedras, objetos de desecho que no merecían entrar en los sacrosantos mausoleos del arte. Además, corría un insistente rumor de que la colección Panza iba a constituir la espina dorsal del nuevo museo de la capital vizcaína, que muchos imaginaban como un hangar muy costoso ­con el paro que había, decían los más demagogos­ y tan poco lucido como los almacenes de madera que antes ocupaban el terreno de Abandoibarra. El conde Panza alcanzó en Bilbao por esas fechas una notoriedad muy poco aristocrática.

Lo cierto es que Thomas Krens, director de la Fundación Guggenheim, ya había comprado en 1990 un lote de 200 obras al noble italiano. Para financiar la operación Krens tuvo que vender en Sotheby's tres de los más valorados cuadros de sus fondos, de Chagall, Modigliani y Kandinsky, respectivamente. Con la venta, el Guggenheim ingresó algó más de 6.500 millones de pesetas, mientras que las obras de Panza le costaron 5.300.

Los círculos artísticos de Nueva York criticaron la arriesgada apuesta. Pero Krens tenía una inclinada pasión por la colección y sugirió a las instituciones vascas que compraran más piezas al conde, que poseía alrededor de 2.400, para dotar al museo bilbaíno de una colección. Joseba Arregi, entonces consejero de Cultura, se negó. Al fin y al cabo se habían pagado 2.000 millones de pesetas por el disfrute de casi todos los fondos neoyorquinos, y no era cuestión de llenar el nuevo Guggenheim con obras difíciles, de esas que dejan perplejo, desorientado y quizá ca-breado a quien no sigue de cerca el arte contemporáneo.

Rechazo del Reina Sofía
Antes, el Museo Reina de Sofía de Madrid ya había recibido una propuesta para que albergara parte del legado del conde, cuando el centro acogió una exposición con sus piezas, pero el patronato rechazó el ofrecimiento.

La sucesión de negativas no enfrió a Krens, él mismo un artista heredero del minimal, y buscó un nuevo emplazamiento, el Museo de Arte Contemporáneo de Massachussets. Pero la historia tampoco cuajó, y hoy la fundación neoyorquina, eso sí, puede alardear de que tiene uno de los mejores fondos mundiales en el arte producido desde finales de los años sesenta.




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