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| Constanze Weber / Un papel
difícil |
| César Coca |
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La
esposa de Mozart nunca imaginó la vida turbulenta que le
esperaba, la combinación de éxito y pobreza
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| Constanza Weber. / Álvaro
Sánchez |
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Ser la esposa o el marido de alguien que destaca por
su absoluta genialidad no debe de ser nada fácil. Si encima
la interesada sabe que a quien en realidad amaba el genio era a
su hermana mayor, la cosa se agrava. Y si, además, ese genio
absoluto, esa persona con una creatividad tan desarrollada que resulta
casi inimaginable, es un inmaduro que gana mucho dinero pero lo
gasta a mayor velocidad, y que es capaz de emplear los últimos
ahorros en un traje para ir a la moda, mientras en casa escasean
cosas de primera necesidad, la situación puede llegar a ser
insostenible. Ese difícil papel lo asumió Constanze
Weber. Su nombre ha quedado para la historia como el de la esposa
de Mozart.
Quien haya visto la obra de teatro de Shaffer o la película
Amadeus de Milos Forman, probablemente no tendrá
una imagen muy positiva de Constanze. Ni la obra ni el guión
cinematográfico se detienen demasiado en el personaje ni
en sus motivaciones. Hay datos suficientes, sin embargo, para perfilarlo
mejor. Se sabe, por ejemplo, que cuando Wolfgang Amadeus conoció
a la familia Weber, tenía 21 años, y hasta ese momento,
la mujer por la que se había sentido más atraído
era una de sus primas. Pero en aquel verano de 1777 Mozart quedó
prendado de Aloysia, la hija segunda de los Weber, una muchacha
que según los testimonios de la época era muy guapa,
tocaba el clave como una verdadera virtuosa y cantaba con una maravillosa
voz. El joven músico no contaba con que la chica, de 17 años,
iba a tener un rápido éxito en la escena y que eso
fue lo que le hizo mirar más alto en la escala social a la
hora de buscar marido.
Han pasado tres años. Mozart se reencuentra en Viena con
la familia Weber. El padre de las chicas ha muerto, Aloysia ha hecho
una buena boda, y el joven Amadeus, solo en la gran ciudad, tiene
la no muy brillante idea de... alojarse en la casa donde viven la
madre y las tres hijas. Parece, a juzgar por sus cartas, que él
no ha olvidado a Aloysia. Y es más o menos evidente también
que la madre de las chicas, fina estratega, usa de toda su sutileza
para convencer al joven músico que en ese momento goza
de un éxito importante en la corte de que debe casarse
con Constanze, la tercera de las muchachas y una verdadera cenicienta
en su casa, pues es la que hace casi todos los trabajos domésticos.
Mucho menos agraciada físicamente que Aloysia el testimonio
es del propio Mozart, sin un ápice de sus dotes artísticas,
vestida siempre pobremente, porque los escasos recursos de la familia
se iban en comprar trajes para las otras dos hermanas, Constanze,
que entonces tenía 19 años, debía de ser una
muchacha más bien simple, que sólo aspiraba a casarse
con un buen hombre.
Nunca imaginó la vida turbulenta que le esperaba, la combinación
de éxito y pobreza, de fiestas y frustración. La muerte
prematura de cuatro de sus hijos (Raimund Leopold, el mayor, vivió
dos meses; Johann Thomas Leopold, menos de un mes; Theresia, medio
año; Anna apenas una hora; sólo Karl Thomas y Franz
Xaver Javier llegaron a la edad adulta) influyó también,
sin duda, en la relación que tuvo con Mozart. Ella no comprendía
su genio, tampoco se adaptaba a su forma de vivir. Cuando el músico
murió, ella tenía a su cargo un hijo de siete años
y otro de seis meses. Así que no debe extrañar que
pronto contrajera un segundo matrimonio, esta vez con Nicholas von
Nissen, un oficial en la embajada danesa que le dio una estabilidad
que antes no había conocido. Nissen fue, además, autor
de una de las primeras biografías de Mozart y junto a su
esposa contribuyó a defender su legado. Parece paradójico,
pero quizá no lo sea: Constanze, que murió en 1842,
hizo más por el compositor tras su muerte que durante su
matrimonio. No cabe culparla por ello. La convivencia no debió
de ser precisamente fácil. Y a veces, a quién no le
ha pasado, no se aprecia en todo su valor lo que se tiene hasta
que se ha perdido.
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