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Miguel Ángel y su tiempo
La muestra reúne los dibujos italianos más
bellos e importantes que se conservan en la Albertina realizados durante
la larga vida del gran artista florentino
Miguel Ángel intervino decisivamente
en la evolución del Renacimiento clásico y fue una fuente
de inspiración crucial para el arte del Manierismo, de la Contrarreforma
y del Barroco. Desarrolló un nuevo lenguaje corporal monumental,
que para la mayoría de los artistas de su tiempo, al menos durante
determinados períodos, fue un importante modelo. Esta nueva figura
ideal, heroica y llena de fuerza, alcanzó su primer punto culminante
en el gran fresco de la Batalla de Cascina, algunos de cuyos bocetos
conservados en la Albertina se presentan en esta exposición.
En el origen de esta obra está la rivalidad con la Batalla de
Anghiari, de Leonardo, el otro fresco que debía decorar la sala
del Gran Consejo del Palacio de la Señoría de Florencia.
Si bien no se conserva ninguno de ellos, son las dos representaciones
de batallas más famosas de la Historia del Arte. El estudio anatómico
de Miguel Ángel, que mediante la musculatura da al cuerpo un
aspecto imponente al tiempo que expresa la agitada vida interior, la
energía, la pasión y la fuerza de voluntad de sus criaturas,
incluso influyó en Leonardo, del que se expone el célebre
estudio para San Pedro en La Última Cena de Santa Maria delle
Grazie, Milán. 
El amplio espectro de los dibujos escogidos muestra qué diferentes
fueron las reacciones a Miguel Ángel y las influencias que ejerció.
Por otra parte, algunos artistas siguieron más bien los ideales
de Rafael y Leonardo, que, a su vez, impresionaron profundamente a Miguel
Ángel. Los dibujos expuestos de Leonardo, Fra Bartolomeo y Rafael
documentan su rápida asimilación del nuevo lenguaje corporal.
Con casi veinte hojas está representada toda la evolución
de Rafael, desde su temprano período de Umbría, pasando
por la marcada influencia de Miguel Ángel durante su época
florentina, hasta las grandes obras romanas, como los frescos de las
Estancias y las Logias del Vaticano, la Capilla Chigi en Santa Maria
della Pace o la Transfiguración.
En cuanto al propio Miguel Ángel, de su célebre fresco
del techo de la Capilla Sixtina la exposición muestra un boceto
para uno de los Ignudi (desnudos masculinos). Al contrario que las figuras
del gran florentino, las de Rafael no son héroes poderosos y
solitarios. Más bien se comunican entre ellas, sus movimientos
son más flexibles y fluidos, y sus acciones se relacionan entre
sí armónicamente y siempre se perciben en un contexto
espacial. Cuando Rafael empezaba a dominar el mundo artístico
de Roma, Miguel Ángel abandonó la ciudad, pero sus intereses
siguieron representados allí por artistas como Baccio Bandinelli,
Rosso Fiorentino o Perino del Vaga. Tras la temprana muerte de Rafael
en 1520, los discípulos y colaboradores de su taller representan
su herencia. El más aventajado de ellos, Giulio Romano, que había
sido admitido por Rafael en su taller cuando era un muchacho, concluyó
los proyectos inacabados y continuó desarrollando el estilo romano
allantica. Invitado por el duque Federico II Gonzaga se trasladó
a Mantua donde llegó a ser un admirado pintor de la corte y el
principal arquitecto de la casa ducal.
Como antes Rafael, Giulio contó con gran número de colaboradores,
si bien él mismo realizaba los bocetos para cada detalle, como
muestra el grupo de bocetos para la decoración del Palacio Té.
Artistas como Perino del Vaga, que en su juventud aprendieron de la
Batalla de Cascina, pero que también trabajaron en el taller
de Rafael, fundieron elementos estilísticos de ambos maestros
en la década de 1520. Lo mismo es cierto de Correggio o de Parmigianino,
del norte de Italia, que absorbieron la monumentalidad de Miguel Ángel
y la gracia de Rafael, pero combinaron ambos elementos con un fuerte
componente emocional que es característico de su arte. Parmigianino
se concentró tanto en el estudio de Rafael en Roma que sus contemporáneos
vieron en él una reencarnación del gran maestro de Urbino.
Dibujos relacionados con la muerte de Cristo
El estilo de Miguel Ángel en la década de 1530 se aprecia,
entre otros, en los dibujos relacionados con la muerte de Cristo, un
tema al que, desde La Pietà de San Pedro, Miguel Ángel
volvió toda su vida. Lamentación ante Cristo muerto está
concebida con muchas figuras y en él se expresa el descenso del
cuerpo de Cristo de la cruz mediante figuras de apoyo de pie y arrodilladas,
y mediante la curvatura del cadáver. En el otro dibujo realizado
con sanguina surge un maravilloso contraste entre las formas macizas
y de líneas toscas de las figuras en segundo plano y el cuerpo
del Salvador, que no está deformado por herida alguna y que en
una postura en la que parece dormir cobra una belleza casi sobrenatural.
Sólo la muerte de Cristo proporcionó al artista la posibilidad
de representar a los hombres libres de tensiones internas, desesperación
y dolor.
Todos los esfuerzos para que Miguel Ángel fuera a Francia como
otros artistas de su tiempo resultaron vanos. Su fama como escultor
se extendió en aquel país, gracias al colosal Hércules
de mármol, no conservado en la actualidad, que había recibido
el rey Francisco I, y a los dos esclavos de la tumba de Julio II que
Roberto Strozzi hizo llevar a Francia. Por lo demás, allí
viajó en 1531 Antonio Mini con dos arcas llenas de dibujos de
Miguel Ángel, que le había regalado su maestro. Ofrecieron
un valioso material de estudio a artistas como Francesco Primaticcio.
Posiblemente por mediación de su amigo Miguel Ángel, Rosso
Fiorentino fue a Francia en 1530. Trabajó como pintor real de
la corte principalmente en París y en Fontainebleau, donde intervino
en la decoración del palacio con un nutrido grupo de artistas
a su cargo. Junto a Primaticcio, que posteriomente contó con
la ayuda de Niccolò dellAbate, se le considera el fundador
de la escuela de Fontainebleau. Precisamente, estos artistas fueron
los que difundieron en Francia los elementos estilísticos de
Miguel Ángel.
Al finalizar los frescos de la Capilla Paolina (1550), Miguel Ángel
dejó de pintar y dedicó todas sus energías a la
arquitectura y la escultura. No obstante, realizó bocetos para
sus amigos Daniele da Volterra, Ascanio Condivi y Marcello Venusti,
que de esta forma perpetuaron las ideas de Miguel Ángel en sus
pinturas. El dibujo de Daniele Eneas con un muchacho para un óleo,
hoy perdido, desarrolla un esbozo que Miguel Ángel realizó
a mediados de la década de 1550. Documenta admirablemente el
estilo tardío del gran florentino, en el que las figuras se desarrollan
a partir de formas compactas y masivas y sus movimientos aparecen bruscos
y simplificados.
Con esta selección de obras maestras de la Albertina, la exposición
muestra las distintas técnicas y funciones del dibujo y documenta
la riqueza de materiales cuya utilización en esta época
alcanza una cima en precisión y variedad. En cuanto al grabado,
también se amplían las posibilidades, sobre todo gracias
a las técnicas recién introducidas en Italia del aguafuerte
y la xilografía del claroscuro, como atestiguan famosas estampas
de Marcantonio Raimondi, Parmigianino y Ugo da Carpi.
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