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Semana del 10 al 16 de marzo de 2007

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Arquitectura en el plato

Una genialidad rebosante de matices originales: tartar de cigalas a las hierbas con yuzu y pastilla de aceite de oliva virgen. Magnánimas, por tamaño, frescor y adornos, las ostras pochadas en su agua sobre clorofila con crema parmesano. Mayestático, por calidad, cocción y trabajo, el rodaballo con vieiras marinadas, endivias, calabaza, manzana y, entre otros detalles, un fascinante aire de mantequilla noisette. Virtuosísimo el pichón lacado con trufa, col cónica, puré de apio-nabo, esfera de patatas... una vez más, grandiosa arquitectura culinaria. Y así se llega a los postres, que refrendan el sobresaliente.

Diques rotos

Sergio Herman destaca en la nueva generación de chefs holandeses, producto de un país sin prejuicios ni condicionantes coquinarios

RAFAEL GARCÍA SANTOS

Una nueva generación de chefs se ha alzado a la cúspide mundial, gentes que han superado los 30 años como Maximiliano Alajmo (Le Calandre, Italia), Pascal Barbot (Astrance, Francia), Quique Dacosta (El Poblet, España), Grant Achatz (Alinea, Estados Unidos), René Redzepi (Noma, Dinamarca) etc. Y entre ellos hay que incluir al holandés Sergio Herman, de Oud Sluis, máximo exponente de la cocina holandesa, un país sin prejuicios ni condicionantes en el que se respiran aires renovadores, que seguro tendrá a corto plazo resultados gastronómicos fructíferos y se concretarán en un elenco de nuevos nombres. En Holanda se esta cociendo una gran coquinaria de creación.
Herman, cuyo restaurante se encuentra en Sluis, junto a la frontera belga, es uno de los cocineros con más talento innato que hayamos conocido en las tres últimas décadas. Posee una mente y una sensibilidad privilegiadas, que ofrecen gustos de última generación, que dictan un mensaje absolutamente diferenciado y, más aún, sin ninguna referencia.

El holandés es un autodidacta que trasmite inmaculabilidad, en fórmulas ligeras, radiantes de belleza y exuberantes de imaginación; siempre asombrosas. Los sabores, por excitantes que parezcan, se nos antojan elegantes y armónicos, tienden a un complejidad sin confrontación. No hay ruptura, sí en la expresión vanguardista. Esa manera rompedora, con un trasfondo asombrosamente creativo, con tantas y tantas virtudes –entre las que hemos de destacar el proverbial buen gusto– tiene que alcanzar un último reto: evitar cierta tendencia al manierismo y a la desnaturalización de ciertos manjares estelares (ostras, navajas, cigalas, etc.) que se ofrecen en muchos casos picados.

Si es capaz de concretar y dar mayor nitidez al mensaje, tan estelar clasificación como actualmente merece puede verse acrecentada en el futuro. Todo parece indicar que sí, pues la progresión año a año es manifiesta; arte, esfuerzo y autocrítica sobran para ello. Tiempo al tiempo.

Carta variable

Otro inmenso mérito: la carta cambia con harta frecuencia y es seguro que los platos que indicamos no los encuentre en su visita al restaurante. Eso sí, hallará los ingredientes que fundamentan la obra del chef, sobre las que se asientan una y otra vez las nuevas construcciones: jets d’houblon, ostras, cigalas, bogavante, rodaballo, pichón... Vístanse cómo se vistan, siempre impactarán por originales y perfectos.

La pastilla helada de wasabi, sake y limón verde es un fogonazo llamado a deslumbrar. Luego se suceden los aperitivos: barquillo de calabaza con helado de gorgonzola, esfera de foie gras y manzana verde... cosmopolitismo vanguardista. Entre los platos, un portento del barroquismo gastronómico: cangrejo sobre brioché con emulsión de ostras (en bolas nitro y gelatinizada), caviar, crema de aguacate, cítricos... la intemerata.


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