Mayo de 2006. ESPECIAL COMERCIAL 

 
ARGENTINA
Inmensamente bella
PRAGA
Sur de bohemia
BURDEOS
Fiesta del vino
ESTAMBUL
Delicia turca
 
   
ALMAGRO
(Ciudad Real
)
LA CORUÑA
(Galicia)
COMILLAS
(Cantabria)
VIC
(Cataluña)
 
Guías de viaje
ESTAMBUL
 
Travesía en el Bósforo

INFORMACIÓN

Moneda:
La lira turca tiene un valor aproximado de 0,64 euros por millón. Los mejores lugares para efectuar el cambio son los 'döviz', oficinas que no cobran comisión.

Pasaporte y visado:
Los españoles pueden acceder con pasaportes que tengan tres meses de validez como mínimo. En el aeropuerto hay que pedir un visado, que cuesta 10 euros.

Calzado y tocado:
Pañuelos para las mujeres y pantalón o falda larga en las mezquitas.

Consulado de España: Valikonagi Caddesi, No.33/3, Basaran Apt. -80220. Nisantasi Estambul.
T (212) 225 2099

Turismo de Turquía en Madrid:
915 597 014
915 597 114

Delicia turca
La legendaria Constantinopla desvela su vocación de ciudad ligada a Asia y comprometida con Europa

Sergio García

Todas las ciudades del mundo tienen su rincón, un color, un aroma, un recuerdo ligado siempre a los ojos del que las mira. En el caso de Estambul es fundamental la hora del día: el crepúsculo tiene la particularidad de sacar lo mejor de una ciudad que es ante todo una encrucijada, un puente entre dos continentes, y cuya sola mención trae a la memoria aquellas clases de Historia en las que la ensoñación ganaba casi siempre la batalla a los nombres, las fechas o los accidentes geográficos.

Una de las ventajas de Bizancio o Constantinopla o Estambul -cada denominación ha sido utilizado durante siglos- es que uno encuentra exactamente lo que está buscando, y si tiene en mente misterio o romanticismo, las mezquitas, bazares, baños y callejones se encargarán de satisfacer todos sus deseos. Todo ello sin olvidar que la ciudad es la tarjeta de presentación de Turquía en el mundo y el mejor argumento de quienes apuestan por la integración en Europa de un país anclado en Asia.

La estampa más inolvidable es la del 'Cuerno de Oro', un brazo de mar que se adentra en la orilla europea, llamado así porque los últimos rayos del sol se reflejan sobre la superficie de agua y parecen arrancar chispas. El cauce ha sido durante siglos la principal vía de comunicación de la ciudad y su barrera defensiva, y esto en un lugar que ha pasado por las manos de griegos, romanos, bárbaros de toda especie, bizantinos y otomanos, es decir mucho.

Hasta la conquista por Mehmet II, una cadena de hierro cruzaba la corriente de orilla a orilla, uniendo las actuales Punta del Serrallo y Sultanahmet con el barrio de Beyoglu, y haciendo imposible el paso de las naves con que los invasores trataron una y otra vez de tomar al asalto la ciudad.

Los ecos de la batalla se apagaron hace ya tiempo, y en la actualidad son las sirenas de los ferrys y los buques mercantes procedentes de Ucrania, Georgia o el Mediterráneo los que recuerdan que el puerto de Emynonu es y ha sido siempre el punto neurálgico de la ciudad. Es la postal más típica de Estambul, flanqueado de mezquitas, pescaderías al aire libre, bazares, mercados de especias y restaurantes como los del puente de Gálata, donde disfrutar de un levrek (róbalo) al horno mientras la corriente se desliza bajo las mesas y el muecín llama a la oración desde el alminar de Rustem Pasá.

Un itinerario básico aconseja visitar primero Santa Sofía, durante siglos la mayor iglesia de la Cristiandad. Construida en el s.VI por el emperador Justiniano, Mehmet II la convirtió en mezquita cuando conquistó la ciudad en 1453. El templo es de una belleza abrumadora, que contrasta con la pesadez de los muros y contrafuertes que sujetan la cúpula. La nave central, dominada por tondos de madera con inscripciones caligráficas sarracenas, muestra todavía el mihrab que marca La Meca y hacia donde se volvían los fieles antes de que el edificio se convirtiera en museo; el mimbar o púlpito desde donde se dirigía la oración; la logia, donde el sultán seguía la ceremonia del rezo, oculto entre celosías a las miradas indiscretas.

El mito de Topkapi

Lo que hace única a 'Aya Sofya', como la llaman los turcos, son los mosaicos que cubren las paredes, ocultos en tiempos de la dominación árabe por la prohibición expresa del Profeta de reproducir la figura humana. El Pantocrator, Justiniano, Constantino, San Juan Bautista, la Virgen, el arcángel Gabriel... Una crónica precisa del cristianismo sobre fondo dorado que recorre ábsides y
muros.

