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Travesía
en el Bósforo
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Moneda:
La lira turca tiene un valor aproximado de 0,64 euros
por millón. Los mejores lugares para efectuar el
cambio son los 'döviz', oficinas que no cobran comisión.
Pasaporte
y visado:
Los españoles pueden acceder con pasaportes que
tengan tres meses de validez como mínimo. En el
aeropuerto hay que pedir un visado, que cuesta 10 euros.
Calzado
y tocado:
Pañuelos
para las mujeres y pantalón o falda larga en las
mezquitas.
Consulado
de España: Valikonagi Caddesi, No.33/3, Basaran
Apt. -80220. Nisantasi Estambul.
T (212) 225 2099
Turismo
de Turquía en Madrid:
915 597 014
915 597 114
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Delicia turca
La legendaria Constantinopla
desvela su vocación de ciudad ligada a Asia y comprometida
con Europa
Sergio García
Todas las ciudades del mundo
tienen su rincón, un color, un aroma, un recuerdo ligado
siempre a los ojos del que las mira. En el caso de Estambul
es fundamental la hora del día: el crepúsculo
tiene la particularidad de sacar lo mejor de una ciudad que
es ante todo una encrucijada, un puente entre dos continentes,
y cuya sola mención trae a la memoria aquellas clases
de Historia en las que la ensoñación ganaba
casi siempre la batalla a los nombres, las fechas o los accidentes
geográficos.
Una de las ventajas de Bizancio o
Constantinopla o Estambul -cada denominación ha sido
utilizado durante siglos- es que uno encuentra exactamente
lo que está buscando, y si tiene en mente misterio
o romanticismo, las mezquitas, bazares, baños y callejones
se encargarán de satisfacer todos sus deseos. Todo
ello sin olvidar que la ciudad es la tarjeta de presentación
de Turquía en el mundo y el mejor argumento de quienes
apuestan por la integración en Europa de un país
anclado en Asia.
La estampa más inolvidable
es la del 'Cuerno de Oro', un brazo de mar que se adentra
en la orilla europea, llamado así porque los últimos
rayos del sol se reflejan sobre la superficie de agua y parecen
arrancar chispas. El cauce ha sido durante siglos la principal
vía de comunicación de la ciudad y su barrera
defensiva, y esto en un lugar que ha pasado por las manos
de griegos, romanos, bárbaros de toda especie, bizantinos
y otomanos, es decir mucho.
Hasta la conquista por Mehmet II,
una cadena de hierro cruzaba la corriente de orilla a orilla,
uniendo las actuales Punta del Serrallo y Sultanahmet con
el barrio de Beyoglu, y haciendo imposible el paso de las
naves con que los invasores trataron una y otra vez de tomar
al asalto la ciudad.
Los ecos de la batalla se apagaron
hace ya tiempo, y en la actualidad son las sirenas de los
ferrys y los buques mercantes procedentes de Ucrania, Georgia
o el Mediterráneo los que recuerdan que el puerto de
Emynonu es y ha sido siempre el punto neurálgico de
la ciudad. Es la postal más típica de Estambul,
flanqueado de mezquitas, pescaderías al aire libre,
bazares, mercados de especias y restaurantes como los del
puente de Gálata, donde disfrutar de un levrek (róbalo)
al horno mientras la corriente se desliza bajo las mesas y
el muecín llama a la oración desde el alminar
de Rustem Pasá.
Un itinerario básico aconseja
visitar primero Santa Sofía, durante siglos la mayor
iglesia de la Cristiandad. Construida en el s.VI por el emperador
Justiniano, Mehmet II la convirtió en mezquita cuando
conquistó la ciudad en 1453. El templo es de una belleza
abrumadora, que contrasta con la pesadez de los muros y contrafuertes
que sujetan la cúpula. La nave central, dominada por
tondos de madera con inscripciones caligráficas sarracenas,
muestra todavía el mihrab que marca La Meca y hacia
donde se volvían los fieles antes de que el edificio
se convirtiera en museo; el mimbar o púlpito desde
donde se dirigía la oración; la logia, donde
el sultán seguía la ceremonia del rezo, oculto
entre celosías a las miradas indiscretas.
El mito de Topkapi
Lo que hace única a 'Aya Sofya', como la llaman los
turcos, son los mosaicos que cubren las paredes, ocultos en
tiempos de la dominación árabe por la prohibición
expresa del Profeta de reproducir la figura humana. El Pantocrator,
Justiniano, Constantino, San Juan Bautista, la Virgen, el
arcángel Gabriel... Una crónica precisa del
cristianismo sobre fondo dorado que recorre ábsides
y
muros.
