La trayectoria del 'Guernica' está marcada por sus vínculos
políticos, la constante itinerancia y los daños sufridos
El 'Guernica' es algo más que una obra de arte, aunque de calidad
excepcional. Su mayor virtud radica en su capacidad para interpelar
al espectador. No cabe la indiferencia ante su propuesta, explícita
y contundente. "Grita contra la barbarie y todo el mundo lo comprende",
asegura Gijs Van Hensbergen, profesor de estética y autor de
un libro que analiza los azarosos setenta años de vida de este
cuadro. A su juicio, el mensaje contenido en el gran lienzo traspasa
todas las contingencias y especificidades, las diferencias culturales
y geográficas, e, incluso, las barreras que dividen a las generaciones.
"Nos habla a todos", defiende. "Es enorme en su tamaño
y también en su espíritu. Por ejemplo, se advierte este
don cuando llega al museo un grupo de niños japoneses y quedan
atrapados por la tela, sin que su profesor tenga que decir nada. Es
visceral, profundo. Pablo Picasso, el pintor más importante del
siglo XX o, quizás, de todos los tiempos, ha encontrado un idioma
que entiende todo el mundo".
Pero esa unanimidad no ha sido una característica que siempre
ha acompañado a la pieza. El pintor malagueño la ejecutó
como un encargo oficial para la Exposición Internacional de Artes
y Técnicas de París en 1937. España se encontraba
inmersa en la guerra civil y el gobierno democrático utilizó
su presencia para revindicar la legitimidad de su lucha. La demanda
de un trabajo al pintor, nombrado entonces director del Museo del Prado,
coincidió con el brutal bombardeo de la villa foral y la inspiración
del acontecimiento dio lugar a dos meses de incesante actividad en su
taller parisino de la Rue des Grands Augustins. Las dimensiones del
cuadro, 3,5 metros de alto por 7,75 de ancho, le acercaban al concepto
de mural, primera pretensión de las autoridades, y obligaron
al artista a inclinar la tabla y trabajar con escaleras.
La inclusión en el pabellón diseñado por José
María Sert y Luis Lacasa, excelente muestra del estilo racionalista,
le otorgó un inmediato protagonismo, aunque compartiera espacio
con obras como 'La Montserrat' de Julio González, 'La fuente
del Mercurio' de Alexander Calder o 'El pagés catalá i
la revolució' de Joan Miró. La creación se acompañaba
de los trabajos preparatorios y las fotografías de Dora Maar
que documentaban el proceso. Desde el inicio cosechó la atención
del público, pero también críticas provenientes
de todos los frentes. La derecha le reprochaba su dramatismo sin concesiones,
mientras que la izquierda lamentaba la influencia cubista que descomponía
la escena en numerosos planos de percepción.
El progresista Anthony Blunt le achacó al creador su incomprensión
de la trascendencia política de lo sucedido en el País
Vasco. El famoso crítico y espía de la URSS se unió
al bando de defraudados, heterogéneo colectivo en el que también
se hallaba el pintor José María Ucelay, para quien, según
propias palabras, el cuadro era de lo peor que se había hecho
en la historia del Arte. "Tampoco le gustó al lehendakari
Aguirre", señala el escritor holandés. En su opinión,
a menudo, subyacía una cierta envidia en las descalificaciones.
"Aunque son comprensibles las referencias que cuestionaban su emplazamiento,
enfrente del lugar donde tenían lugar las representaciones de
'La Barraca' y los espectáculos de danza".
Tras la finalización del encuentro universal, el 'Guernica' inició
su largo periplo. Fue la estrella de una exposición itinerante
por Escandinavia en la que participaban también Matisse, Braque
y Henri Laurens. Al finalizar este viaje, Juan Larrea y Roland Penrose,
dos activistas comprometidos con el régimen, colaboraron para
que también pudiera contemplarse en Inglaterra y ayudar a la
causa republicana. El curso de la guerra resultaba nefasto para las
filas gubernamentales, necesitadas de apoyos económicos y la
intervención resuelta de las potencias occidentales, remisas
al compromiso. La consecución de ambos objetivos recaían
en la obra, capaz de apelar al crimen que suponía una guerra
tan devastadora para el pueblo español.
