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El arte o el vestido del arte

 

Enrique Portocarrero

Armani, ojos azules muy azules, estaba con energía andrógina de viento sur. La moda era así, caliginosa y voluptuosa como el bigote de Francis Montesinos o la patilla larga de Joaquín Cortés, claro, el bailarín de Lavapiés. Pero el que esto escribe estaba en el lunar de Veronica Blume, no se sabe dónde, justo frentecito, en la misma mesa donde venían langostinos y rape asado. Pasaba Givenchy, harto de Alexander Mc Queen, y también Sonsoles Díez de Rivera, eso sí, con 'tailleur' de Balenciaga y moreno de Cancún.

La Preysler, como siempre, de muñeca de porcelana en semipedrería hierática. Por contra, Antonia dell'Ate era todo sonrisa, amabilidad y sensualidad, porque para eso es el estilo Armani andante, con pantalón, blusa transparente de pedrería y piernas largas, largas y largas.

Bilbao no es Nueva York y por eso no había alfombra roja, sino una moqueta gris por la que se bajaba al paraíso de Armani, a la androginia y a un bizcocho de almendras que desentonaba con el esmoquin de Pedro Almodóvar.

Gracia tenían los políticos, sí, porque aquello no era lo suyo, como tampoco la 'soirée' de Armani era el césped de Julen Guerrero, con un esmoquin raro, raro, raro. Una pena, por supuesto, que los invitados no subieran para ver el discurso artístico de Armani, aunque ya se sabe que en estos casos importa más la copa y la foto que el arte o el vestido del arte.
Curioso era, también, que el comisario de la exposición estuviera solo, si bien a Harold Koda poco le importaba el 'show', la movida almodovariana o el paso versallesco con el que los Martínez-Bordiú iban y venían.

Una noche para la eternidad, con Armani ojos azules, muy azules, y con sus sobrinas oficiando de intérpretes, herederas y bellezas de pelo largo y multinacional italiana. Bueno el cava, el tinto Campillo y el lunar de Verónica Blume, frentecito y muy frentecito, y capaz de trastornar al mismísimo Gran Rá, que por cierto no vino porque estaba de campaña y cabreado.




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