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El imperio azteca, en el Guggenheim
Seiscientas obras descubren la vida y el arte del
pueblo precolombino
El Mictlantecuhtli era el dios de la muerte para los aztecas
o mexicas, una figura que lo explicaba todo acerca de la vida y de la
constante posibilidad de perderla en un mundo regido por el instinto
de supervivencia. Aquel pueblo llegó a dominar lo que consideró
el centro del universo, el México actual, gracias al arte de
la guerra y al arte de la plástica, en el siglo XIV de nuestra
era. La figura de Mictlantecuhtli, en barro cocido y de tamaño
natural, es de una siniestra fisonomía, con su vientre desollado
y al aire, temibles garras y la cabeza llena de agujeros para decorarla
con mechones de cabello humano, que ya no luce.
Se diría que hubiese sido ideada para amedrentar a los niños
en su proceso de aprendizaje y servir de recordatorio a los adultos
de las reglas sobre la vida y la muerte que debían primar en
los individuos para que el grupo saliera adelante.
Es una de las principales piezas de la macroexposición que mañana
se inaugura en el Guggenheim Bilbao dedicada al imperio azteca, una
civilización que floreció durante dos siglos, hasta que
fue doblegada y asimilada por el imperio en el que nunca habría
de ponerse el sol.
El «patrono de los muertos», como lo llama Felipe Solís,
comisario de la exposición, se presenta encajonado en una pequeña
galería-rincón, junto con una escultura de un 'guerrero-águila',
otra figura esencial que «más bien representaba la vida»
en aquella cultura de culturas que llegó a imponer «un
lenguaje plástico internacional» en esa parte del mundo.
Abundan los ajuares con todo tipo de recipientes y pipas de fumar,
instrumentos musicales, joyas de oro, turquesa y jade, y sobre todo
las esculturas de animales -serpientes, conejos, monos perros y chacales-
y de humanos en las más variadas actitudes, aunque nunca de los
gobernantes, cuyas imágenes, de haber existido, desaparecieron
con la colonización.
LOS MUSLOS DE VENUS
Entre ellas sobresale una de las famosas 'Venus de Texcoco'. «Quien
la hizo sabía muy bien de la sensualidad de caderas y muslos
en la mujer», refiere Solís, que se conoce cada pieza de
memoria.
Una figura mucho menor, pero de una calidad poco común, representa
a un hom bre sosteniendo una semilla de cacao casi tan grande como él.
Como algunas otras, no está permitido fotografiarla en la enorme
vitrina sinfín en que se presentan la mayoría de los objetos,
ideada por el arquitecto Enrique Norten.
La muestra, que ha costado más de 1,2 millones de euros y está
patrocinada al unísono por el BBVA e Iberdrola, reúne
cerca de 600 piezas de los principales museos de México y de
EE UU, pero también de España: cálices preciosos,
libros y mapas antiguos de la Biblioteca Nacional, el Prado, la catedral
de Santander, la colegiata de Santillana, la iglesia de la Asunción
de Axpe (Busturia), y el Museo Sacro de Bilbao, entre otras entidades.
De esta manera, no sólo se reconstruye el complejo puzzle de
la civilización que Hernán Cortés dominó
en 1520, después de derrotar a Moctezuma, el último gran
emperador azteca, sino que se presenta un inusitado repertorio de imágenes
y símbolos de la civilización azteca y de los numerosos
pueblos que tuvo bajo su égira: toltecas, mixtecas, zapotecas...
Un lingote de oro de dos kilos de peso encontrado en la laguna de lo
fue Tenochtitlan, capital de aquel imperio y origen de Ciudad de México,
da cuenta del expolio de los conquistadores, que fundieron joyas y objetos
de oro para transportalos mejor, y evoca lo que se conoce como la 'noche
triste'. Triste como el 'Indio triste', una figura sedente en piedra
volcánica -la preferida de los aztecas para esculpir- que preludia
las salas dedicadas al arte ecléctico auspiciado por los colonizadores.
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