Misión recaudatoria
Su primera cita fue en la Whitechapel Art Gallery donde alcanzó
un gran éxito de público, pero Van Hensbergen destaca,
sobre todo, la emotividad de su siguiente ubicación, un salón
de coches en Manchester. "La entrada costaba un chelín y
los espectadores dejaban un par de zapatos para los soldados junto al
lienzo, como si fueran exvotos". Sin embargo, los Estados no cambiaron
su política y la República se desvaneció arrollada
por las tropas franquistas. Pronto, esos mismos países habrían
de enfrentarse a similares horrores de manera aún más
sistemática y cruel.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, Picasso decidió
que su obra embarcara hacia América, como hicieron otros muchos
refugiados, y que su exposición sirviera para recaudar fondos
para los expatriados. En veinte meses era la novena vez que se desprendía
de su bastidor para ser enrollada y transportada, un procedimiento que
tendría graves repercusiones para el mantenimiento de la capa
de pintura. El experto explica en su libro las vicisitudes que había
de sufrir en cada operación. Los mayores daños provenían
de los agujeros necesarios para insertar las tachuelas, capaces de desgarrar
la tela debido a las sucesivas perforaciones, sumados a los efectos
de las periódicas labores de tensión y distensión,
o las perniciosas consecuencias de los cambios de humedad y temperatura.
La entrada en Estados Unidos coincidió con la celebración
de la Exposición Universal de Nueva York, fenómeno que
contribuyó a su divulgación, potenciada también
por las reseñas de los críticos de arte, la atención
de la prensa y la puesta en marcha de simposios al efecto, caso de uno
llevado a cabo en el Museo de Arte Moderno (MOMA), puerta de entrada
de la influencia del Viejo Continente. La gira norteamericana del 'Guernica'
empezó con recorrido por las dos costas y su presentación
en Los Ángeles convocó a buen número de estrellas
del cine, aunque también supuso la proliferación de insultos
desde los medios especializados más pacatos. La llegaron a considerar
'fea', 'repugnante' o una 'patraña' y acusaron a su creador de
comunista. Un movimiento de extrema derecha, nacionalista y contrario
a la influencia cultural europea, incluso realizó una campaña
de denuncia que siguió su viaje por San Francisco o Chicago.
Aunque las recaudaciones obtenidas no fueron relevantes, la ronda sirvió
para dotarla de una creciente popularidad entre la población,
sensibilizada por la amenaza de los regímenes totalitarios que
se expandían al otro lado del Atlántico. Además,
su importancia como vehículo político fue acompañada
por una nueva apreciación en el plano artístico. La retrospectiva
que dedicó el MOMA en 1939 a Picasso asentó su prestigio
y, para regocijo de Alfred H. Barr, su director, permitió que
la institución obtuviera su custodia mientras la situación
europea no mejorara y el pintor permaneciera en su taller en medio de
una ciudad ocupada por las tropas nazis. El cuadro se instaló
en una sala de la tercera planta, flanqueado por 'Les demoiselles de
Avignon' y 'Muchacha ante el espejo', a la espera de tiempos mejores.
La victoria aliada no implicó una nueva etapa de esplendor para
las vanguardias europeas. La pujanza de la novedosa abstracción
ponía en tela de juicio la validez de los presupuestos cubistas,
su potencialidad como vehículo para la expresión y el
sentimiento. Además, la política de bloques también
propiciaba una caza de brujas personalizada en las campañas difamatorias
del senador McCarthy. Buena parte de los instigadores de la difusión
del 'Guernica' en América del Norte, caso del Congreso de Artistas
Estadounidenses o el Comité de Artistas Cinematográficos
en favor de los Huérfanos Españoles, se vieron inmersos
en acusaciones sobre presuntas actividades filocomunistas. Tal y como
señala Van Hensbergen, los textos que acompañaban la exhibición
del cuadro se expurgaron de todo vínculo con la Guerra Civil
o Franco, una autoridad menos cuestionada en el nuevo escenario geopolítico.
"Picasso era comunista y el cuadro, de repente, el más comunista",
indica.
En
1953 el lienzo errante volvió a atravesar el océano para
formar parte de la primera antológica picassiana en Italia e
integrarse en un revelador conjunto, antibelicista y contrario a la
política norteamericana, formado por 'Masacre en Corea' y los
dos paneles murales de 'La guerra' y 'La paz'. Ese mismo año
se desplazó a la Bienal de Sao Paulo y tres años más
tarde volvió a cruzar el Atlántico en una larga 'tournée'
por Francia, Alemania, Bélgica y Suecia, seguida de nuevos desplazamientos
por el interior de los Estados Unidos.
