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A VUELTAS
CON EL MÍNIMAL
El Museo Guggenheim de Bilbao abre
el 10 de octubre las primeras salas de la muestra 'Percepciones
en transformación: la colección Panza'. Una exposición,
que por su gran tamaño, no se inaugurará oficialmente
hasta el 18 de noviembre
Enrique Portocarrero
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| El Guggenheim expone obras como la de Donald Judd,
en la imagen |
Lejos ya de aquella eclosión
y posterior vigencia de un arte mínimal iniciado en el
Nueva York de los primeros años sesenta, no hay duda de
que la mejor revisión actual de esa duradera corriente
artística que proclamó la importancia de la idea
frente al producto físico o la preeminencia de la percepción
sobre la narración es, desde luego, la propuesta por la
colección Panza di Biumo.
Y no solo por la notable variedad de unos fondos que abarcan
en diversidad y profundidad a los principales artistas o a las
distintas derivadas del arte mínimal, sino también
por la admirable coherencia existente entre la filosofía
coleccionista de Giuseppe Panza di Biumo y la propia ideología
creativa que subyace en los principales protagonistas de este
movimiento artístico tan controvertido como influyente
en la historia del arte contemporáneo.
No en balde, si tras el pop-art, el neo-dadaísmo de Rauschenberg
o el expresionismo abstracto de Kline y Rothko surgió
un manifiesto deseo de crear un arte a contracorriente que reflejara
por encima de todo el intelecto o que representara los conceptos
filosóficos por medios visuales; también los propios
objetivos coleccionistas de Panza di Biumo albergaron un estrecho
paralelismo con una visión del arte decantada por la experimentación
y la necesidad de invertir la representación artística,
para determinar las ulteriores razones de su existencia.
Fruto de esta íntima coincidencia entre colección
y coleccionista es, por lo tanto, un amplio fondo que abarca
desde aquella básica e inicial voluntad por hacer desaparecer
el objeto que es reemplazado por la idea y el concepto
ya apreciada en las primeras obras de Judd, Flavin, Andre, Lewitt
y Morris; hasta las más llamativas producciones del llamado
'environmental art', donde creadores como Wheeler, Turrell o
el mismo Nauman experimentan con la luz, el espacio y la naturaleza
de de la percepción.
Visión global
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| El Laberinto es una de las obras más impresionantes
de la muestra |
Pero si la amplitud de la colección Panza di Biumo
y la dimensión espacial de muchas de sus piezas han obligado
durante mucho tiempo a la contemplación parcial de la
misma en diversas muestras organizadas en Europa y Norteamérica,
el reto de una exposición global en tres distintos escenarios
organizada por la Fundación Solomon R. Guggenheim aparece
ahora como una obligada revisión académica consagrada
a un movimiento quizá ya no tan claramente dominante,
pero desde luego fundamental a la hora de explicar la todavía
resistente influencia del proceso filosófico y cognitivo
en la obra de arte con respecto al subjetivismo del artista.
De la misma forma, no cabe duda de que el esfuerzo emprendido
en esta muestra por la fundación norteamericana también
debe de tener como objetivo el intento de validación y
amortización de aquella arriesgada operación sin
precedentes desarrollada por Thomas Krens en 1991 y 1992, que
llevó a la adquisición de 350 obras de la colección
Panza di Biumo, a las que después se sumaron otras 335
en concepto de préstamo a largo plazo. En cualquier caso,
junto a los escenarios del Museo Peggy Guggenheim de Venecia
con una selección del arte mínimal de la colección
producido en Los Angeles y de la antigua residencia de los Panza
en Varese que expondrá algunas instalaciones específicas,
el Museo Guggenheim de Bilbao acoge a partir del 18 de noviembre
y bajo el epígrafe 'Percepciones en transformación:
la colección Panza', cerca de un centenar de obras minimales,
posminimales y conceptuales.
De este amplio conjunto que tendrá en Bilbao una instalación
escalonada a partir del próximo 10 de octubre, se pueden
destacar algunos importantes autores y obras que contribuirán
de forma señalada al establecimiento de un interesante
diálogo entre un arte que ensalza un concepto o idea como
método operativo la escultura mínimal,
y otro arte la formidable arquitectura de Frank O. Ghery
que inventa una geometría inusual.
Es el caso de esas instalaciones de cobre de Carl Andre que tratan
de incitar al espectador a reflexionar sobre las características
de los materiales, o también el de las fotografías
de Jan Dibbets cuya ilusión de profundidad pretende alcanzar
una disyunción perceptiva entre espacio abstracto y espacio
en perspectiva. Lo mismo se puede decir de ese arte radical de
Dan Flavin que en la utilización experimental de tubos
fluorescentes comerciales busca la definición y la transformación
del espacio a través de la luz; o de los objetos tridimensionales
de Donald Judd, en los que se hace patente su preocupación
por clarificar la forma, la superficie y el color.
