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Discurso artístico
Enrique Portocarrero
Tal vez Armani no encaje en aquel clásico
concepto del 'couturier' de la Alta Costura, que aludía
a un artista de patrones, de estructuras con organicidad interna,
de volúmenes y formas casi escultóricas o de siluetas
más o menos surgidas de una visión global del conjunto
del oficio. Pero no importa lo anterior, porque en los diseños
y en el estilismo de Armani hay también un indudable discurso
artístico y una estrecha relación con las grandes
corrientes culturales del final de siglo. Véase, por ejemplo,
que la supresión de elementos en sus diseños tiene
un sólido paralelismo con el minimalismo, o que su predileción
por los colores neutros de geología mutable se asemeja
a muchas corrientes del arte matérico. Y no sólo
eso, ya que si por un lado su inspiración étnica
enlaza con el mestizaje cultural de su época, por otro
sus creaciones y su visión de los cuerpos se hace voluntariamente
compatible con la vigente cultura audiovisual y con las demandas
de la moderna vida urbana.
Hay en la obra de Armani, pues, consistencia suficiente como
para legitimar una retrospectiva en cualquier museo que, eso
sí, esté a la altura de unos tiempos que ven en
la moda el reflejo de los cambios sociales, culturales y artísticos.
Por ello, es una pena el ensombrecimiento del discurso artístico
de su muestra, ante la excesiva luz que proyecta la estrategia
de márketing de Armani.
Y es que, lo más racional hubiera sido no interferir en
la pura visión del arte de Armani, con el mismo aparato
publicitario empleado en una noche de los Oscars, en la apertura
de su tienda en Rodeo Drive o en cualquier show organizado por
Gabriella Forte. Porque para saber de esto último, es
decir, de su formidable talento de marca independiente en un
mundo dominado por los poderosos LVMH o Pinault, no es necesario
ni un museo ni una exposición.
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