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Un flujo cegador de imágenes

André Breton, ideólogo del grupo surrealista, fracasó en su intento de evitar que los artistas se comercializaran

J.A.G.C. Cosas del Surrealismo
Los surrealistas «soñaron la televisión», sostiene Ángel González García, profesor de historia del arte en la Universidad Complutense y Premio Nacional de Ensayo 2001 por sus agudos y certeros juicios de valor sobre el arte del siglo XX; Breton y los suyos, según él, contribuyeron a construir «uno de los dispositivos más devastadores de toda la historia del arte, que es esa máquina de producción de imágenes en cadena que encima no ha quedado bajo el control de los artistas, sino de los productores de Hollywood o de la industria publicitaria».

«Su famosa fábrica de sueños ha resultado ser un narcótico», sentenciaba en una entrevista en EL CORREO al publicarse su libro compilatorio 'El resto. Una historia invisible del arte contemporáneo', coeditado por los museos Reina Sofía y Bellas Artes de Bilbao.

El término de surrealismo fue ideado en 1917 por el poeta Guillaume Apollinaire al estrenar en París la obra de teatro 'Las tetas de Tiresias' y calificarla como 'drama surrealista'; con ello quería enfatizar una forma de ver la realidad de una sensibilidad superior a lo conocido. El concepto se quedaría al año siguiente huérfano al morir su creador, amigo del 'fauve' Matisse, y de Picasso y de Braque, maestros del arte nuevo del cubismo. París era entonces un hervidero en el que había que estar a la última para ser alguien entre tantos.

André Breton, un poeta llegado de Nantes y con un afán evidente de liderazgo, adoptaría la palabra en 1924, a la cabeza de un grupo de escritores como Philippe Soupault, Louis Aragon, Paul Éluard y Robert Desnos, más o menos familiarizados ya con el dadaísmo. Ese año promulga el primer manifiesto del surrealismo; un texto que se antoja demasiado extenso y pretencioso para promover la espontaneidad expresiva.

Ruptura y liberación

El manifiesto proclamaba la ruptura de la secular sumisión de artistas y escritores al poder político y religioso, y la larga marcha hacia una existencia nueva; Breton reivindica la supremacía de las enseñanzas de Sigmund Freud sobre el inconsciente y la interpretación de los sueños -así como el uso de la escritura automática para expresarlos-, lo mismo que las teorías de Marx acerca del modo de producción imperante y la consiguiente liberación de los trabajadores del yugo del capitalismo.

En 1930, en un segundo manifiesto, reitera la vigencia de la causa del surrealismo asociada a la revolución socialista, pero lamenta la incomprensión de que es objeto por parte de los jerifaltes y funcionarios del Partido Comunista francés; con ello, insistía en oponerse a la mercantilización del surrealismo.

La colaboración en 1926 de Joan Miró y Max Ernst para los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev en 'Romeo y Julieta' produjo un primer debate en el grupo acerca de la moralidad de sus relaciones comerciales; Breton y los suyos organizaron incluso una acción de protesta en el estreno en París. Su ruptura con Dalí y la disgregación del clan eran inevitables.

Entre los movimientos de vanguardia, el surrealismo es quizá el más influyente de todos; su influencia es capital en el expresionismo abstracto, corriente de lo más subjetiva que tras la Segunda Guerra Mundial explota el automatismo pictórico por el método que sea y sigue siendo una influencia recurrente, inclusdo en mlos dominios del arte conceptual.

Ángel González García cree que el arte «debe ocuparse siempre de sentir el mundo real, no otros mundos». Por eso, es muy prodente en cuanto al surrealismo y su práctica sinfín: «Quienquiera que no se haya sentido surrealista al menos durante cinco minutos o un mes es un miserable. Pero cuando se pretende que eso dure años o toda la vida, entonces resulta deprimente».


g.carrera@diario-elcorreo.com