|
Un siglo de toros para enmarcar
García Campos, Lazkano y García Ergüin analizan la evolución de los carteles de Bilbao y repasan sus obras
JOSÉ MARI REVIRIEGO - Bilbao | Las fotos de los carteles
Las corrientes pictóricas que han marcado el último siglo están representadas en la plaza de Bilbao. Vista Alegre es costumbrista, modernista, impresionista, realista e, incluso, abstracta y algo 'naif'. Gusten o no los toros -mejor gustando-, los carteles de las Corridas Generales son un fiel reflejo de la historia de la pintura. No todos son originales porque el incendio de 1961 y las inundaciones de 1983 destruyeron gran parte del patrimonio. Pero queda mucho arte.
Para Luis García Campos, el pintor con más obras firmadas -tiene 24-, la paleta del cartelismo taurino debe tener tres ingredientes: «además de aludir a la feria, el autor tiene que conocer un poco este mundo y, sobre todo, pintar bien».
En este siglo de toros para enmarcar, el artista bilbaíno destaca las obras del impresionista Roberto Domingo, que dejó su sello en los años treinta y cuarenta. De las suyas, reseña la de 1988. «Al óleo, con el ruedo oscuro, el toro en primer plano y el Arriaga detrás».
Las referencias a los símbolos de Bilbao constituyen un recurso habitual en este recorrido. Desde la entrada de los liberales a la villa hasta el Guggenheim, los carteles suelen incorporar un hito de su época, con el torero de protagonista en los primeros trabajos. Por ejemplo, el cuadro más antiguo de la plaza se centra en la figura de Cúchares (1818, Madrid-1868, La Habana).
El Museo de Vista Alegre conserva los originales de un puñado de festejos como éste, de cuando aún no se había construido la plaza actual -agosto de 1882-. Para el centenario, la Junta Administrativa encargó el cartel al pintor bilbaíno Ignacio García Ergüin. También se fijó en la figura de un torero, aunque más en su capote. «Dicen que nadie pegaba las medias verónicas como Antonio Ordóñez. Le retraté así, dando mis ocres y amarillos característicos. Un cartel tiene que atraer. Aquí la fuerza está en el golpe de amarillo». Si tiene que elegir, García Ergüin, maestro del claroscuro, prefiere las obras de finales del XIX y principios del XX, «impresionistas y modernistas, muy buenas».
Un capote
Pero no siempre hay que fijarse en el torero y en la plaza, ni siquiera en un toro, para buscar la belleza. Jesús Mari Lazkano la encontró en 1996 en un capote, uno de los escasos ejemplos de pintura desnuda de las referencias habituales del cartelismo taurino en Bilbao. Así lo recuerda el autor, natural de Bergara. «Fue un momento especial y de gran responsabilidad adquirida. La tradición estaba anquilosada, utilizando referentes clásicos. La Junta apostó por un cambio y decidió contar conmigo. No fue fácil. Opté por eliminar los referentes obligados y quedarme con la mínima expresión: el capote, como pieza clave, con ese fucsia tan encendido».
Sí que hay una referencia, en la zona baja del cartel, al Bilbao de los noventa. Se ve Abandoibarra, antaño Campa de los Ingleses, en una panorámica tomada desde el monte Artxanda. Para el pintor fue algo así como «un viaje iniciático» porque, de chaval, la primera vez que vio Bilbao fue desde allí.
-¿Es necesario que a uno le gusten los toros para trabajar con ellos?
-«Me gustan, pero no soy entusiasta y en absoluto, entendido. Más que el hecho colorista, a mí lo que me gusta es el movimiento de las piezas en la plaza. De cómo a partir de unas reglas muy estrictas se puede generar el caos y cómo se intenta ordenarlo. En realidad, esa relación, que fluye muy bien, es lo que me interesa de la pintura. Poder llegar del orden a la libertad».
|