LA MEZQUITA AZUL, también llamada Sultan Ahmet Camii, es famosa por sus bellas cúpulas y por los seis minaretes que la flanquean y que rivalizan con los de La Meca./ REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SERGIO GARCÍA

A sus espaldas, colgado entre el Estrecho del Bósforo y el Mar de Mármara, se levanta el mítico Topkapi, el palacio otomano sinónimo de lujo y de belleza. El recinto contiene un sinfín de rincones sugerentes, caso del harén o del diván donde se reunían los ministros del sultán; o la galería que guarda piezas sagradas como la espada de Saladino. Eso sin contar el Museo de los Relojes o el Tesoro, la meca de cualquier ladrón de guante blanco, con tronos de oro, dagas cubiertas de rubíes y esmeraldas, broches de ensueño, armaduras de fantasía...

De nuevo en el exterior, se impone un paseo por Sultanahmet, el núcleo de la antigua ciudad romana de Constantinopla. El circo, el hipódromo, los palacios y las villas desaparecieron hace ya tiempo, pero nadie -salvo algún arqueólogo- los echa en falta. La explanada encierra tesoros como los baños de Roxelana, la cisterna subterránea sostenida sobre centenares de columnas, el obelisco egipcio y, sobre todo, la Mezquita Azul. Llamada así por el color de sus azulejos, es una joya rodeada de seis minaretes, raro privilegio que sólo tiene La Meca y que fue en su día motivo de agrias polémicas.

DERVICHES bailan en la estación del Orient Express, que inspiro a Agatha Christie.

A quince minutos a pie se levanta otro lugar ineludible de Estambul: el Gran Bazar, un mercado cubierto atravesado por un laberinto de calles, que alberga centenares de tiendas donde es posible encontrar literalmente de todo. Desde joyerías, tiendas de ropa, alfombras, lámparas, artesanía, souvenirs, juegos de mesa, cafeterías y artículos religiosos -lo mismo cristianos que musulmanes, el negocio es el negocio- ; hasta alimentación, especias o electrodomésticos.

Ocupa una superficie tan descomunal que han hecho falta varios siglos y otros tantos sultanes para acabar de darle la forma que tiene en la actualidad. Cuando uno cruza cualquiera de sus puertas, se zambulle en una corriente humana que lo arrastra y zarandea por kilómetros de callejuelas. Saldrá al exterior por cualquier sitio distinto a por donde entró, desorientado, exhausto... y satisfecho.

De vuelta en la calle, las posibilidades son infinitas. Las mezquitas se suceden una tras otra, a cada cual más interesante. La de Soliman el Magnífico, la Nueva, Rustem Pasá, Eyup... La ciudad conserva los restos de un acueducto construido en tiempos de Constantino y que abastecía a la ciudad romana, que creció hasta alcanzar el millón de habitantes -hoy la habitan 12 millones, muchos de ellos desparramados por el lado asiático- y que llegó a estar blindada por tres murallas.

PUENTE DE GÁLATA. Puesto de pescado y chicos bañándose en el Cuerno de Oro.

El café Pierre Loti

Sólo se conserva la que ordenó construir Teodosio, la más exterior. A sus pies se levanta la iglesia de San Salvador en Chora, un pequeño templo ortodoxo sacudido por terremotos que ha logrado, sin embargo, preservar algunos de los mosaicos más bellos de la ciudad, que rivalizan con los de Santa Sofia. No muy lejos, donde el 'Cuerno de Oro' se estrecha y forma un meandro, está la cafetería de Pierre Loti, un novelista francés seducido por la ciudad que, al contrario de Agatha Christie, Graham Greene o el propio Hemingway, decidió quedarse y hacer de la ciudad su cuartel general. Su residencia se acabó convirtiendo en un bar- restaurante con una vista privilegiada de la ciudad, que se ha convertido en un clásico de cualquier 'tour' que se precie.

Estambul no acaba aquí. Nadie que se adentre por sus calles puede volver sin haber tomado un masaje en los baños turcos de Cagaloglu, sin oler las mil y una esencias del bazar de las especies, sin haber recorrido en tranvía la calle Istiklal, que atraviesa el barrio moderno de Taksim. El recuerdo no podrá ser completo si al mercado de los pescadores no le sigue una visita al palacio Dolmabhce, con la Escalinata de Cristal o sus salones de baile coronados por luminosas arañas de toneladas de peso.

Y el último día, cuando uno se haya empapado bien de mosaicos y mezquitas, y esté al borde del empacho de tanto comer kebab y yogures, 'mezes' -aperitivos- y dulces, le espera la Torre de Gálata, donde la puesta de sol le revelará la única conclusión posible: que diez días no bastan para conocer la ciudad que fundó un mercader griego hace 25 siglos.