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Temporalidad y trascendencia de Bill
Viola
El Guggenheim dedica una muestra al trabajo del
videoartista sobre temas eternos como la trascendencia y la regeneración
J.A.González Carrera
U na figura humana se muestra palpitante en una pantalla activa
por ambas caras, suspendida del techo, en medio de una sala en penumbra.
El hombre parece de paseo. Sin embargo, está a punto de asistir
a su propia desaparición. Por un lado de la pantalla, arderá
sin remedio; por el otro, acabará anegado por una lluvia incontenible,
como un mártir moderno víctima de un diluvio individual.
Es una de las cuatro obras que el Guggenheim Bilbao muestra desde hoy
de Bill Viola (Nueva York, 1951), en su mayor exposición en España
desde la que le dedicó el Reina Sofía, de Madrid, hace
una década.
La exposición de este maestro del videoarte arranca con esta
obra que recuerda a un escapulario gigante, titulada El cruce,
y con El mensajero, que como aquélla es de 1996 y
muestra en un solo plano otra figura masculina que emerge del fondo
de una masa de agua. La sensación del vaivén del cuerpo
sumergido tiene como aliado al ritmo de la película, muy estudiado,
para que el espectador se recree en imágenes que hablan de su
propia existencia.
Ésta pieza fue creada por encargo para la catedral de Durham,
Inglaterra, y allí fue mostrada un tiempo, contó ayer
el experto en arte audiovisual John Hanhardt, al presentar esta muestra
temporal de fondos permanentes de las colecciones Guggenheim.

Salir al día
La recurrente y fructífera exploración que Viola hace
de los contenidos y modos de representación del arte religioso
antiguo es clara en una de las dos enormes videoinstalaciones de la
muestra, titulada Salir al día, en referencia al
libro egipcio de los muertos. Está compuesta por cinco pantallas
desiguales, con escenas localizadas en nuestros días, aunque
en ellas Viola habla de lo que apareja el tránsito entre la vida
y la muerte, con evocaciones incluso del juicio final, «a la manera
de los frescos renacentistas», explicó Hanhardt.
El propio Viola comentó en 2003, cuando la presentación
en Berlín y Nueva York de esta impresionante obra propiedad del
Deutsche Guggenheim, que su principal referencia habían sido
los frescos que el prerrenacentista Giotto hizo para la Capilla de la
Arena de Padua.
La última obra que se presenta de Viola pertenece a la Fundación
Aarhus de Dinamarca y es la más abstracta de todas, la más
sorprendente y compleja, porque en ella confluyen rasgos de la imaginería
religiosa como ascensiones, con momentos casi monocromáticos
que evocan misteriosos paisajes y aportan un contexto místico.
La austeridad de Richter
El Guggenheim muestra también una selección de los fondos
que el rico socio alemán posee de Gerhard Richter,
Lawrence Weiner y Rachel Whiteread, «tres artistas conceptuales
de generaciones distintas, a quienes es aplicable lo que Rothko dijo
acerca de que había creado un lugar sin pintura, sin color»,
comentó Petra Joos, director de actividades del Guggenheim Bilbao,
en relación al carácter de las piezas, entre pictóricas,
escultóòricas y arquitectónicas.
De Richter, del que el Guggenheim Bilbao guarda una impresionante marina,
adquirida hace un par de años, se muestra una instalación
de ocho paneles de vidrio de un gris opaco (el no-color), cuya capacidad
reflectante juega con el espectador en el marco de la arquitctura de
Gehry. En otra sala aparece un conjunto de evocadoras palabras y frases
rotuladas en los muros, la mayoría de las veces sin verbo que
denote una acción, obra de Weiner, «un escultor cuyo material
es el lenguaje».
De la más joven, la británica Whiteread, se ofrece un
árido conjunto de formas que son, ni más ni menos, que
algunos espacios de su casa enfatizados en un sorprendente estado sólido,
como un negativo de sí mismos.
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