Fue una cuestión de estar en el sitio adecuado en el momento preciso. Así, la ópera encuentra en el barroco el semillero perfecto para su desarrollo. El siglo XVII está a punto de comenzar, el Renacimiento se acaba, los gustos de los tiempos han cambiado y ahora se inclinan hacia lo espectacular, donde las puestas en escena la exaltación espacial es un elemento claramente comprobable en la arquitectura y la pintura cobran una importancia fundamental. Ese triunfo de lo teatral propiciará el asentamiento de un nuevo género musical, la ópera, que rápidamente encontrará en los espacios públicos, más allá de los palacios de los nobles, un lugar para desarrollarse. Con estos antecedentes no puede extrañar que la ópera del barroco se interese especialmente en la exaltación de la voz, especialmente de los castrati, que se convierten en los auténticos divos de la época.
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| La Fenice, el teatro veneciano, ciudad de Antonio Vivaldi, es durante el barroco uno de los puntos de encuentro de los principales compositores europeos. / AFP |
La primera opera in musica se pone en escena en la corte florentina
de los Médicis. La fecha exacta no se conoce, así que el nuevo
espectáculo no debió tener precisamente un éxito. Lo
más común entre los historiadores de la música es señalar
1597 como la de la primera representación, una experiencia que se
repitió en 1600, cuando los Médicis casan a su hija María
con el rey Enrique IV de Francia. De esa forma Euridice se considera
la primera ópera como tal, de la que se tiene partitura. Este nuevo
arte no tardó en difundirse por otras ciudades italianas, como Venecia
y Roma, y demás cortes europeas, especialmente la de Viena. Un estilo
éste de recitar cantando que encontró en Monteverdi
su primer compositor, con la ópera La favola dOrfeo.
La lírica fue desde su comienzo un espectáculo caro que los
nobles, tan amantes de la ostentación, pagaban íntegramente.
Pero la idea de Francesco Manelli, en torno a 1637, de comprar un teatrito
en Venecia para representar su ópera Andrómeda
supuso un cambio fundamental a la hora de plantearse el espectáculo
lírico: aparece el público, que paga su entrada, y el empresario
teatral. Desde entonces existirá un público más
allá del noble que lógicamente seguirá participando
de los eventos culturales que sostendrá y potenciará
ese espectáculo, y además tendrá derecho a opinar.
El gusto del aficionado condicionará a partir de entonces toda la
producción operística. El fenómeno de los teatros públicos
fue todo un éxito hasta el extremo, por ejemplo, de que los virreyes
españoles de Nápoles acudían habitualmente a ellos.
Esta expansión no fue homogénea y Francia resultó la
excepción. El éxito de las piezas del veneciano Cavalli llevó
al cardenal Mazarino a introducir la ópera italiana en París
y el momento elegido fue la boda de Luis XIV con M» Teresa de Habsburgo,
hija Felipe IV de España. El resultado fue negativo. A los franceses
no les gustaron nada los castrati, y mucho menos hablando en
una lengua que no era la vernácula. Y eso que se habían incluido
ballets, algo intrínsecamente ligado al gusto lírico galo.
Como apunta el crítico Roger Alier, «los espectadores franceses
no hubieran podido soportar un espectáculo sólo cantado sin
danza».
La consolidación del género también supuso cambios,
como la simplificación de los libretos y la estructura, de forma
que la ópera se convierte en una concatenación de arias (la
guerra entre cantantes tuvo mucho que ver), unidas por las recitativos.
Alessandro Scarlatti ayudó a que las óperas fueran más
comprensibles para el público. Ya en el XVIII la bufa se diferencia
totalmente de la seria, que apuesta por temas de la historia grecolatina.
Compositores como Vivaldi, con LOrlando furioso, y Haendel,
con Agripina, entran en escena para dar otra dimensión
a la lírica. Hasta la llegada de Glück, auténtico reformador
del género desde su obra Orfeo ed Euridice. Los cambios
introducido por el compositor alemán supresión de los
largos recitativos, los abusos ornamentales de la voz y de los castrati
propiciaron la moderna. En realidad, el barroco se estaba muriendo para
dar paso al neoclasicismo.