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ENRIQUE
PORTOCARRERO
Siempre es difícil explicar la obra de Beckmann, un pintor-pintor
que escapa la clasificación categórica, la definición
concreta y la asimilación estilística. De hecho, Beckmann
es expresionista en la exageración y en la distorsión,
pero también comedido y muy racional con su dominio absoluto
del trazo, con su desestructuración del espacio muy próxima
al cubismo y hasta con un estudiado equilibrio entre la inspiración
del arte clásico y la moderna crítica artística
de la teatral existencia moderna.
Algo oblicuo y singular en ese mundo plástico entre dos guerras,
entre lo moderno y lo contemporáneo, entre lo ingenuo y lo sinuoso
o entre su figuración y su ajena abstracción. Una singularidad
artística manifiesta, por lo tanto, que obliga al espectador
en esta pequeña pero intensa muestra del Museo Guggenheim a olvidar
la razón académica para abrazar la realidad emocional.
En ello, en la experiencia emocional entre un arte lleno de fuerza pero
también un arte a veces espontáneo y a veces rebuscado,
es donde se encuentra al gran pintor que es Beckmann.
Un pintor que domina esas grandes tradiciones del arte que son los bodegones,
los autorretratos, las metáforas y las alegorías, pero
también un pintor que unas veces esconde la tragedia humana en
lo burlesco, otras refleja una crítica social con un expresionismo
gótico y unas más explota con su fuerza el color de los
fauvistas o el tenebrismo del mejor expresionismo alemán. Emoción
e intensidad, sin duda, en la muestra pasional de un artista inusual.
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