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Semana del 16 al 23 de junio de 2007
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Vino y quesos
Para seguir dando vivas a Pantagruel, nada como
meterse entre pecho y espalda la ventresca de
cerdo rebosante de complementos, entre los que
es inevitable citar unos antológicos espaguetis
a la carbonara, en los que la salsa sorprende
dentro de un rulo de pasta. Por lo demás,
postres gulescos entre los que nos permitimos
destacar el vacherin con ruibarbo y fresas del
bosque. Sublime surtido de quesos no dejar
de probar el Conte y mayestática
bodega. Un maître y un sommelier 10.
10, place de la Concorde. 75008, París.
Teléfono: 33 (0)1 44 71 16 16
ambassadeurs@crillon.com
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Placeres de París
Les ambassaderus, el restaurante
del hotel Crillon, es el prototipo de tres estrellas
por talento, imaginación y estilo
RAFAEL GARCÍA SANTOS
París bien merece una mesa: las
de Alain Pasard (Arpege), Pierre Gagnaire, Alain Ducasse...
o media docena de ostras y luego una chucrute en la
brasería Alsace, en los Campos Eliseos, brindando
con champán y mirando al Arco del Triunfo. París
es uno de esos lujos que cada junio hay que permitirse
con la excusa de Roland Garros. No diremos que no nos
gustan el Arpege o Pierre Gagnaire, claro que sí,
pero para que engañarnos: preferimos el París
de los jóvenes, el de las ilusiones ilusionantes.
El París de Pascal Barbot (Astrance), el París
de William Ledeuil (Ze Kitchen Galerie) y el París
de Jean-François Piège (Les Ambassadeurs).
Este último, el restaurante del Hotel Crillon,
es por antonomasia, un tres estrellas Michelín,
aunque la Michelín no se ha percatado. El más
claro prototipo del tres estrellas por marco,
palaciego, versallesco... por servicio, impecable, desapercibido...
y por cocina histórica, de una virtuosidad irritante,
de una clase excepcional. Estamos, probablemente, ente
la culinaria clásica mejor neoclásica
más importante del planeta, rivalizando con el
Louis XV por el primer puesto, igual que compite con
el fastuoso establecimiento monegasco por la supremacía
mundial de atenciones complementarias.
Independientemente de que se compartan o no los criterios
de Jean-François Piège, es obligado descubrirse.
En primer lugar, por los conocimientos que atesora,
la meticulosidad y los acabados. En segundo término,
por el esfuerzo que encierra cada fórmula, por
la complejidad de elementos y sapida que brinda. Y,
también, por la renovación que conlleva
cada propuesta, siendo ortodoxa, la reinterpreta; siendo
académica, sirve de inspiración... estamos
ante un estilo eminentemente burgués y gourmand.
Se sienten con este cocinero las grandes verdades tradicionales:
géneros excepcionales, hechuras impecables sustentadas
en técnicas conocidas, sabores suculentísimos,
refinados, y una imaginación respetuosa con la
memoria histórica. Y, sobre todo, fuerza, pasión,
inmediatez, calidez... la comida transmite frescor,
autenticidad y nobleza, y veneración y más
que veneración por las materias primas, tratadas
con profesionalidad, igual que los complementos, proporcionando
placer y más placer, placer puro y duro.
Siempre hemos puesto dos condiciones a Jean François
Piège para merecer el sobresaliente. Una, aligerar
los platos, incidir en la dietética, evitar la
copiosidad. En segundo lugar, esencializar las construcciones,
evitar los recargamientos, las fórmulas con dos
o más servicios. Tan erudito y perfeccionista
cocinero debe replantearse ambos aspectos y modernizar
su estilo, sin dejar de ser él. Pero con independencia
de esta matizaciones, se aprecia, se constata una evolución,
una progresión sustancial que repercute cualitativamente
en los resultados, incuestionables, que merecen el sobresaliente
por encima de conceptos personales. ¡Chapeau!
Caviar bien acompañado
Entrega y generosidad de principio a fin. Amplio
surtido de aperitivos: bombón de mantequilla
con trufa negra, limonada con tomate en sifón,
sopa de gambas a la hierba limón, croqueta líquida,
crocante de caracoles, pastel de foie gras... la intemerata.
Vamos con las celebridades. El caviar, de una calidad
única, se ofrece con la sólida compañía
de una cigala fría con nage y de otra frita en
una tempura crujiente. Centollo caliente y frío:
un sushi cocido con mostaza a las hierbas y un consomé
en el que nadan abundantes trozos del marisco.
Saciadora las versión de los guisantes a la francesa,
que se presenta en tres mayestáticos servicios:
desde la versión clásica a la líquida
(royal de cochino abajo, crema de guisantes encima,
tropiezos de panceta nadando en ella, espuma...), pasando
por la fría (un helado recubierto de infinidad
de incrustaciones bacon).
Siempre colosales la lubina y el rodaballo, tanto por
su valor intrínseco como por la jugosidad. El
rodaballo sale a escena en dos versiones: rectángulos
laminados casi crudos, tan solo hechos al calor de la
vajilla, y un lomo empanado a la manera grenoblesa con
presencia de una crema de espinacas, una
espuma de mantequilla avellana, alcaparras, perejil...
remembranzas de una meunière. Apoteósica
la pintada de Bresse, bella y exquisitamente adornada
la pechuga, inmaculada, tierna y jugosísima,
con un polvo de espárragos verdes, disponiendo
a su lado un sushi de estos y arroz y una colmenillas
a la crema en otra porcelana.
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