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| El genio inmaduro |
| César Coca |
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Compositor
sublime y personaje infantil, caprichoso y provocador; ambas facetas
se superponen en el músico más famoso de todos los
tiempos
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| NIÑO
PRODIGIO. Retrato del pequeño Amadeus. Óleo
de Pietro A. Lorenzoni (1763) |
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Infantil, procaz, inmaduro, libidinoso, inestable, provocador...
único. Hablar de Mozart es referirse al mayor genio de la
historia de la humanidad, pero no se puede olvidar que a las mentes
con esa capacidad les es muy difícil vivir rodeadas de mediocridad,
envidia, mezquindad y recelos. En su corta vida, Mozart vivió
momentos de éxito y reconocimiento, sobre todo en la infancia,
pero hubo mucho más. El distanciamiento del público,
la incomprensión de algunos de sus colegas, las repetidas
dificultades económicas terminaron por minar su frágil
equilibrio emocional.
Los últimos meses de vida del genio debieron de ser algo
muy parecido a un infierno. Sin dinero, enfermo de mil males -su
historial médico es tan amplio que parece una enciclopedia-,
con frecuentes desavenencias conyugales, expulsado literalmente
de las grandes salas, su mente creadora dio frutos como 'La flauta
mágica' o el 'Requiem'. Alguien, quizá dejándose
llevar por la emoción, ha escrito que la sola existencia
de obras así bastaría para demostrar la existencia
de Dios. Desde luego, es suficiente para apuntar hacia el genio
en estado químicamente puro.
Para explicar el genio de Mozart basta con dar algunas cifras: murió
sin haber cumplido los 36 años, y dejó un catálogo
de más de 600 obras, que abarcan todos los géneros
y de las cuales no menos de un centenar son de una maestría
absoluta. Su música, interpretada sin interrupción,
ocupa aproximadamente diez días, con sus noches respectivas.
No hay que olvidar, además, que de los 13.097 días
de su corta vida, 3.720 los pasó viajando por Europa, en
diligencias incómodas y ruidosas, en las que sería
completamente imposible trabajar.
Su salud fue, quizá a consecuencia de esos continuos viajes
en un tiempo en que era una aventura ir de un país a otro,
muy precaria. Los médicos creen que en diferentes etapas
de su vida padeció fiebres reumáticas, insuficiencia
renal, intoxicación por mercurio, escarlatina, infecciones
estreptocócicas, poliartritis, neumonía, viruela y
hepatitis. Una combinación de estos males, unida al agotamiento
general de su organismo, fue sin duda lo que le envió a la
tumba.
Mozart componía música sublime a una velocidad extraordinaria.
Algunos ejemplos: el concierto nº 16 para piano fue escrito
en una semana; el impresionante nº 20, uno de los mejores en
su género de la historia de la música, incluso en
menos días; la ópera 'Lucio Silla', en poco más
de un mes... por un compositor de 16 años; 'El empresario
teatral', en 16 días; 'Così fan tutte', en tres meses;
'La clemenza di Tito', en 18 días...
Y, sin embargo, este compositor cuya creatividad no tiene parangón,
era también un personaje estrafalario, un niño grande
que hacía niñerías, un tipo dado a lo escatológico...
justo en el mismo instante en que escribía una música
celestial. El niño que asombraba a Europa con sus interpretaciones
casi circenses al piano vivió siempre en el adulto Amadeus.
Y salía a la superficie con frecuencia, para desesperación
de su familia en muchas ocasiones.
"Por favor, hermana mía, me pica, ráscame",
escribe a Nannerl, la hermana que le acompañó en sus
primeras giras, justo el día en que se estrenaba 'Lucio Silla'
y de alguna manera se jugaba su futuro. Algo que no extraña
en quien se calificaba a sí mismo, a los 14 años,
de 'bufón'. Y que pasó las horas previas a la presentación
de una de sus óperas dando volteretas.
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| ESPOSA.Constanze,
en óleo de J. Lange. |
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El hombre que parece a algunos la encarnación de Dios por
el carácter de la música que compone es el mismo que
escribe, con gran regocijo, estos versos: "Estoy también
con gente/ que lleva la caca en el vientre,/ pero eso sí,
también la dejan escapar/ tanto antes como después
de cenar". Mozart trabaja a destajo, pero le gustan las fiestas,
donde con frecuencia es la estrella con sus payasadas y sus bromas.
Eso le aleja de la severidad de los compositores oficiales, que
no entienden que un personaje así pueda componer como lo
hace.
Esa dualidad extraña entre la persona y el creador se traslada
a veces al papel pautado. El Mozart que en 1782 termina la soberbia
Misa en do menor es el mismo que de forma simultánea trabaja
en dos cánones titulados 'Lámeme el culo' y 'Lámeme
el culo hasta que quede limpio'. El bromista jugador de bolos en
las partidas en casa de los Jacquin entre éstos y sus invitados
es también el mismo que cuando no le toca jugar saca del
bolsillo un papel pautado y va escribiendo... un trío (el
denominado 'de los bolos').
Ese Mozart genial es inseparable del niño perpetuo. Quizá
por eso no comprendió lo que sucedía a su alrededor
y sufrió tanto. No entendió la envidia y los celos
que surgían de inmediato en su presencia. No supo acomodarse
mínimamente a las circunstancias para sobrevivir. Algo que
se puede aplicar también a su matrimonio: Mozart se casó
con Constanza Weber más obligado por su especial circunstancia
(vivía solo, pues su padre había vuelto a Salzburgo,
y era cada vez más consciente de que debía hallar
a alguien con quien compartir un hogar) que por un amor sólido.
En su disputa con el arzobispo Colloredo, que le sirvió para
ser el primer músico realmente libre, tampoco fue capaz de
evaluar el precio que debería pagar por ello, en una sociedad
que no conocía la figura del compositor desvinculado de la
Iglesia o de alguna corte. Un ambiente, el musical, en el que se
consideraba normal pagar varias veces más a un 'castrato'
por contar con su voz que a un genio de la composición por
disponer de sus servicios.
Con más de 30 años (en esa época podían
equivaler en cuanto a madurez y responsabilidad a unos 45 de hoy
día), Mozart es aún un ingenuo. Lo demuestra que en
una ocasión acudió a una fiesta donde se encontraban
varios músicos célebres de su tiempo -hoy olvidados-
y se sentó al piano a improvisar obras que eran caricaturas
de cada uno de ellos. Éstos no tenían su sentido del
humor infantil, y allí mismo se convirtieron en enemigos
irreconciliables.
Poco a poco, los teatros le fueron cerrando sus puertas, los príncipes
dejaron de hacerle encargos, el público le abandonó
en beneficio de compositores galantes y superfluos. Sus últimas
obras muestran la lucidez de quien se sabe en el final. El niño
descubre la crueldad del mundo de los adultos. Su despedida no puede
ser más hermosa: una obra que mezcla lo grotesco, lo festivo
y lo dramático ('La flauta mágica') y un Requiem,
encargo de un oscuro personaje que pagaba a autores famosos para
que escribieran obras que luego quería hacer pasar como suyas,
sencillamente sublime. Quizá en sus últimos días
Wolfgang Amadeus Mozart alcanzó la madurez personal.
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