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PASEO POR
LOS CONFINES DE LA PERCEPCIÓN HUMANA
El recorrido por la muestra del
Guggenheim de arte conceptual y minimalista de la Colección
Panza provoca un cúmulo de sensaciones
J.A. González Carrera. Bilbao
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Cajas de Judd. Instalación 'sin título' de Donald
Judd a base de cubos de latón y plexiglás de color
rojo fluorescente, en una de las salas abiertas en octubre. |
¿Esto es arte? La pregunta ha comenzado a extenderse
entre los visitantes de la enorme muestra del arte conceptual,
minimalista y ambiental que el conde Panza di Buomo reunió
entre 1965 y 1975 y que, desde este sábado, dominará
la programación del Museo Guggenheim Bilbao a lo largo
del invierno. Ésta es la mayor presentación pública
de la colección desde que fuera adquirida por la Fundación
Guggenheim de Nueva York hace diez años.
Parcialmente abierta hace un mes, la muestra de más de
cien obras de 23 de los más significados autores que rompieron
los moldes de la creación artística en los años
60, se adueña ahora de casi todo el espacio del museo.
Muchos cuentan con una sala en exclusiva y la instalación
en su conjunto luce magnífica, aunque por la complejidad
y la naturaleza tan alejada de los cánones más
comunes del arte de muchas de las obras, conviene que la visita
sea guiada.
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Real e irreal. 'Disco de color gris pálido verde rosa violeta',
de Irwin. La pieza central es lo único real. |
Un espacio infinito
El público en general, de todas formas, disfruta por sí
solo al experimentar por ejemplo un fascinante 'espacio infinito'
creado por Doug Wheeler. Este artista nacido en Nueva York en
1940 ha ocupado una de las grandes salas de la primera planta
con lo que los expertos han decidido llamar un «entorno
atmosférico continuo». Las esquinas de la galería
han desaparecido y da la sensación de un espacio ilimitado.
Una azafata vigila que los espectadores, siempre de cinco en
cinco, se quiten el calzado y cubran sus pies con unas socorridas
babuchas para acceder al interior. La infinitud simulada es de
un blanco inmaculado y la marca de una simple huella rompería
el encanto. La fascinación crece cuando, mediante un bien
estudiado juego lumínico, se simulan los cambios de la
luz natural entre el día y la noche. Por momentos, se
llega a perder la noción de todo.
En una sala contigua, Robert Irwin juega también con la
luz, que proyectada sobre un gran disco produce la sensación
de una pintura en la pared, realmente intangible; incluso aquel
objeto parece perder su materialidad. Como otros artistas de
la muestra, caso de Jan Dibbets por medio de unos ciclos fotográficos
o de Larry Bell con un minimalista trampantojo tridimensional,
Irwin reflexiona sobre la naturaleza de las imágenes.
Las luces de Nauman
Lo de Bruce Nauman y sus conceptuales construcciones en las que
perturbadoras combinaciones de luces juegan también con
la capacidad de adaptación de nuestros sentidos, merece
un capítulo a parte. La segunda sala más grande
de la primera planta le ha sido completamente dedicada. Entre
las obras, un estrecho pasillo que sólo se puede recorrer
de lado, iluminado por una confusa luz verdosa, es de lo más
angustiante. En otro pasillo más común, la intensidad
de las fluorescentes del techo sigue el ritmo de los latidos
del corazón.
La angustia vuelve a aflorar según se recorren dos laberintos
de Robert Morris; uno de ellos, de forma triangular, obliga al
público a cambiar continuamente de dirección, en
un recorrido que llega a aturdir. Este escultor, del que se presentan
otras piezas muy diferentes en acero, ocupa la enorme sala del
pez, junto a Richard Serra, que, al lado de su mastodóntica
e inamovible 'Serpiente', ha dispuesto un par de estancias cuyos
espacios aparecen trastocados a la vista con una aguda colocación
de vigas y planchas de acero. Se diría que tienen que
ver bastante con los elementos del mismo material con los que
juega Richard Nonas en una sala de la tercera planta; incluso,
de forma más lejana, con la escalera remarcada con luces
fluorescentes de Dan Flavin, que hace desaparecer de nuestra
vista un rincón entero de su sala, en la segunda planta.
Pintura que es escultura
A mitad del recorrido acaba de anidar en el espectador la idea
de que la visita resulta bastante más agradable e interesante
de lo que podía suponerse. Los continuos requerimientos
de nuestros sentidos y nuestra mente que ponen en acción
casi todos los artistas surten su efecto, aunque todavía
queden por ver partes más áridas, como las salas
dedicadas a las murales de Sol LeWitt, a los cuadros blancos
de Robert Ryman, a las pinturas en colores fríos de Brice
Marden o a las monocromáticas con vocación de esculturas
de Mangold. En este contexto de inquietudes artísticas,
sorprende descubrir que con sus instalaciones de repetitivos
cubos en plexiglás de colores, Donald Judd obogaba ya
en su momento por un tipo de obra que no fuera pintura ni escultura.
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A ras de suelo. 'Círculo de Madrid', de Richard Long. |
Esta cuestión está también presente
en las obras horizontales de Carl Andre, a base de planchas cuadradas
de cobre o aluminio. «No hay problema, se pueden pisar»,
comenta Susan Cross, ayudante del comisario, Germano Celant.
Además, las obras de Andre, por la disposición
de sus elementos, podrían ser infinitas, pisoteables,
pero infinitas.
Jene Highstein supervisaba todavía ayer la ocupación
de una sala de la segunda planta con un enorme montículo
central de color negro que al rodearlo ofrece una sensación
de alejamiento extrema. Y muy cerca de éste, Richard Long
presenta varias de sus composiciones a ras de suelo con piedras
de muy diferente extracción.
Al salir, en el atrio, Lawrence Weiner se remite a la mera utilización
del lenguaje aplicado a los muros para evocar ideas plásticas
complejas. «Tierra a tierra/Cenizas a cenizas/Polvo a polvo»,
reza una de las obras, aunque en inglés. «Es tan
conceptual sentencia Cross que lo que escribe sería
dificilísimo de realizar; así que la obra radica
en lo que evoca en nuestra mente».
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