Cansancio de la tela
La política del museo era mantener y difundir aquel manifiesto
pacifista en los tiempos difíciles de la política de bloques,
pero las condiciones materiales de la pieza empezaron a demostrar la
repercusión de tanto traslado. La pintura, ya seca, cristalizada,
había sufrido las consecuencias de los sucesivos enrollamientos
y, especialmente, los bordes habían quedado muy afectados por
los ejercicios de estiramiento para evitar su natural tendencia a combarse.
Pequeñas partículas se desprendían de la tela.
Además, se podían apreciar abolladuras y desgarros aún
más preocupantes. "En mi opinión, una restauración
puede privar al cuadro de su magia y también las técnicas
de conservación ocasionan perjuicios", apunta Gijs Van Hensbergen.
La aplicación como sustancia adhesiva de resinas de cera, poco
flexibles, incidió en el aumento de la fragilidad. También
se filtraron a la superficie y tendieron a acumularse en los extremos.
Posteriormente, se le aplicó un barniz mate protector que contribuyó
a resaltar el contraste entre el blanco y el negro.
Los primeros contactos, o siquiera manifestaciones públicas de
las autoridades españolas para hacerse con el 'Guernica' se remontan
a 1968, con ocasión de la inauguración del Museo de Arte
Contemporáneo, levantado en la emblemática Ciudad Universitaria.
Sin embargo, el discurso oficial en torno al genio no perdió
su ambigüedad respecto al creador durante todo el período
franquista, mientras Picasso mantenía que tal cesión sólo
podría hacerse a un régimen republicano y democrático.
Mientras tanto, el cuadro seguía lejos, manteniendo su ascendiente
sobre las sucesivas generaciones de artistas, siempre obligados a manifestarse,
a favor o en contra, de ese indudable magisterio. También parecía
que la vida del cuadro se encontraba íntimamente ligada al devenir
social y político de la potencia mundial.
En febrero de 1974, esa conexión se reveló en un sorprendente
episodio. En protesta por el perdón al oficial William Calley,
responsable de la matanza de la aldea vietnamita de My Lay, el joven
Tony Shafrazi escribió sobre el lienzo con aerosol rojo la leyenda
'Kill All Lies' (Muerte a todas las mentiras). Se antojaba una muestra
de vandalismo militante 'controlado' que pretendía, de alguna
manera, la colaboración del cuadro, y su lenguaje antibélico,
en la denuncia del violento episodio.
Asimismo, evidenciaba la aportación de la cultura expresiva del
'graffiti', convertida en arte gracias a jóvenes autores como
Jean Michel Basquiat o Keith Haring, y su incorporación al cuadro.
De esta manera, el incidente también podía ser interpretado
como una manera muy 'sui generis' de actualizar su compromiso y su facultad
como revulsivo en una sociedad adocenada. La ironía, también
siempre relacionada con el carácter de Picasso, radica en que
aquel joven activista es actualmente uno de los más prestigiosos
marchantes de la ciudad. "Hoy Shafrazi no quiere hablar de aquel
hecho", señala el profesor. Afortunadamente, el barniz impidió
la producción de daños irreversibles.
Su llegada a España en 1981 no acabó con las polémicas.
Madrid, Barcelona, Guernica y Málaga se disputaban su destino
hasta la elección del Casón del Buen Retiro, en la capital,
como emplazamiento más adecuado hasta su definitiva instalación
en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. El último
debate ha provenido de la pretensión de una acogida temporal
en el País Vasco, a la que se opone el equipo de restauradores
por su precaria condición. Gijs Van Hensbergen es partidario
de atender la opinión de los expertos tras recalcar los graves
daños sufridos y el delicado estado del 'Guernica'.
En cualquier caso, el autor defiende su vigencia aludiendo al incidente
provocado por el velo de la copia que flanquea el auditorio del Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas con ocasión de una conferencia,
en el 2003, de Colin Powell. Aquella intervención, que preludiaba
la invasión de Irak, exigía la censura del cuadro pacifista.
"Porque mantiene su fuerza y la sigue desplegando en numerosos
lugares", señala. "Se ha colocado delante de representación
de Estados Unidos en Cuba, por ejemplo y siempre aparece su imagen allí
donde hay una guerra. Generalmente un bando, o los dos, buscan su apoyo
moral".