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Y DESPUÉS, ¿QUÉ?



Temporalidad y trascendencia de Bill Viola

Magna creativo


Enrique Portocarrero
Arte de declaraciones verbales, conceptos que aluden al vacío, nuevas percepciones de la realidad y hasta expresiones de inspiración trascendente. Pero todo este complejísimo magma creativo, dispar y diferente, no forma parte de un todo expositivo, sino de un cúmulo presentado al alimón por el Museo Guggenheim Bilbao en dos secciones bien desiguales.
La primera, también de distintos y distantes creadores, se refiere a encargos concretos realizados a Richter, Weiner y Whiteread. Piezas, pues, unidas sólo para una ocasión, sin más hilo conductor. Y es que mientras Richter abandona la recuperación de la pintura-pintura para reflejar en los grises monocromo la incertidumbre y la carencia de ideas en la plástica contemporánea, Weiner nos abruma con su desmaterialización del arte y Whiteread nos derrumba con la densidad conceptual de su instalación.

Un sopor, sí, del que sólo despertamos en la otra muestra, la de Bill Viola, ya que la madurez y el perfecto empleo de la tecnología por parte de este legendario vídeocreador han logrado el milagro de unir tres cosas fundamentales: la sustancia expresiva del arte plástico, la tradición narrativa de la literatura y el sentido espectacular propio de la cinematografía.

Lo malo es, sin embargo, que con tanta pretenciosidad mística y tantos efectos sonoros que buscan impactar al espectador, se acaba convirtiendo el recorrido en un paseo por un cómic de ciencia-ficción demasiado ampuloso y dulzón. Una pena.