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Semana del 31 de marzo al 6 de abril
de 2007

Mesas pasmosas
Santi Santamaría imparte
clases de alta cocina catalana en Madrid mientras Manolo
de la Osa recibe peregrinos en un pueblo de Cuenca
RAFAEL GARCÍA SANTOS
Habrá gente a la que no le haga
mucho tilín, pero detrás de esa apreciación
seguro que se esconde el poder disuasorio de la factura,
el alto costo que conlleva el súper lujo. Nos
referimos al Santceloni (T 912108840), el restaurante
que dirige Santi Santamaría y en el que oficia
Óscar Velasco. Un cocinero que, fiel a la filosofía
del catalán, ha sabido establecer su impronta,
hasta tal punto que no solo nos encontramos ante el
mejor restaurante de Madrid, sino también ante
la primera mesa.
Vamos con algunos de los platos que marcan la diferencia.
Una composición que encierra audacia y contrastes
idílicamente resueltos: la sepieta salteada,
inmaculada y tersa, con aceite de butifarra negra desmigada,
manzana y espumoso de rucola. Portentoso el canelón,
traslúcido, relleno de trufa negra con cebolla
picada pochada y piñones; un conjunto perfecto
en el que se expresan nítida y exquisitamente
todos los elementos.
Manjarosidad pura y dura los pulpitos, del tamaño
de una uña del dedo meñique, precisamente
salteados y presentados en compañía de
unas diminutas habas peladas y una quenelle agridulce
de manzana; sublimes en su sencillez. Las mejores tripas
de bacalao que nunca comimos, por textura y sabor, servidas
en trozos grandes que potencian sus cualidades intrínsecas,
dispuestas con un jardín de verduras, con las
que se hicieron en cocotte.
Antológica la langosta con aceite de vainilla,
judías verdes, pera y avellana. Tres protagonistas
claramente definidos, que se pueden y hasta deben comer
por separado: medallón de rape sobre un guiso
de oreja de cochino y con láminas de tuétano;
impecable. Y pese a estar congelada, antológica
por calidad intrínseca, gorda, exuberante sabor
silvestre, también por hechura, jugosísima...
la becada, que se presenta con una opípara mousse
de sus entrañas y un pastel de patata y parmegiano-reggiano.
En fin, una establecimiento muy importante en las formas
y el fondo.
Como el Guadiana
Manolo de la Osa es el Guadiana de la culinaria en España.
Cuando está inspirado, es uno de los chefs con
mayor talento del planeta, como demostró hace
unos pocos días con un festín de época.
La única duda es si los platos estarán
en carta de Las Rejas o si fueron en honor de nuestro
cumpleaños. Vale la pena intentarlo. Aquí
están la dirección electrónicareslasrejas@terra.es
y un teléfono T 967161089 para que comprometa
a tan genial y vividor manchego; único e irrepetible
en su género. Si le asegura que es verdad lo
que aquí contamos emprenda veloz camino y no
pare hasta llegar a Las Pedroñeras, abra la puerta
de Las Rejas y de rienda suelta a la imaginación.
Los raviolis de nabo rellenos de trufa negra con infusión
de piña verde significa ponerle magia a la inmaculabilidad
y a la exquisitez desde la liviandad absoluta. El sabayon
de muesli con selección de cinco cereales, diferentes
clorofilas, avellanas y piñones representan convertir
el desayuno infantil en un plato mágico de postín.
El carabinero frío y crudo, tan solo marinado
en sal marina, nadando en agua de tomates raff, más
trocitos del mismo vegetal, espárragos silvestres,
huevas de trucha y hierbas fritas tiene el inmenso ingenio
de hacer un manjar de un marisco mediocre y ello potenciando
al máximo su naturalidad.
El risotto de piñones secos, presentando la textura
de un arroz al dente envueltos en una crema de parmesano
con hebras de azafrán, cacao y café en
polvo supone hacer realidad sueños inalcanzables
aportando mil y un matices. La ostra a la brasa, tan
sólo caliente e impregnada de aromas, con capuchina
de calabaza y juliana de naranja confitada refrenda
por enésima vez el equilibrio insuperable que
tiene el chef para conjuntar imposibles.
La espardeña impregnada de harina de garbanzos
con sesos de conejo envueltos en piel de patatas ratte
y jugo es un portento de resolución. La patata
asada con crema de huevo frito trufado, molleja de ternera
y grasa real alardea de doctoral señorío.
Y la piel de lechona, crocante y gelatinosa, sin apenas
magro, sobre un guiso de callos con garbanzos es trasladar
la gula a otra órbita..
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