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Antonio Saura
Saura y el dolor de vivir

El Museo Guggenheim presenta sus fondos del pintor español rodeado de abstractos afines. La selección de obras se ha reforzado con préstamos del IVAM y colecciones privadas.

J. A. González Carrera. Bilbao

Descarnado y apabullante, con su mirada desoladora sobre la soledad irremediable, así es el Antonio Saura que muestran los cuatro cuadros adquiridos el año pasado para la coleccion propia del Guggenheim Bilbao y que ayer fueron presentados al público, en la víspera del día en que se cumplen cinco años de la muerte del gran pintor español. Las piezas se presentan en el marco de una exposición mixta de fondos propios y ajenos, de coetáneos pioneros de la abstracción no geométrica de Europa y EE UU.

Destaca la obra mayor de las adquiridas, 'Karl Johann II', lienzo que Saura pintó el año anterior a su muerte, que mide 2 metros de alto por 4 de ancho. El cuadro pertenece a su famosa y admirada serie 'multitudes', que inició a finales de los 50 y a la que siempre volvió, como un testigo a cada paso renovado de la perturbadora y dolorosa paradoja de la existencia.

Miradas del más acá

Sobre los ocho metros cuadrados de lienzo aparecen decenas de caras desencajadas de miradas aviesas, tiernas y a un tiempo terribles, como los rostros cadavéricos que Edvard Munch plasma en 1892 en el cuadro 'Noche en la calle Karl Johann', una de las pinturas que le encumbran como uno de los grandes inspiradores del salvaje expresionismo que recorrerá Centroeuropa ya en el siglo XX.

La comisaria de la muestra, y responsable de actividades artísticas del museo bilbaíno, Petra Joos, confirma la inequívoca relación de la colosal pintura de Saura con aquella pesimista visión nocturna de un concurrido paseo de Oslo que antes Munch había pintado con una mirada más alegre y al gusto impresionista.

Al mismo tiempo, Joos recalca la singularidad de esta pintura en la que las 'multitudes' no llenan el lienzo completo, como suele ser normal, sino que están contorneadas por una masa pictórica monócroma, lo que al mismo tiempo la conecta con expresionistas abstractos norteamericanos como los también desaparecidos Mark Rothko y Robert Motherwell, en sus 'cultivos' de campos de color.
Las piezas de uno y otro están tomadas por el negro y tonos aledaños. En el caso de Motherwell se trata del negro que el artista, muerto en 1991, «dijo que había percibido siempre en la pintura española», refirió Petra Joos, y que trasladó al cuadro titulado 'Iberia', perteneciente también a la colección del Guggenheim Bilbao.

Una mujer de Nueva York

El Guggenheim de Nueva York aporta el referido cuadro del desaforado místico Rothko, un estremecedor 'Sin título (negro sobre gris)', y sendas pinturas de los únicos vivos de la muestra, Pierre Soulages y Antoni Tàpies, éste con 'Marrón sobre negro' (1959), en el que el catalán comenzó por crear la oscura materia; pero sobre todo uno de los dos cuadros del propio Saura que tiene en su colección: 'Adiós' (1959), que es un magnífico exponente de sus 'mujeres-sillón'.

Con esta pintura traída de Nueva York, el «representativo conjunto de obras» de Saura de la colección de Bilbao tiende a ser más completo, al incluir la esencial y expresiva visión con que el artista español se aplica en uno de sus temas favoritos: las mujeres.

Pintor, crítico de arte, escritor y poeta, Saura va más allá del debate abstracción-figuración. Su pintura a base de gestuales trazos tiene una espontaneidad contenida por una profunda reflexión personal sobre la naturaleza y la virtualidad de la pintura.

En ella, se retrotrae a las imágenes de la historia de la pintura grabadas en su retina desde que siendo niño acompañaba a su padre a ver arte: el 'Cristo' de Velázquez del Prado y 'El perro semihundido' del Goya de la Quinta del sordo, una desoladora imagen de un can que apenas asoma las orejas en un altozano y que Saura consideraba «el cuadro más bello del mundo», refiere Joos.

Préstamos

Entre las obras de Saura figura una 'Crucifixión' como una maraña de músculos y huesos que se vuelca sobre sí misma, y 'Retrato imaginario de Goya', en el que se asocia la cabeza del perro con el rostro del pintor; para Saura, los grandes observadores de lo que pasa.

Completan la muestra obras de Jean Fautrier y Jean Dubuffet, del que el Guggenheim presentará en otoño una selección de fondos propios. Las obras han sido prestadas por la Colección Welle y Lorenzelli Arte, mientras que del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) han llegado un cuadro de Asger Jorn y otro de Millares ­compañero de Saura en El Paso­, que parece la 'reencarnación' de otro Cristo en tela de saco.

 

El artista

Antonio Saura

Antonio Saura nace en Huesca en 1930 y muere en Cuenca el 22 de julio de 1998. Enfermo y autodidacta, comienza a pintar en 1947. En los años 50 contacta en París con los surrealistas, pero se aparta hacia la abastracción no geométrica. Su obra se desarrolla a través de contadas pero muy intensas series pictóricas. Caballero de las Artes y las Letras de Francia y Medalla de Oro de las Bellas Artes, es considerado uno de los principales artistas españoles de la segunda mitad del XX y acaso de los más comprometidos con la sociedad de su tiempo.




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