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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Jean Dubuffet
Huella de una aventura

El Guggenheim inaugura un muestra que pone de manifiesto la incesante búsqueda en el arte de este artista, que llega más allá de los mecanismos culturales establecidos


Iñaki Esteban

Obra de Dubuffet a base de mariposas reales
En 1947, Jean Dubuffet decidió comprar su libertad. Hijo de un comerciante de vinos, vendió los negocios que tanto tiempo le habían robado e invirtió las ganancias en su auténtica vocación, el arte. Había cumplido ya 46 años, una edad muy avanzada para comenzar una carrera artística. Aun así, le dio tiempo para fomentar el 'arte bruto', para influir en los informalistas y en el pop, para realizar una obra muy suya, sin etiquetas.

El Museo Guggenheim de Bilbao expone desde ayer una gran muestra de 160 piezas de Dubuffet (Le Havre 1901- París, 1985), compuesta de obras sobre papel, pinturas, esculturas y litografías. Según el presidente de la fundación que lleva su nombre, François Gibault, «las dos palabras que mejor le definen son la soledad y la libertad. Ni creó ni perteneció a escuelas, capillas o grupos. Siempre fue Jean Dubuffet».

El artista francés se sintió siempre libre para contradecirse, para confundir lo real y lo irreal, para plasmar «las invenciones más descabelladas», según escribió. Su meticuloso orden en la vida privada, su pasión por distribuir bien el tiempo, herencia de su pasado como empresario, se puso al servicio de una imaginación que lo mismo usaba mariposas, ramas de viñedos, lava volcánica o rotuladores de punta gruesa.

La exposición, comisariada por Agnes Husslein-Arco y Caroline Messensse, propone un paseo cronológico por la trayectoria de Dubuffet, que se acompaña con textos del artista en cada sala. La proximidad al dadaísmo en su juventud le llevó a interesarse por lo que él llamaba el «arte de los enfermos mentales». En él y en los trazos de los niños vio más tarde, a mediados de los cuarenta, unas formas «ejecutadas sin esfuerzo», libres de «artificio».

Carnosas
Su continua pelea contra la tradición se encarnó en figuras de mujeres que nada tuvieran que ver con los modelos de belleza habituales. Deformes, carnosas, como si fueran muñecas de ritos tribales, Dubuffet quiso con ellas derribar toda idea de proporción clásica.

Sus «posturas anticulturales», para decirlo con sus palabras, guardaban una evidente relación con su amor por la naturaleza. Los cuadros de Dubuffet, sobre todo los fechados en los años cincuenta, absorbieron hojas y hierbas secas, mariposas, materias del paisaje de la localidad de Vance, en los Alpes marítimos, donde mandó construir una casa con varios estudios.

Sin embargo, aún estaba por llegar el estallido de color por el que Dubuffet se hizo más reconocible. La vida rural le amenazaba con la monotonía. Cogió un autobús y se plantó en París. Descubrió en las calles de la ciudad la vibración del rojo, del azul, del amarillo, de los colores primarios, que se extendían por los coches, por las ropas, por el 'Circo de París', como empezó a titular su serie a principios de los sesenta.

Sus cuadros posteriores, llamados genéricamente 'L'Hourloupe', se llenaron de alegría. Celebraban el desorden de la gran urbe. Y así continuaron, plasmando el ir y venir de la gente y el humo de las cafeteras.

Para entonces Dubuffet ya se había atrevido con la escultura, un esfuerzo que desembocó en la obra reina de la exposición del Guggenheim, 'Coucou Bazar', una serie de figuras móviles dispuestas en un escenario. Dubuffet no quería que lo llamaran teatro. Era pintura, sacada de la prisión del cuadro.
Llegado a ese punto, culminación de su trabajo de más diez años, volvió a las figuras pintadas a través delo ojo infantil. El color vivo se mantuvo hasta que vio de cerca la muerte. Según Gibault, presidente de la Fundación Dubuffet, «el fondo negro de sus últimos cuadros es la prueba de que él era consciente de que iba a morirse. Por eso su obra tiene un sentido de finalización, de estar completa, que no la tienen la de otros artistas».

La influencia sobre Antonio Saura
Antonio Saura, uno de los más característicos representantes del informalismo en España, marchó a París en 1953. En sus manos cayó un libro de Michel Tapié titulado 'Un autre art', donde se habla del trabajo de Jackson Pollock, Wols, Jean Feutrier y Jean Dubuffet.

A pesar de que éste último rechazaba encuadrarse en grupos o tendencias, su influencia fue grande entre los informalistas, especialmente en Saura. Sus cabezas deformadas y los trazos negros recuerdan a los del artista francés, sobre todo por su trazo inmediato y antiacadémico.

Saura y Dubuffet son ahora huéspedes del Guggenheim de Bilbao. En la planta primera se exponen cuadros del creador español, mientras que la segunda está ocupada por el artista galo. Desde ayer, las afinidades entre uno y otro adquirirán un mayor relieve, como destacó el director del Guggenheim, Juan Ignacio Vidarte, en la presentación de la muestra.

La influencia de Dubuffet sobre Saura es muy clara en las series que ambos titularon del mismo modo, 'dames', o señoras. El pintor español comenzó con ella a finales de los cincuenta, unos años más tarde que el francés.

Por aquella época, toda una serie de pintores, como los dos citados, además de Francis Bacon, Willem de Kooning y Jean Fautrier, perseguían la plasmación del cuerpo como carne desmesurada.

 




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