Capítulo decisivo en lo que se refiere a la vertiente
conceptual de esta muestra son los neones de Joseph Kosuth, donde
el autor muestra su voluntad por elevar al lenguaje a la categoría
de material artístico legítimo; y los 'wall drawings'
de Sol LeWitt, cuya bidimensionalidad es ya bien conocida por
estos pagos. Mas allá de lo anterior, y también
de ese equilibrio entre lo natural y lo geométrico que
consigue Richard Long, tal vez lo más interesante sea
la formidable indagación artística de Richard Serra,
siempre cargada de una intensidad grave, de una lejana carga
poética y de una esencialidad en la experiencia espacial.
La nómina de autores se completa con otros creadores
como Hanne Darboven, Hamish Fulton, Jene Highstein, Douglas Huebler,
On Kawara o ese Robert Morris con su ya conocido 'Laberinto',
mediante el que trataba de hacer percibir al espectador la confrontación
de su cuerpo con una instalación de características
arquitectónicas. Vuelve el mínimal y el conceptual,
pues, aunque ya estemos quizás muy lejos de su predominio
y de su pretendida superioridad sobre el neoexpresionismo y la
neofiguración.

EL ARTE ES
LA IDEA
En plena polémica sobre la vigencia y la legitimidad de
la práctica pictórica tradicional, surgió
en Norteamérica a comienzos de los años sesenta
una nueva corriente que proclamó el cansancio del objeto
artístico tradicional cuadro o escultura. Y
junto a ello, también nace el deseo de expresar o, mejor
dicho, vulnerar los límites del arte, extendiendo la creatividad
a nuevos ámbitos.
Bajo la etiqueta mínimal y conceptual se engloban, pues,
diversas manifestaciones que tienen como denominador común
tanto la supremacía de la idea sobre la realización
artística como la teoría sobre el objeto. De esta
forma, la intención que subyace en esas corrientes es
la de sustituir la intervención del artista por la del
eventual espectador, quedando el creador como un simple elaborador
de propuestas que pueden materializarse o no.
Obviamente, en el fondo del arte mínimal y conceptual
existe una vocación crítica sobre el mercado artístico
y sus estructuras, si bien el tiempo y el éxito han integrado
esa crítica en las propias realidades comerciales del
mercado. Si las primeras obras del llamado arte mínimal
tuvieron como plataforma comercial algunas exposiciones como
la celebrada en 1963 en la Green Gallery de Nueva York, su definitivo
lanzamiento internacional se produjo con la muestra itinerante
del Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York (MOMA) que,
con el título 'Art of the real', recaló en algunos
países europeos en el año 1968.

LA COHERENCIA
DE UN COLECCIONISTA
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| El tratamiento del blanco es una característica
de Donald Judd |
Su ánimo coleccionista siempre ha tenido el mismo
norte: la transgresión y el desafío, además
del reconocimiento social de su pensamiento estético que,
sin duda, anticipó la evolución del arte desde
los años sesenta hasta los setenta y ochenta. Nacido en
el seno de una acomodada familia de Varese, el conde Giuseppe
Panza di Biumo aprovechó su estancia durante la II Guerra
Mundial en un campo de refugiados en Suiza, para estudiar las
teorías filosóficas y para reflexionar en profundidad
sobre los fallos de la razón humana que condujeron a la
contienda europea. Como afirmó hace años en una
entrevista concedida al diario 'Los Angeles Times', su intención
artística inicial fue la de ir adquiriendo poco a poco
fondos de alta calidad, si bien sus posibilidades financieras
le llevaron a una peculiar apuesta por lo más novedoso
y lo menos consagrado.
Aunque en sus primeros viajes a Norteamérica adquirió
obras de Tápies, Kline, Fautrier, Rauschenberg o de los
artistas pop Oldenburg, Lichtenstein y Rosenquist; a partir de
1966 comenzó a comprar arte mínimal de pintores
y escultores como Morris, Flavin, Judd, Andre, Serra y Nauman.
En ello influyó su decisión de no pagar más
de 10.000 dólares por cada pieza, lo cual limitó
el ámbito de su colección a los artistas todavía
no consagrados por las cotizaciones del mercado.
Desde entonces, y con la sola interrupción de unos
años de 1976 a 1987 en los que su situación
financiera obstaculizó la continuación de su colección-,
el conde Panza ha seguido incrementando su amplio fondo artístico,
eso sí, siempre centrado en un arte mínimal, posminimal
y conceptual que, para él, son los únicos que no
renuncian a la permanente experimentación. Fruto de todo
ello es un conjunto próximo a las 2.500 piezas, de las
cuales cerca de 685 están en posesión de la Fundación
Guggenheim en concepto de compra, donación y préstamo
a largo plazo.
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