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| LA MEZQUITA AZUL, también
llamada Sultan Ahmet Camii, es famosa por sus bellas cúpulas
y por los seis minaretes que la flanquean y que rivalizan
con los de La Meca./ REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SERGIO
GARCÍA |
A sus espaldas, colgado entre el Estrecho
del Bósforo y el Mar de Mármara, se levanta
el mítico Topkapi, el palacio otomano sinónimo
de lujo y de belleza. El recinto contiene un sinfín
de rincones sugerentes, caso del harén o del diván
donde se reunían los ministros del sultán; o
la galería que guarda piezas sagradas como la espada
de Saladino. Eso sin contar el Museo de los Relojes o el Tesoro,
la meca de cualquier ladrón de guante blanco, con tronos
de oro, dagas cubiertas de rubíes y esmeraldas, broches
de ensueño, armaduras de fantasía...
De nuevo en el exterior, se impone
un paseo por Sultanahmet, el núcleo de la antigua ciudad
romana de Constantinopla. El circo, el hipódromo, los
palacios y las villas desaparecieron hace ya tiempo, pero
nadie -salvo algún arqueólogo- los echa en falta.
La explanada encierra tesoros como los baños de Roxelana,
la cisterna subterránea sostenida sobre centenares
de columnas, el obelisco egipcio y, sobre todo, la Mezquita
Azul. Llamada así por el color de sus azulejos, es
una joya rodeada de seis minaretes, raro privilegio que sólo
tiene La Meca y que fue en su día motivo de agrias
polémicas.
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| DERVICHES bailan en la estación
del Orient Express, que inspiro a Agatha Christie. |
A quince minutos a pie se levanta
otro lugar ineludible de Estambul: el Gran Bazar, un mercado
cubierto atravesado por un laberinto de calles, que alberga
centenares de tiendas donde es posible encontrar literalmente
de todo. Desde joyerías, tiendas de ropa, alfombras,
lámparas, artesanía, souvenirs, juegos de mesa,
cafeterías y artículos religiosos -lo mismo
cristianos que musulmanes, el negocio es el negocio- ; hasta
alimentación, especias o electrodomésticos.
Ocupa una superficie tan descomunal
que han hecho falta varios siglos y otros tantos sultanes
para acabar de darle la forma que tiene en la actualidad.
Cuando uno cruza cualquiera de sus puertas, se zambulle en
una corriente humana que lo arrastra y zarandea por kilómetros
de callejuelas. Saldrá al exterior por cualquier sitio
distinto a por donde entró, desorientado, exhausto...
y satisfecho.
De vuelta en la calle, las posibilidades
son infinitas. Las mezquitas se suceden una tras otra, a cada
cual más interesante. La de Soliman el Magnífico,
la Nueva, Rustem Pasá, Eyup... La ciudad conserva los
restos de un acueducto construido en tiempos de Constantino
y que abastecía a la ciudad romana, que creció
hasta alcanzar el millón de habitantes -hoy la habitan
12 millones, muchos de ellos desparramados por el lado asiático-
y que llegó a estar blindada por tres murallas.
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| PUENTE DE GÁLATA. Puesto
de pescado y chicos bañándose en el Cuerno
de Oro. |
El café Pierre Loti
Sólo se conserva la que ordenó
construir Teodosio, la más exterior. A sus pies se
levanta la iglesia de San Salvador en Chora, un pequeño
templo ortodoxo sacudido por terremotos que ha logrado, sin
embargo, preservar algunos de los mosaicos más bellos
de la ciudad, que rivalizan con los de Santa Sofia. No muy
lejos, donde el 'Cuerno de Oro' se estrecha y forma un meandro,
está la cafetería de Pierre Loti, un novelista
francés seducido por la ciudad que, al contrario de
Agatha Christie, Graham Greene o el propio Hemingway, decidió
quedarse y hacer de la ciudad su cuartel general. Su residencia
se acabó convirtiendo en un bar- restaurante con una
vista privilegiada de la ciudad, que se ha convertido en un
clásico de cualquier 'tour' que se precie.
Estambul no acaba aquí. Nadie
que se adentre por sus calles puede volver sin haber tomado
un masaje en los baños turcos de Cagaloglu, sin oler
las mil y una esencias del bazar de las especies, sin haber
recorrido en tranvía la calle Istiklal, que atraviesa
el barrio moderno de Taksim. El recuerdo no podrá ser
completo si al mercado de los pescadores no le sigue una visita
al palacio Dolmabhce, con la Escalinata de Cristal o sus salones
de baile coronados por luminosas arañas de toneladas
de peso.
Y el último día,
cuando uno se haya empapado bien de mosaicos y mezquitas,
y esté al borde del empacho de tanto comer kebab y
yogures, 'mezes' -aperitivos- y dulces, le espera la Torre
de Gálata, donde la puesta de sol le revelará
la única conclusión posible: que diez días
no bastan para conocer la ciudad que fundó un mercader
griego hace 25 siglos.
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