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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Seducción

 

ENRIQUE PORTOCARRERO
A buen seguro que la retrospectiva consagrada a Takashi Murakami obtendrá un indudable éxito popular, ya sea por su imaginería bien próxima a la cultura audiovisual de la contemporaneidad o también por un efectismo grandilocuente, lleno de contrastes identitarios, con un indudable atractivo en los juegos cromáticos y las composiciones figurativas, con unas formas gráficas que sintonizan con los códigos visuales más modernos o, incluso, con un desbordante derroche de simpleza plástica, fácilmente digerible y asimilable por espectadores de cualquier edad y condición.

Todo un gran show perfectamente ideado por ese ilustrador y seductor del arte actual, Takashi Murakami, cuya obra contiene alguna que otra explicación vinculada a una lectura actualizada del pop, o a una fusión de culturas y civilizaciones pasada por el túrmix del mercado y el negocio. Otra cosa es, claro, que el fundamento creativo e intelectual de la obra de Murakami valga por igual para sus muñequitos Kakai Kiki, que para los Click de Famobil. Y es que, por mucho que el hábil comisario Schimmel quiera ver en el fondo de Murakami una reinterpretación dadá de Picabia o una reencarnación surrealista del Bosco, la verdad es que uno no ve más que la lectura festiva de una iconografía vinculada a la cultura más popular, lo cual no sería ningún desdoro, si no fuera por la pretensión de colarnos de matute una trascendencia plástica que no existe.

Eso sí, la obra de Murakami tiene al menos la virtud artesanal de un producto perfectamente realizado, milimétrica en su superficie plana, industrialmente concebida para el consumo de masas y hasta expuesta y vendida con ese atractivo de lo múltiple y lo comercial que ya planteó el movimiento pop. Será un éxito la exposición de Murakami, insisto, pero mucho más por la seducción de una cercanía plástica bien sencilla, que por una profundidad creativa más bien inexistente.