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Isabel Ibáñez . 7 de julio de 2008
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odo el mundo se acordó el sábado de Woodstock y de la madre que parió al clima de Bilbao. La cosa fue de no creer, de juramento continuo, vamos. Ni Copeland con sus poderes podría haber detenido la cortina de agua, como había hecho el día anterior en el magnífico bolo de The Police. La lluvia que empezó a caer a media tarde y que ya no paró anegó el terreno de Kobetamendi convirtiéndolo en un peligroso barrizal al que fueron a dar muchos culos, algo que la organización solventó ayer echando tierra y paja en grandes cantidades para el tercer y último asalto del Bilbao Live.
Frente al escenario donde tocaron Lenny Kravitz y REM había charcos donde te hundías hasta el tobillo; era imposible buscar refugio en la lata de sardinas en la que se había convertido la carpa -y había 28.121 personas-, las capas de plástico chungo compradas en el 'todo a cien' se mojaban igual por dentro que por fuera después de tantas horas de lluvia y podías ver el aliento, del condenado frío que hacía... ¿Pero quién iba a pensar que en julio subíamos a Cobetas a luchar contra los elementos?
Nada comparado con lo que tuvo que ser el mítico festival celebrado el 16, 17 y 18 de agosto en 1969 en Woodstock (EE UU), de acuerdo, aunque las imágenes de aquel documental de Michael Wadleigh rondaron todo el rato la cabeza. Más de 450.000 hippies vivieron un infierno por el diluvio caído uno de los días; la zona tuvo que ser declarada de desastre y varios helicópteros la sobrevolaron lanzando ropa seca y comida a la multitud empapada. Mientras, Hendrix, The Who, la Creedence y muchos otros seguían dando caña (72 horas de música casi ininterrumpida) para calentar a su público.
El sábado lo intentaron Lenny Kravitz y el Michael Stipe de REM (los dos llevaban bufanda), y más tarde The Prodigy, que recibió a un público exhausto y hecho una sopa. Kravitz finalmente se quitó las gafas de sol (eso es actitud rockera, sí señor, anteojos oscuros con la niebla que había) para invitar al público a que coreara algunas de sus letras. Luego se atrevió a internarse por el pasillo central para dejarse tocar y mojarse como el resto, aunque lo que pedía la situación era que se lanzara sobre el respetable para que lo llevara en volandas de nuevo al escenario. Aún es incógnita lo que significaron los fuegos artificiales que alguien lanzó desde la cervecera en un momento del show del cantante negro, pero ayudaron a templar ánimos, algo que Lenny logró del todo con su 'Are You Gonna Go My Way' del final.
¡Fuera paraguas!
Esperando a REM, y por el mal humor que tanta mojadura genera, se escuchó alguna queja. Un chico dijo que le dolía haber pagado los 130 euros del bono cuando su amigo había comprado por 10 dos invitaciones a alguien en la entrada. Ya en la barra, el mismo individuo comprobó que sólo había una marca de whisky para su cubata, y no era precisamente del bueno. Después, a la vuelta de cenar algo en la cervecera, supo que sólo los 'vips' pueden regresar al recinto por el acceso más cercano. Minucias que él espera que se arreglen el próximo año.
Con los de REM ya salidos, los pocos que tenían paraguas escuchaban a los de detrás lanzar improperios; para eso están esas capitas tan majas que sientan tan bien y dejan ver al compañero. Stipe se portó, incluso se limpió el sudor de la cara con una camiseta del Athletic y la lanzó a sus fans, que cantaron y botaron felices sobre todo con 'The One I Love', 'Bad day', 'Imitation of Life' y 'Man on the Moon'.
¡Por cierto! No sólo hubo lluvia en Woodstock. El lema fue 'amor, paz y música' y tras aquel festival se celebraron 10.000 bodas -a los nueve meses nacieron centenares de bebés-. Como siempre hay que buscar el lado positivo, quizá la lluvia y el frío del sábado hayan sido la excusa perfecta para el acercamiento de cuerpos en busca del mejor calor, el humano, en esta Euskadi donde, dicen, tan difícil es ligar. Una propuesta: ¿por qué no cambiar el nombre al Bilbao BBK Live por el de Rock&Love in Bilbo?