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CÉSAR COCA
Hay un nacionalismo que nunca ha sido objeto de polémica ni de crítica:
el musical. El festival ‘Musika-Música’ llega a su sexta edición con
la obra de las escuelas nacionales de compositores y un título que hace
un guiño a la edición anterior: ‘La armonía de los pueblos’. Por aquí
desfilarán Dvorák, Chaikovski, Bartók, Grieg, Sibelius, Mussorgski,
Rimski-Korsakov, Ravel, Guridi, Falla, Rachmaninov... Es decir, muchos
de los músicos más apreciados por los melómanos, creadores todos ellos
de melodías en las que de una forma o de otra están siempre presentes
las canciones populares de los países que les vieron nacer o les acogieron
en momentos importantes de sus vidas.
El nacionalismo es una derivación del romanticismo que superpone a las características de éste una preocupación
por recuperar elementos del folclore y que tiene en algunos casos elementos
de reivindicación política muy importantes. Es lógico que así suceda:
el nacionalismo musical nace en la primera mitad del siglo XIX y el
autor que se considera su iniciador es el ruso Glinka. Pero es en la
segunda parte de ese siglo cuando alcanza su máximo desarrollo.
Caldo de cultivo
Europa es en ese momento un hervidero. Por una parte, hay
un enorme país, Rusia, que después de haber estado dominado culturalmente
por la influencia de Italia y Francia, aspira a desarrollar una música
propia. Por eso sus élites promueven todo aquello que suene específicamente
‘ruso’ y contemplan con displicencia los productos culturales que enlacen
con la tradición europea. Chaikovski lo sufre en carne propia: los miembros
del grupo de los Cinco (Musorgski, Borodin, Rimski-Korsakov, Cui y Balakirev),
que se tienen a sí mismos por guardianes de las esencias, critican al
autor de ‘El lago de los cisnes’ su exceso de occidentalidad.
En esa
época, dos grandes estados acaban de nacer (Italia en 1861 y Alemania
diez años después) y un gran imperio, el Austro-Húngaro, vive graves
tensiones que terminarán por descomponerlo en varios países al final
de la Primera Guerra Mundial. La música va a alimentar la creación de
una cierta conciencia nacional en los dos primeros y servirá para marcar
diferencias entre los distintos territorios que tenían por capital a
Viena.
Lo que engloba a una corriente musical en la categoría de escuela
nacional es el uso de elementos folclóricos, de canciones propias de
cada comunidad. Muchos de esos compositores no dudan en ir al campo
y estudiar las melodías que se transmiten de generación en generación
para incorporarlas a sus obras. En Hungría lo hacen Bartók y Kodály.
En España, Falla sube a la sierra de Granada junto a García Lorca y
ambos recogen numerosas canciones que estaban a punto de desaparecer.
Casi mil kilómetros al norte, en Euskadi, Aita Donostia hará también
esa labor de antropología cultural y recuperará y armonizará decenas
de temas populares. Guridi llevará ritmos y danzas a sus partituras.
Dos catalanes, Granados y Albéniz, recrearán como pocos el ambiente
de Andalucía mediante el uso de formas rítmicas próximas al flamenco.
Los escandinavos Grieg y Sibelius definirán también un tipo de melodía
de un lirismo más concentrado que se aleja del modelo alemán. Los rusos,
en fin, indagarán en la tradición de su enorme imperio para hacer una
música genuinamente local.
¿Folclore real o inventado? Cada uno de los músicos lo usa a su manera. Los compositores franceses de la segunda
mitad del XIX y principios del XX, embrujados por la música andaluza
(Bizet, Chabrier, Ravel en menor medida...), terminan por construir
con sus temas una imagen española que no es demasiado fiel a la realidad.
Bartók utiliza las canciones populares. Pero lo hace no con las melodías
de forma directa, sino con los núcleos temáticos, de manera que cuesta
reconocer el tópico de la música húngara –fijado por Liszt y Brahms–
en sus muy complejas composiciones. Rachmaninov, en fin, será más ruso
de lo que había sido nunca mientras componía en su exilio de California,
lejos de un país que tras la Revolución de Octubre había dejado de ser
el suyo y atormentado por una nostalgia incurable.
Romanticismo
Pero, al margen de estas consideraciones, la música nacional del XIX está
impregnada de romanticismo. No se entiende sin él. Ahí están las largas
melodías, las orquestaciones complejas, el solista a quien se reserva
el papel de héroe, las leyendas medievales recuperadas, un cierto tono
épico, el drama y con frecuencia la rebeldía. Los héroes de las grandes
óperas rusas tienen poco que envidiar en fuerza a los personajes wagnerianos,
que a su vez son la plasmación del sentido germánico más puro.
Es además
una música con enormes exigencias en cuanto al virtuosismo. Los pianistas
que interpretan a Rachmaninov o Chaikovski saben de los requerimientos
técnicos y hasta de fuerza física necesarios para llevar sus obras a
buen puerto. Los directores que abordan el ‘Bolero’ de Ravel son conscientes
de que la obra, aparentemente una repetición exasperante de una sola
melodía, está llena de trampas y que resulta muy fácil caer en alguna
de ellas. Es lo que le pasó hace unos años en Madrid al gran Lorin Maazel
al frente nada menos que de la Filarmónica de Viena. No cabe mejor prueba
de dificultad. Los violonchelistas, en fin, han aprendido que el concierto
de Dvorák es la prueba de fuego, la obra con la que se puede calibrar
al milímetro su calidad.
Y, sobre todo, la música del nacionalismo es melodía. Los compositores de estas escuelas las encadenan con una facilidad
insólita, de manera que sus obras se pueden cantar aunque estén pensadas
para el piano, el violín o un grupo de cuerda. Música para cantar y
para soñar con que algún día habrá una verdadera armonía de los pueblos
que en la música siempre ha sido posible.