| Los
científicos tienen diferentes explicaciones sobre cómo
surge y funciona una mente genial
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Se cuenta que Mozart era capaz de tocar el clavicordio cuando
sólo tenía tres años, que a los cinco compuso
su primera pieza orquestal, que de niño era capaz de memorizar
una partitura para orquesta con sólo escucharla una vez,
o que posteriormente podía crear en su mente toda una pieza
musical incluso antes de ir escribiendo la parte de cada insturmento.
Al hablar de la genialidad en música, Amadeus Mozart surge
casi de forma obligada. Sin embargo, no es fácil definir
qué es un genio: se trata de un concepto que invoca no
sólo una capacidad por encima de la media para la creatividad
y la excelencia, sino algo intrínseco que antiguamente
se consideraba una especie de regalo de los dioses, y posteriormente
algo innato (la propia etimología de la palabra hace referencia
a ello).
Se sabe que algunas destrezas relacionadas con la percepción
musical tienen una importante componente hereditaria. Por ejemplo,
se ha comprobado que eso sucede con el llamado oído absoluto,
que hace referencia a la capacidad de algunas personas de reconocer
el tono de un sonido sin referencia alguna (normalmente, la gente
es capaz de reconocer sin problema los intervalos entre sonidos,
pero saber sin más si un sonido es un La o un Si de la
cuarta escala, es una propiedad que sólo unos pocos poseen).
A finales de los 90, un equipo de la Universidad de California
en San Francisco comprobó que la probabilidad de que una
persona tuviera ese oído absoluto era cuatro veces mayor
si alguno de sus progenitores lo tenía que si no. Sin embargo,
se sabe que el aprendizaje temprano de la música facilita
a muchas personas adquirir esta capacidad. Se trata, así,
de un rasgo que tiene a la vez una componente genética
y otra ambiental.
Algo parecido puede suceder con la genialidad. El psicólogo
David Lykken, autor del libro El genio y la mente,
afirma: «Hay quien piensa que el genio es principalmente
aplicación y que si existe algo genético, es motivacional.
Creo más, que hay una mezcla, un conglomerado de atributos,
algunos específicos para cada sujeto». Realmente,
parece comprobado que hay ciertas características fisiológicas
que caracterizan la excelencia musical y, existiendo esa base
neurológica, se entiende que exista una componente hereditaria.
En 2001, el neurólogo Lawrence M. Parsons, de la Universidad
de Texas en San Antonio (EE UU), sometió a análisis
mediante tomografía por emisión de positrones (PET)
a ocho pianistas profesionales, mientras ejecutaban el tercer
movimiento del Concierto Italiano de Johann Sebastian
Bach, comparando luego esas imágenes con las que mostraban
la actividad cerebral cuando tocaban unas escalas a dos manos.
Algunas áreas cerebrales activadas eran comunes en las
dos tareas (la primera, exige, según los expertos, una
representación cognitiva, perceptual y emocional mucho
mayor que la segunda, que es un ejercicio habitual para quien
es profesional de la música), mostrando que, en general,
la actividad musical está ampliamente distribuida a lo
largo del cerebro. Sin embargo, algunas zonas sólo se activaban
al tocar Bach, y otras sólo al tocar las escalas. Esto
se interpreta como la demostración de la existencia de
circuitos cerebrales que procesan de forma diferente las tareas
relacionadas con la ejecución de una pieza musical.
Gracias a técnicas de imagen cerebral, como la mencionada
PET, la magnetoencefalografía o la resonancia magnética,
se puede seguir en la actualidad la pista anatómica de
la habilidad musical. La idea comenzó, sin embargo, a mediados
del siglo XIX, cuando se analizó (tras su muerte) cómo
era el cerebro de Hans von Bülow, destacado pianista y director.
Encontraron un mayor tamaño de algunas regiones cerebrales,
entre ellas la circunvolución superior del lóbulo
temporal. En esa época, se creía que una región
más desarrollada podría tener que ver con mayor
eficiencia o trabajo cerebral de la misma. Sin embargo, lo cierto
es que no hay características anatómicas relevantes
en los cerebros de músicos.
Investigando personas con agudas pérdidas de capacidad
musical (se estima que hasta un 5% de la población es incapaz
de percibir adecuadamente un tono musical), daños producidos
a veces por ataques cerebrales o accidentes, también se
intentó localizar la región de la genialidad musical.
Funcionalmente, se ha encontrado que la actividad de algunas zonas
de la corteza cerebral, el llamado córtex auditivo, donde
llegan las señales procedentes del sistema perceptivo,
estimula el reconocimiento de melodías y que la memoria
varía entre los músicos y los legos. Igualmente,
mediante la imagen funcional se ha comprobado que regiones como
la corteza motriz, el cuerpo calloso o el cerebelo, muestran una
mayor actividad en los dotados para la música.
Desde un punto de vista evolutivo, la habilidad musical no parece
excesivamente relacionada con la supervivencia, y la heredabilidad
que pueda existir de algunos de sus rasgos podría no ser
fundamental para la adaptabilidad de los descendientes. Ello puede
explicar la gran variabilidad que se encuentra en la población,
desde quienes son incapaces de seguir una melodía a los
grandes concertistas de nivel mundial. En esa línea de
pensamiento, parece que la aptitud musical, y su grado más
extremo e improbable, el de la genialidad, según los neuropsicólogos,
tiene que ver con la forma de funcionamiento cerebral. El cerebro
del genio podría estar programado con una serie de reglas
que evitan el cometer errores en la percepción, interpretación
y composición. En cierto modo, se la da la razón
al propio Bach, quien afirmaba: «No hay nada sorprendente:
sólo tienes que tocar la tecla adecuada en el momento adecuado,
y el instrumento hace el resto».
Un genio o un desastre
Decía Séneca que «no hay un gran genio sin
un toque de locura». En general, siempre se ha asociado
la genialidad con personalidades rayanas en la patología,
al menos con grados altos de excentricidad. Sin embargo, el cerebro
de un músico muestra un altro grado de eficiencia, y un
funcionamiento, habitualmente, que aleja ese estereotipo tan romántico
del genio como un enfermo incomprendido, con trastornos de conducta
o depresiones. Sucede también con la impertinencia y la
necesidad de destacar, características a menudo atribuidas
a genios como Mozart (como fue exagerada en la película
de Milos Forman Amadeus, por ejemplo): hay en ello
más bien un cúmulo de factores psicológicos
y sociales, relacionados con el éxito social y la integración
de quien se sabe diferente. Pero puede haber genios perfectamente
comprendidos.
Otro aspecto que han ido determinando diversos estudios sí
muestra unas características específica del funcionamiento
cerebral de quien alcanza altas cotas de excelencia en una actividad,
como es la especialización. Un estudio realizado por Catarine
Cox en 1926 mostraba que sólo uno de cada once músicos
notables mostraba habilidades superiores en otras disciplinas.
Análisis similares se han hecho estudiando la genialidad
y el talento por encima de la media en otras actividades creativas,
a la vez que otros factores relacionados con el intelecto. Howard
Gardner propuso a comienzos de los años 80 su teoría
de las inteligencias múltiples, de manera que la genialidad
se puede alcanzar en un tipo de inteligencia sin afectar a las
otras. De esta manera, el genio musical podría ser un completo
desastre en casi todo lo demás.
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