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JAVIER GONZÁLEZ DE DURANA
La originalidad del Guernica pintado por Pablo Picasso en 1937 es de
tal naturaleza que resulta difícil encontrar antecedentes en
la historia del arte que, en algún sentido, sirvan para señalar,
siquiera levemente, alguna fuente a partir de la cual el pintor malagueño
pudiera haber arrancado como impulso inicial para su personal descripción
de la barbarie bélica. Como es bien conocido, en cuanto al estilo
en que está resuelta la pintura, Picasso recurrió a la
manera inventada por él mismo durante la primera década
del siglo XX, el cubismo, pero en lo relativo a iconografía y
composición la falta de obras semejantes resalta la singularidad
de este trabajo.
Es cierto que la horizontalidad y gran tamaño del lienzo manifiestan
una voluntad narrativa por parte del autor, de contar muchas cosas en
un solo golpe de vista. En este sentido Guernica remite a cierto muralismo
norteamericano (mexicano y estadounidense), con connotaciones ideológicas
izquierdistas, pero a diferencia de éste, en donde lo narrado
se lee secuencialmente, como pasando de una página a otra o,
si se quiere, de un tramo del lienzo al siguiente tramo, en Guernica,
la lectura de todos los elementos iconográficos es simultánea,
con lo que, aquello que de narración tiene, queda como congelado,
suspendido en un solo tiempo. De otra parte, al estar las figuras resueltas
en una escala superior a la del tamaño natural la gran superficie
del lienzo no queda ocupada con tantas escenas interiores como en principio
esa superficie podría por sí misma dar a entender.
Sin embargo, los elementos visuales situados dentro de esa 'narración
contenida' tienen poco que ver con los habituales en pinturas anteriores
que describen acciones bélicas o represivas dentro del contexto
de una guerra. Nada más elocuente, para comprobar esto, que contemplar
en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía la actual exposición
en la que Guernica se exhibe junto a pinturas de Francisco de Goya y
Edouard Manet. Nada que ver; estos son fusilamientos y aquello es bombardeo,
estos se ejecutan contra personas concretas, cara a cara, y aquello
se descarga sobre población indeterminada y anónima, desde
la impune distancia que impide ver al agresor.
Uno de los pocos antecedentes iconográficos mencionados en relación
con Guernica es la pintura llamada Los horrores de la guerra, realizada
por Peter Paul Rubens en 1637-38. Existen algunos aspectos comunes,
empezando por el título y continuando por una mujer que alza
sus brazos al cielo en señal de dolor desgarrado, pero no mucho
más. Existe más voluntad por querer encontrar paralelismos
que realidades propiamente dichas.
No obstante, otra pintura ejecutada por Rubens contiene un mayor cúmulo
de referencias iconográficas casi textuales, a nada que esas
referencias sean 'traducidas'. Se trata de la Matanza de los Santos
Inocentes, pintada entre 1635 y 1639, actualmente conservada en la Alte
Pinacotek de Munich. De grandes dimensiones (210 x 317 cm.), es mas
que probable que Picasso nunca conoció directamente esta obra,
sino que tuvo conocimiento de su existencia por medio de un grabado
(realizado por Paulus Pontius, 1643) que recoge solamente la mitad izquierda
de la imagen pictórica y que reproducimos junto a este artículo.
En ese grabado encontramos varios elementos que tienen su réplica
en la pintura de Picasso: (1) junto al lateral derecho, una mujer que
eleva sus brazos en señal de dolor (casi idéntica, igual
gesto y misma posición, a la que aparece en los Horrores de la
guerra); (2) un friso de cuerpos, brazos y piernas en primer término
a lo largo del borde inferior de la pintura; (3) en el centro, una mujer
que sostiene entre sus brazos a un niño muerto, y que en Guernica
queda a la izquierda; (4) un edificio en ruinas y humeante a la izquierda,
que en Guernica está a la derecha; (5) la cabeza bestializada
de un sicario vociferante de Herodes, atacado por una mujer, en el mismo
lugar y posición que ocupa el caballo relinchante en la obra
de Picasso; y (6) la luz celestial del Martirio representada por tres
ángeles que arrojan flores en una posición semejante a
la ocupada por la luz eléctrica de la Historia que ilumina el
drama bélico.
Existen otros detalles, como la indiferencia del toro picasiano, que
es semejante a la del perro que lame la sangre derramada por los infantes,
y el propio asunto en sí, pues ambos casos son "matanzas
de inocentes", en el relato bíblico para evitar que hubiese
otro Rey de los Judíos que pudiera arrebatar a Herodes su trono,
y en la escena bélica por un ensayo estratégico orientado
hacia ataques masivos a población civil durante conflictos armados.
El año que viene se celebrará el 70 aniversario de Guernica
y en torno a este hecho se celebrarán actividades que, mucho
me temo, desactivarán el componente ideológico de la pintura,
la fuerte carga de denuncia que contiene, no una denuncia acaramelada
y bienintencionada, sino radical, rabiosa y comprometida. Guernica va
a sufrir en los próximos meses una fuerte campaña de reconsideración
que terminará por convertirlo en una mera postal sin atisbo del
significado original para las nuevas generaciones. Si como se pretende,
el cuadro viaja hasta Bilbao, se turistizará, banalizará
y desactivará aun más..., hasta vaciarla por completo.
Lo importante de ese Guernica es recordar cuáles son los Guernicas
de hoy, si por ejemplo esa población se llama ahora Fallujah,
en Irak, si el ejército agresor no es alemán sino otro,
de qué país y por que actúa así. El arquitecto-escultor
Siahj Armajani (estadounidense de origen irakí) ha realizado
una pieza monumental denominada Fallujah, que tiene problemas para mostrar
al público en los EEUU por censura, y en ella recupera signos
iconográficos de Guernica para una obra formalmente muy distinta
y para recordarnos que el trabajo de Picasso no ha acabado y que a cada
generación artística le toca rehacerlo a la vista de los
inevitables horrores de su época.
Javier González de Durana es director del Museo Artium
de Vitoria