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| Una de las obras expuestas en la muestra. MAITE BARTOLOME |
Todas las obras presentadas han sido concebidas expresamente para los espacios en los que se exhiben y, con más o menos apego al suelo, abordan la idea de intentar lo imposible, «una de las constantes del comportamiento humano a lo largo del tiempo», en palabras del comisario de la exposición, Javier González de Durana, quien ayer, en la presentación de la muestra, recordó cómo éste, a su vez, ha sido un tema recurrente en la historia del arte, desde las representaciones de la torre de Babel de Gozzoli y Brueghel el Viejo. «Este momento de la historia, en que se han agotado las grandes utopías humanistas y el arte está dominado por meros formalismos, parece muy oportuno para reflexionar sobre todo esto», añadió.
Juan Ignacio Vidarte, director general del Guggenheim Bilbao, consideró a su vez que la muestra en cuestión, para la que se está buscando una itinerancia al menos por Europa, «abre un camino nuevo que nos ilusiona especialmente», manifestó antes de confirmar el compromiso del museo de realizar una muestra de esta naturaleza cada dos años.
Tanto la primera, dedicada a Cristina Iglesias, como ésta colectiva han sido patrocinadas por El Diario Vasco de San Sebastián y EL CORREO, y ayer, el director general de este diario, Iñaki Arechavaleta, reiteró cómo «nuestra misión de servicio a la comunidad que nos dirigimos va más allá de la labor de informar y opinar: tenemos que impulsar actividades de todo tipo y especialmente en la cultura, que es lo que engrandece a la sociedad».
Maná del cielo
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| Obra que se puede contemplar en la exposición. MAITE BARTOLOME |
En este contexto, el tándem formado por Leopoldo Ferrán (Irún 1963) y Agustina Otero (León, 1960) ofrece tres piezas muy diferentes: una ingeniosa rampa en espiral, la evocación del momento en que una serpienteen hierro fundido se dispone a asaltar un huevo de avestruz y una videoinstalación consistente en una especie de cámara de tiro al plato, en la que los discos se estrellan contra una pared en la que se proyecta un paisaje.
Javier Pérez, a su vez, ha dispuesto una serie de escalas de vidrio soplado que ascienden en espiral y una videoproyección en la que él mismo desnudo trepa como puede por 60 escalones enormes. En la pieza La torre de sonido, Pérez, que está representado con dos obras en la colección permanente del museo, insiste en el uso del vidrio para conseguir el continuo e inquietante tintineo de multiples recipientes colocados en estanterías.
«Para mí, y desde luego para mi obra, no es irrelevante que sea de aquí», dijo Francisco Ruiz de Infante (Vitoria, 1966), en alusión a unas palabras de González de Durana sobre la irrelevancia de la procedencia de los artistas seleccionados para esta muestra.
Un 'puzzle' agobiante
El artista alavés, que vive y trabaja entre París
y Alsacia, es el menos abstracto de todos, con un conjunto de
tres agobiantes videoinstalaciones titulado La construcción
del puzzle, en las que el devenir del espectador es fundamental,
y con la que pretende mostrar «la irremediable necesidad
de construir y destruir como instinto de superivencia, la fascinación
por el control como peligroso instinto de existencia y la necesidad
de un sabotaje».
Muy alejada de los materiales y medios utilizados por sus compañeros de exposición, Mabi Revuelta (Bilbao, 1967) emplea lanas de mohair y plumas de avestruz, como en la obra Rizos de medusa, en la que un manto negro de varios metros, «tan protector como amenazador», surge del desagüe de una bañera.
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