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Thomas Krens

Thomas Krens: «A Madrid no le convenía el Guggenheim»

¿Cómo se gastan en obras de arte los millones de los contribuyentes vascos? Thomas Krens revela las cláusulas de un contrato que comparar con el de Coca Cola

MERCEDES GALLEGO

En las bodegas de sus museos se amontonan los "kandinskys" y los "pollocks", pero en la nave nodriza de la Fundación Guggenheim los muros aparecen desolados, como un sobrio ministerio de la Unión Soviética desde el que se controlan los satélites del mundo. Le salvan sólo las vistas traseras al río Hudson, frente a las que trabaja en Nueva York el hombre que dicta el gusto artístico de Bilbao.

Para Thomas Krens ese museo que cumple diez años es «como un hijo que ya está en situación de caminar y tiene cierta independencia, pero no es todavía un adulto totalmente formado». Eso será cuando cumpla los 20 y expire el contrato de tutela que firmó para expandir su legado por el mundo. Hasta entonces promete ser un padre férreo.

-¿Se acuerda de la primera vez que aterrizó en Bilbao?
-Sí, fue el 9 de abril de 1991, pero no fui a Bilbao, sólo a Vitoria. Me llevaron en helicóptero a ver al lehendakari. Al pie del avión me esperaba Juan Ignacio Vidarte y una alfombra roja de 200 metros .

-¿Le impresionó?
-Obviamente.

-¿No estaba pensando qué hago yo aquí?
-No pensaba que fuera una buena idea.

-¿Por qué?
-Uno no piensa que ciudades de menos de cuatro o cinco millones sean el lugar para instalar un museo de clase mundial. No era algo personal con Bilbao, simplemente la escala no parecía correcta.

-¿Qué le convenció?
-Tenían un plan. Había un número de personas en el Gobierno del Partido Nacionalista que había pensado cuidadosamente cómo desarrollar su ciudad. Sabían que tenían que invertir en infraestructuras que lo apoyaran. El lehendakari José Antonio Ardanza, que tiene una personalidad muy fuerte y hacía que funcionase lo que él quería, me preguntó qué se necesitaría. Yo no tenía ningún interés particular en hacer el proyecto, así que le dije que pensara en algo como la Ópera de Sidney o el Centro Pompidou, y entonces que pensara en algo todavía más grande. ¿Por qué iba a querer el Guggenheim venir a Bilbao? Sólo si hubiera una oportunidad de hacer historia. Y como estaba claro que nosotros no ibamos a hacer la inversión financiera, él también tenía que añadir los recursos.

Dudas sobre el proyecto
-¿Qué fue lo más difícil?
-No estoy seguro de que hubiera una parte verdaderamente difícil. La pregunta era si el proyecto se llevaría a cabo o no. Eso no era difícil para nosotros, pero sí para ellos. Yo fui escéptico desde el principio. Le pregunté a Juan Ignacio Vidarte en mi primera visita: «¿Por qué querrías que ocurriera esto?» El País Vasco tiende a definirse a sí mismo en términos culturales, y eso tiende a ser la confrontación fundamental con España, así que por qué invitar a un extranjero a tu casa, cuando la cultura es el pilar fundamental. Creo que la respuesta de Juan Ignacio fue algo en la línea de tener éxito, de que el país necesitaba ser retado para lograr una posición en la economía global. Y eso habló en su favor, porque su respuesta fue en sí misma un tipo de declaración de independencia. El País Vasco hizo una alianza con el Guggenheim que no tenía nada que ver con el Ministerio de Cultura de España.

-¿Y eso habló en su favor?
-Sí, hasta cierto punto, porque yo he tenido ciertas experiencias posteriores con gobiernos que desean hacer lo mismo que en el País Vasco, y es muy difícil.

-¿Cuál es su papel exacto en la adquisición de obras para Bilbao?
-Cuando hicimos este acuerdo en 1991, había una cosa que estaba muy clara: no estábamos vendiendo la marca. Usando una analogía muy simple e incluso básica, si Coca Cola es un marca, cuando abren una planta en otra parte del mundo no dejan que los socios locales puedan decidir cambiar la fórmula, porque afectaría a lo que para ellos ha sido un mecanismo de éxito demostrado. Aquí es lo mismo. Así que redactamos cuidadosamente un contrato que explícitamente identifica esos valores y dice que mientras el Guggenheim juegue este papel en Bilbao, mientras su nombre esté en la fachada del edificio, tiene máxima autoridad sobre el programa de exposiciones, de adquisiciones y la presentación de la cultura. El reto es mantener simultáneamente los estándares de una institución de nivel mundial y a la vez satisfacer las necesidades y deseos de una audiencia local. En parte consiste en concebir la relación con una calle de doble sentido. No es un accidente que hayamos tenido grandes exposiciones en Nueva York de Oteiza, Chillida, Tàpies y Juan Muñoz.

