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DOSSIER 1997

El Guggenheim celebra sus dos años con las 'factorías' de Warhol

El museo exhibe un compendio de la polifacética obra del astista pop

Andy Warhol desmitificó el Arte hasta extremos insospechados en su día, al convertir artículos e imágenes de consumo masivo en objetos artísticos y no tener el más mínimo rubor en mostrar sus ansias de fama y dinero. El Guggenheim Bilbao ha querido celebrar sus dos años de existencia con una retrospectiva excepcional que sigue el hilo conductor de sus tres estudios de Nueva York. 'Andy Warhol: A Factory' ocupa la segunda planta y estará abierta hasta el 16 de enero.

J. A. González Carrera. Bilbao

Escultura, pintura, dibujo, grabado, fotografía, cine, vídeo, moda, televisión y música. La muestra ha sido concebida por Germano Celant, conservador de arte contemporáneo del Guggenheim neoyorquino, con un afán globalizador, combinando arte y documentación sobre el incesante trajín creativo que Warhol imprimió a sus factorías. Hasta su presentación hace justo un año en el museo de la ciudad alemana de Wolfsburg, coorganizador de la muestra con la Fundación Guggenheim de Nueva York, y después en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, nunca antes una muestra de Andy Warhol (Pittsburgh, 1928-Nueva York, 1987) había abarcado de forma tan completa el polifacético trabajo del más popular de los padres del arte pop.


BERNARDO CORRAL
Juan Ignacio Vidarte, Jacinto Hombravella y Germano Celant, durante la presentación de la muestra.
La exposición, que está patrocinada por la compañía Philip Morris, uno de los principales mecenas del museo vasco, incluye desde los diseños de calzado que Warhol realizó a principios de los 50 para una firma neoyorquina, y sus primeros dibujos, a sus cuadros de la última época llamados Oxidaciones y conocidos como pinturas de meadas ­una exploración abstracta para la que pedía a los amigos y visitantes de la Factoría que orinaran sobre lienzos cubiertos de pigmento metálico de cobre­ y las pinturas que hizo en colaboración con Jean-Michel Basquiat y Francesco Clemente.

La muestra compendia esculturas y cuadros de artículos de supermercado, como las cajas de detergente Brillo, botellas de Coca-Cola o latas de sopas Campbell; autorretratos y retratos de todas las épocas, de Marilyn, de Elvis, de Liz Taylor, de su madre, de Mick Jagger, de Mao Tse-Tung ­uno de ellos enorme­, de Aretha Franklin, de sus colegas Robert Rauschenberg o Joseph Beuys; imágenes de conflictos y accidentes callejeros, así como de la silla eléctrica, serializadas hasta la exasperación; portadas de la revista de glamour y cine Interview, que creó a finales de los 60; sus chocantes ensayos y novelas, y muchas fotografías del inmenso álbum del artista, sólo y con sus múltiples amigos del underground neoyorquino o las ilustres visitas que acabó recibiendo en la Factoría.

Capilla sonora
«El era la factoría. Un artista muy democrático que utilizó todos los lenguajes del arte rompiendo la jerarquía existente entre unos y otros; el artista-puente entre este siglo y el que viene », señaló ayer, en la presentación, Germano Celant, que ha dispuesto además la proyección de bastantes de las delirantes películas que Warhol rodó, como Tarzán y Jane vuelven... más o menos, Beso, Henry Geldzahler, Mario Banana, Ramera o Caballo, y una selección de pruebas cinematográficas y de los programas que tuvo en televisión, así como la audición de temas musicales de The Velvet Underground y Lou Reed.

Incluso, en una especie de capilla presidida por uno de sus autorretratos en camuflaje, se pueden escuchar de su propia voz, y también con traducción al euskera y al castellano, muchas de las ideas que grababa a cada paso para que no se le olvidaran.

«Warhol supo ver el poder de los medios de comunicación. Le interesaron tanto que los 'canibalizó, como 'canibalizó' también a muchas personalidades», sustuvo Celant, que dijo haberse guiado, para el montaje de la exposición, por «una idea muy sencilla». «Como el terreno era tan enorme, hemos querido que los espectadores se pierdan entre la obra de Warhol y que cada uno encuentre su camino», explicó el comisario, que ha contado para el diseño de la muestra con el arquiteto Gaetano Pesce.

Imposturas

ENRIQUE PORTOCARRERO

De sobra ha sido teorizada y expuesta en los últimos años la obra, la personalidad, el ascenso social y el contexto cultural que condicionaba a Andy Warhol. Ejemplo de ello son las muchas exposiciones antológicas y monográficas dedicadas a su persona, los sesudos ensayos, las profundas biografías y hasta las miles de críticas individuales o globales sobre el pop art.
Pero, siendo Warhol un fenómeno sociológico, artístico y, sobre todo, multidisciplinar, lo más extraño de su celebridad post-mortem es la ausencia de una muestra consagrada a ese melting pot de personalidades, artes, imposturas y vanidades que fue la Factory. Y máxime, cuando fue precisamente en ese espacio permisivo a medias entre la basura y el dandismo, donde se fraguó esa notable socialización cultural y aquella magna elevación de la cotidianeidad a la categoría del arte que catapultó a Warhol a la fama.

De ahí, pues, que esta exposición del Guggenheim Bilbao tenga el impagable mérito de profundizar no sólo en algo ya suficientemente estudiado como es la propia obra de Warhol, sino también por primera vez en el ambiente de la Factory, en su ruptura de la clásica estructura narrativa del cine y en la aportación de una Velvet Underground que completaba a través de la música un cículo creativo a caballo entre el arte y la industria. Dejémonos, entonces, de teorizaciones artísticas o de rigores de montaje expositivo, y entremos ­por las fotos, las películas, los personajes retratados, la música y los carteles­ en ese happening entre Harvard y San Remo, en ese fingido succés de scandale y en esa maravillosa impostura que tanto fue la Factory como, desde luego, esta magnífica exposición de imposturas warholianas.

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