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![]() BERNARDO CORRAL |
| Juan Ignacio Vidarte, Jacinto Hombravella y Germano Celant, durante la presentación de la muestra. |
La muestra compendia esculturas y cuadros de artículos de supermercado, como las cajas de detergente Brillo, botellas de Coca-Cola o latas de sopas Campbell; autorretratos y retratos de todas las épocas, de Marilyn, de Elvis, de Liz Taylor, de su madre, de Mick Jagger, de Mao Tse-Tung uno de ellos enorme, de Aretha Franklin, de sus colegas Robert Rauschenberg o Joseph Beuys; imágenes de conflictos y accidentes callejeros, así como de la silla eléctrica, serializadas hasta la exasperación; portadas de la revista de glamour y cine Interview, que creó a finales de los 60; sus chocantes ensayos y novelas, y muchas fotografías del inmenso álbum del artista, sólo y con sus múltiples amigos del underground neoyorquino o las ilustres visitas que acabó recibiendo en la Factoría.
Capilla sonora
«El era la factoría. Un artista muy democrático que utilizó todos los lenguajes del arte rompiendo la jerarquía existente entre unos y otros; el artista-puente entre este siglo y el que viene », señaló ayer, en la presentación, Germano Celant, que ha dispuesto además la proyección de bastantes de las delirantes películas que Warhol rodó, como Tarzán y Jane vuelven... más o menos, Beso, Henry Geldzahler, Mario Banana, Ramera o Caballo, y una selección de pruebas cinematográficas y de los programas que tuvo en televisión, así como la audición de temas musicales de The Velvet Underground y Lou Reed.
Incluso, en una especie de capilla presidida por uno de sus autorretratos en camuflaje, se pueden escuchar de su propia voz, y también con traducción al euskera y al castellano, muchas de las ideas que grababa a cada paso para que no se le olvidaran.
«Warhol supo ver el poder de los medios de comunicación. Le interesaron tanto que los 'canibalizó, como 'canibalizó' también a muchas personalidades», sustuvo Celant, que dijo haberse guiado, para el montaje de la exposición, por «una idea muy sencilla». «Como el terreno era tan enorme, hemos querido que los espectadores se pierdan entre la obra de Warhol y que cada uno encuentre su camino», explicó el comisario, que ha contado para el diseño de la muestra con el arquiteto Gaetano Pesce.
ENRIQUE PORTOCARRERO
De sobra ha sido teorizada y expuesta en los últimos años la obra, la personalidad, el ascenso social y el contexto cultural que condicionaba a Andy Warhol. Ejemplo de ello son las muchas exposiciones antológicas y monográficas dedicadas a su persona, los sesudos ensayos, las profundas biografías y hasta las miles de críticas individuales o globales sobre el pop art.
Pero, siendo Warhol un fenómeno sociológico, artístico y, sobre todo, multidisciplinar, lo más extraño de su celebridad post-mortem es la ausencia de una muestra consagrada a ese melting pot de personalidades, artes, imposturas y vanidades que fue la Factory. Y máxime, cuando fue precisamente en ese espacio permisivo a medias entre la basura y el dandismo, donde se fraguó esa notable socialización cultural y aquella magna elevación de la cotidianeidad a la categoría del arte que catapultó a Warhol a la fama.
De ahí, pues, que esta exposición del Guggenheim Bilbao tenga el impagable mérito de profundizar no sólo en algo ya suficientemente estudiado como es la propia obra de Warhol, sino también por primera vez en el ambiente de la Factory, en su ruptura de la clásica estructura narrativa del cine y en la aportación de una Velvet Underground que completaba a través de la música un cículo creativo a caballo entre el arte y la industria. Dejémonos, entonces, de teorizaciones artísticas o de rigores de montaje expositivo, y entremos por las fotos, las películas, los personajes retratados, la música y los carteles en ese happening entre Harvard y San Remo, en ese fingido succés de scandale y en esa maravillosa impostura que tanto fue la Factory como, desde luego, esta magnífica exposición de imposturas warholianas.
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