-El Guggenheim Bilbao está invirtiendo unos 6 millones de euros al año en coleccionismo. ¿Estaba esa cifra en el contrato?
-Era parte del contrato durante los primeros cuatro o cinco años, pero obviamente ha sido tan exitosa que el Gobierno ha decidido por su propia voluntad. Nosotros insistimos, porque cuando a los veinte años venza el contrato, si decidimos no seguir en Bilbao, es decir, llevarnos la colección y el nombre de la fachada, no queremos dejar un edificio vacío, así que les hice ver que iba en su mejor interés hacerse con una colección. Esta alianza ha funcionado bien para las dos partes, pero no se puede predecir cuál será el desenlace. Si Bilbao decide seguir por su cuenta, como un hijo, habrá sido extremadamente bien entrenado y tendrá una colección de primera clase mundial. Si el hijo triunfa al mismo nivel que los padres, eso siempre está por ver, pero para ese momento, en 2017, puede que haya más Museos Guggenheim, puede tener más hermanos y hermanas, puede que haya una estructura global internacional completamente diferente. Puede que sea más necesario para los vascos mantener esta alianza.

-¿Cree usted que deberían invertir incluso más en colección?
-Sí, por supuesto. No ya por si nos separamos, sino porque eso es lo que define una gran institución, su colección.

-Hablando de los hermanitos, han surgido muchos proyectos alrededor del mundo, que no llegan a hacerse realidad. ¿Por qué? ¿Se contagian del éxito de Bilbao pero a lo mejor no tienen el dinero o la libertad?
-Puede ser. Como dije antes, la política es una parte muy importante de esto. A Bilbao le faltó un pelo para que no se construyese, no era evidente. Hubo un momento a finales de 1991 en el que existió el deseo explícito de posponer la decisión de empezar seis meses o un año. Si eso se hubiera aceptado el proyecto nunca se habría hecho realidad.

El PNV y los socialistas
-¿De quién fue esa decisión?
-No creo que fuera tanto una decisión, tienes que mirar la estructura política del momento. El PNV estaba en el poder, había una oposición muy activa por parte del Partido Socialista, que era el partido dominante en Madrid, y a Madrid no le convenía necesariamente que el Guggenheim Museum viniera a Bilbao. Así que en vez de intentar bloquear el proyecto, el otro partido dijo que necesitaba un poco más de tiempo. ¿Qué habría pasado si hubieran esperado seis meses? En 1991 presenciamos la caída de la Unión Soviética , y el 10% de la economía europea se detuvo de repente. Creció el desempleo, fue también el año de la primera invasión de Irak, la gente tenía miedo a viajar, la economía no estaba en una posición fuerte, así que hubiera resultado más lógico seguir esperando.

-En EEUU los museos se financian con capital privado, mientras que en España prevalece la financiación pública. ¿Qué modelo cree que sirve mejor al arte?
-La colección mayor del mundo es la del Vaticano. ¿Es privada o pública? Si quieren hacer un gesto contra la pobreza mundial a lo mejor deberían empezar a vender algunos cuadros. No estoy sugiriendo que lo hagan. Lo que quiero demostrar es que todo esto son estructuras complicadas, la cultura no son sólo modelos, sino que es usada por varios grupos de intereses. Refleja la historia, refleja el futuro. Las colecciones culturales de las instituciones a menudo son percibidas como ventanas para una identidad nacional.

-Su papel como alguien privado que dicta o aconseja a las instituciones lo que tienen que comprar con dinero público es un poco polémico. ¿Le hace sentirse incómodo?
-Hay cierto grado de discreción y cierto grado de transparecia final. Cuando introducimos una propuesta de adquisición nuestros curadores escriben un argumento para documentar por qué es importante. Entonces obtenemos tres estimaciones por escrito de reconocidos expertos como Sotheby"s, Christie"s y alguien más independiente que testifican su valor. Con la tasación del mercado en la mano hago una presentación al comité que tiene que aprobar la adquisición. No aprueban todo lo que proponemos, aunque sí la mayoría de las cosas, porque están muy documentadas y hechas muy profesionalmente, y finalmente se convierten en parte de los documentos públicos, pero no llevamos a cabo este proceso en la prensa nacional.

-¿Le preocupa que el fin de la tregua de ETA pueda afectar de alguna manera al museo en cuestión de visitantes?
-Es preocupante, vivimos en un mundo complicado. La comunicación cultural es uno de los puentes. Lo que el Guggenheim ha hecho es demostrar su voluntad para explorar tradiciones culturales locales.

-¿Qué le gustaría poder decir del Guggenheim Bilbao en otros diez años, cuando toque renovar el contrato?
-Me gustaría poder decir que la experiencia fue buena para Bilbao y para el Guggenheim, para los artistas y para la cultura en general, que impulsó la comunicación e hizo del mundo un lugar mejor. Para eso hacemos este tipo de actividades.