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El TAU coge billete para otra semifinal de Copa

Peleará el sábado por un puesto en la final contra el Barcelona, que eliminó al Real Madrid (75-83)

Más de uno hubiera agradecido un chivatazo desde el bando valenciano sobre las aviesas intenciones del Pamesa. La escuadra levantina acarició la sorpresa de la jornada inaugural tras piratear los argumentos azulgranas, esos que versan sobre la sistematización adelante, el buen juicio en cada decisión y una defensa gremial y numantina. Sólo cuando el TAU Cerámica recuperó dichas señas -pasado el ecuador de la cita por cierto-, la afición vitoriana recobró el resuello. Porque más de uno se vio de vuelta por la N-1.

Y es que el Pamesa vendió carísima su eliminación, por la que todo el mundillo de la canasta había apostado. Y eso que se personó tarde al calentamiento. No así al pitido inicial. Concentrados y en la onda precisa, los atribulados discípulos de Spahija -qué raro se hace aún verle en el bando contrario y sin montura de gafas!- sorprendieron a todo quisqui con su descorche. Burbujeante el cuadro levantino, tejió una tupida telaraña alrededor de su pintura, al tiempo que atinó con sus decisiones ofensivas.

Se escenificaba el mundo al revés. Un carnaval adelantado. El séptimo clasificado, disfrazado de líder. Y el acaparador de triunfos, transmutado en una chirigota de pega. No cabe otra descripción a su primer cuarto. Abstraído, tan desangelado como el ambiente en el graderío, el TAU parecía una caricatura. De mal gusto, además.

Doce abajo
Casi sin dar tiempo a pestañear, la desventaja en el luminoso se infló hasta los doce puntos (6-18, minuto 6). El espectáculo lo ponía el cuadro mediterráneo con los triples de Shammond Williams, anárquico primo de Kevin Garnett por cierto, o la elegancia de Nielsen, el bohemio que sueña con colgarse a la tabla de surf cuando deje lo de anotar. En el otro bando, únicamente una ristra de pérdidas, inconcebibles en una escuadra de la talla de la vitoriana. Y de correr, su estado natural, ya ni hablamos.

La pregunta salía sola visto el desarrollo de los acontecimientos. ¿Sería capaz el Baskonia, el equipo suscrito a los atracones, de jugar con el marcador tan en contra?

Seco de soluciones inmediatas, Ivanovic recurrió a la segunda línea, a la caza de un sentido más gremial. Y por enésima vez, el orgullo de Vidal, la mirilla de Teletovic y la labor sorda de Splitter devolvieron la esperanza. Y a alguno, hasta la respiración.

Esos pilares reconstruyeron el aura de la concentración, básica en un torneo de tan corto recorrido. El aumento de las revoluciones defensivas y un mayor tino adelante -buena labor de Ilievski en ese apartado- propiciaron la ansiada compresión en el electrónico.

Cordura recuperada
Ambos volvieron a tocarse (29-28, minuto 16), al igual que en el salto inicial. Este Pamesa, el mismo sobre el que en los prolegómenos decían más preocupado de su próximo y decisivo choque en la Eurocup que de la Copa, informó de sus ganas. Vamos, que le había cogido gusto al Palacio de los Deportes y al Palace, el elitista hotel que congrega a los actores principales de esta edición.

Cuando el Baskonia, después de ponerse por fin duro atrás, colocó algo de cordura (54-47, minuto 29), su adversario poco pudo agregar. Mientras el choque se le hacía corto a los alaveses, el equipo de la ciudad del Turia capitulaba, resignado ante los empellones procedentes del otro lado.

Y entre una lluvia de pelotitas, regaladas por la organización y despreciadas por el público, al Pamesa no le quedó otra que estrechar la mano. Mañana, ante el Barça, el TAU necesitará otra cara, ya que tanta angustia puede acabar con el más pintado.