Hace unos meses, Javier Perianes (Nerva, Huelva, 1978) y su novia fijaron la fecha de su boda para finales del próximo julio. Medio en broma, se comprometieron a no cambiarla a no ser que el mismísimo Daniel Barenboim llamara al joven pianista andaluz para invitarle a ser el solista en un concierto que fuera a dirigir. Pues bien, la boda ha sido aplazada porque el músico bonaerense le ha propuesto dirigirle nada menos que en la interpretación del Emperador de Beethoven en esas fechas del verano. Es la prueba irrefutable del camino ascendente emprendido por este pianista que, según todos los críticos, marcará las próximas décadas en la música clásica en España y será uno de los grandes a nivel mundial. Este fin de semana estará en el Musika-Música, donde interpretará obras de Bach, Scarlatti y Blasco de Nebra. Este último compositor español abre el disco que Perianes acaba de publicar en el sello RTVE.
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El pianista andaluz Javier Perianes, sentado junto a su piano. / EL CORREO |
Nació en un pueblo minero alejado de los grandes centros
musicales. ¿Cómo se forja así una vocación de
pianista?
Tengo que agradecer a muchas personas mi formación, que es
algo que comenzó en ese pueblo. Yo ya tenía buenos profesores
allí, luego me fui a Huelva, más tarde a Sevilla, finalmente
me vine a Madrid. Empecé con nueve años y esto se ha convertido
no en una profesión, que a mí no me lo parece, sino en una
forma de vivir. En el pueblo había pocas distracciones, y eso resultó
una suerte desde el punto de vista formativo. Luego, he tenido la gran fortuna
de unos padres que sólo querían que tanto mi hermano como
yo fuéramos nosotros mismos. Durante una temporada larga, mi padre
me llevaba tres días a la semana a Huelva, a las clases, y otro día
más a Sevilla. Y no ha sido nunca padre de artista.
¿Lo habría tenido más fácil de haber
nacido en Madrid, o en Berlín...?
No sé qué habría pasado de haber nacido en Berlín,
o en otros sitios... Quizá más fácil, pero puede que
también hubiese sido más difícil. Tal y como ha transcurrido
mi vida, he podido asimilar las cosas de una forma muy natural. Yo soy muy
de mi pueblo y aunque ahora vivo en Madrid y voy menos de lo que quisiera,
me gusta saber que he nacido allí.
¿Cuándo se dio cuenta de que quería ser pianista?
No soy consciente de ello. Creo que estrictamente ni siquiera me lo
he dicho nunca. Una cosa fue llevando a la otra, luego gané un concurso...
Fueron acontecimientos naturales, nadie me ha forzado a nada. Aún
estoy en el camino de decidir algo en la vida.
Para un artista joven, tener un buen padrino es fundamental.
El suyo, Daniel Barenboim, no parece malo...
Alfonso Aijón, que es su amigo y su agente en España,
me hizo el regalo de darme la oportunidad de tocar para él. Luego,
Barenboim me invitó a Sevilla para darme clases, y después
a Viena y a Chicago. Siempre que él puede recibirme y yo tengo unos
días me voy para aprender cosas con él. Es un pedazo de músico,
un artista integral que lo mismo toca el piano como solista, o en grupos
de cámara, o dirige, y todo a un gran nivel. Eso sin olvidar su actividad
diplomática. Es prácticamente un superhombre, y yo he aprendido
mucho con él.
Un artista joven debe formar su propio repertorio. ¿Cómo
está creando usted el suyo?
La posibilidad de tocarlo todo con una gran calidad está al
alcance de muy pocos. Barenboim es uno de ellos. En el pasado ha habido
otros, como Richter. Pero en este mundo de la superespecialización
lo más lógico es que uno intente profundizar en un repertorio.
La sensibilidad personal te lleva hacia ciertas épocas, ciertos compositores.
Pero yo estoy aún en período de búsqueda. Hace bien
poco estaba convencido de que no me interesaba Rachmaninov, que ese no era
mi mundo. Me lo pidieron y lo he tocado unas cuantas veces. Y todavía
me pregunto cómo podía pensar que semejantes obras no me interesaban...
Estoy en la etapa de descubrir horizontes.
Alguna vez ha comentado que tocar música española
no es una obligación, sino un placer. Lo dicen muchos de sus colegas,
pero en las grandes citas suelen incluir más bien a Beethoven, Brahms,
Debussy...
No es mi caso. Hace unos meses debuté en el Carnegie Hall,
en un concierto que lógicamente ha sido uno de los momentos más
importantes de mi carrera, y elegí a Schubert y Debussy, pero también
Falla y Blasco de Nebra. A mí me gusta sobre todo Falla.
Usted representa la renovación artística en un mundo
necesitado de ella. Desde su perspectiva, ¿qué habría
que hacer para que también se renovara el público?
Creo que mi opinión es distinta a la de otros respecto de la
edad del público. Cada vez veo más jóvenes en los conciertos.
Quizá lo que falta aquí, que hay en otros lugares, es un abono
barato que permita a los estudiantes de los conservatorios, a los jóvenes
en general, asistir a los conciertos a bajo precio. Desde luego, un estudiante
que está pagando un piso y sus estudios no puede asistir a un concierto
por semana a razón de 50 ó 60 euros cada uno.
¿Y sacar la música de las salas convencionales y
llevarla a otros espacios? ¿Sería una solución?
Si se hace con rigor, ¿por qué no? El problema es cuando
eso se convierte en un bolo. Entonces el efecto puede ser contraproducente.
Hace unos meses, Barenboim interpretó la Heroica en la
plaza Mayor de Madrid. Fue fantástico. Si la interpretación
es buena y se cuida la acústica, mucha gente quedará impresionada
y decidirá ir más veces a un concierto.
¿Qué opinión le merecen festivales como Musika-Música?
¿Sirven para ampliar el público?
Estuve tocando en Nantes hace unas semanas, en La Folle Journée,
y quedé flipado. Se vendieron 170.000 entradas, y si pedías
una para un amigo que quería ir a oírte no podían dártela
porque no había sitio. Es increíble. Me parece un misterio
y creo que la única explicación de un éxito así
es que está concebido como una fiesta.
¿Qué importancia da a los discos?
Ya no tienen la trascendencia de hace unos años, pero siguen
siendo importantes. Hay que acercarse a ellos con precaución, que
no se trate de grabar por grabar. Yo creo que un disco tiene que aportar
algo al mundo fonográfico y al mismo tiempo al artista que lo hace.
Y desde luego sigue siendo una forma de darse a conocer.
Un artista más o menos de su edad, Lang Lang, ha firmado
un contrato fantástico con uno de los grandes sellos discográficos.
¿Daría algo por haber tenido esa oportunidad?
Conozco a Lang Lang, porque coincidí una vez con él
en Chicago y estuvimos hablando. Es un tipo magnífico. Pero no sé
si daría algo... Yo siempre he creído más en una carrera
paso a paso. Ya vendrá lo que tenga que venir, y a ver adónde
me lleva la vida. De todas formas, una carrera como la de Lang Lang, con
viajes continuos por todo el mundo, requiere de una gran fuerza interior.
No sé si yo podría hacerlo.
¿Y qué no está dispuesto a dar por importante
que sea lo que le ofrezan?
Mi vida personal, aunque creo que en el mundo de la música
clásica nunca se negocia sobre eso. Ni, por supuesto, aceptaría
nunca intromisiones en mi manera de hacer las cosas. Uno es como es, para
bien y para mal.