Normalmente, el visitante
inicia su recorrido a través de la calle Posta, accediendo
desde el Teatro Arriaga, escenario de miles de obras teatrales
que han animado durante décadas la vida cultural de los
bilbaínos. Una gran cola de personas aguarda paciente
su turno para adquirir lotería de Navidad en una de las
muchas administraciones que reparten suerte en el corazón
de Bilbao. «Yo soy de Vitoria, pero mis hijos viven en
Getxo y todos los años, si puedo, me acerco al Casco Viejo
y recojo unos cuantos décimos. Es una tradición»,
explica Antonia, una abuela que asegura haber cogido, en un par
de ocasiones, «un buen pellizco».
Las más jovencitas abarrotan las tiendas de ropa, que
lucen en sus escaparates las últimas tendencias para todos
los sexos y edades. «Si lo sé, me quedo en mi casa.
Hay tantos sitios y tanta variedad que todavía me esperan
unas cuantas horas de sufrimiento», afirma Jorge mientras
su compañera se prueba una falda de colores vivos. Sin
embargo, a otros les encanta acompañar a sus novias. «Venimos
siempre juntos, pero cada uno por su lado. Quedamos a una hora
y vemos por separado lo que nos gusta. Luego, nos acompañamos
el uno al otro y hacemos las compras», argumenta Iñaki.
«Es mejor que cualquier centro comercial. Siempre que
venimos, encontramos ropa que nos gusta», sentencian Soles
y Sonia Fernández, dos jóvenes barakaldesas que
no dudan en desplazarse al Casco porque «es la mejor alternativa
para adquirir todo aquello que no encuentras en otros sitios».
Libros tradicionales
Siguiendo por la calle Bidebarrieta, con la hermosa Catedral
emergiendo al final del camino, el visitante puede toparse con
algunas de las librerías más antiguas de la parte
vieja de Bilbao. Viejos manuscritos y novelas actuales conviven
en los vetustos estantes de estos establecimientos. Y si uno
quiere seguir el recorrido por las entrañas de la ciudad,
qué mejor compañía que la de un libro que
le ayude a comprender la jerga característica de la capital
vizcaína. Vocabulario popular de Bilbao es un best-seller
de las Siete Calles. Escrito por Josu Gómez, el libro
recoge minuciosamente las palabras del habla popular de la ilustre
Villa desde sus orígenes. Algunos de los singulares vocablos
como chuchos (pastelitos rellenos de natillas) o chimbera (escopeta
para tirar a las palomas) han perdurado en nuestro habla, otros
como sospales (pedazos de madera) o chirta (ave similar a la
alondra) sólo son recordados por los más mayores.
La tradición sigue presente en las tiendas de comestibles.
Estos establecimientos, en los que se ha pagado con reales y
céntimos, luego pesetas y dentro de poco euros, conservan
el encanto del comercio familiar y del trato exquisito de sus
dependientes de bata blanca. Todavía perduran algunos
pesos y cajas registradoras antiguas. El reloj parece haberse
detenido una centena de años y el txakoli se sigue vendiendo
en botella o en garrafa. Perretxikos y sardinas son otros de
los productos típicos de las entrañas bilbaínas.
Estos alimentos, junto a muchos otros -frescos y congelados-,
se pueden comprar en el Mercado de la Rivera, un prodigio arquitectónico
que descansa a la orilla de la Ría.
La Catedral de Santiago sorprende al visitante con su alta
torre y sus más de seis siglos de antigüedad. El
recogimiento y el silencio de su interior contrastan con la ferviente
actividad que se desarrolla más allá de sus muros.
En el exterior, las confiterías preparan unos caramelos
de malvavisco llamados santiaguitos en su honor. También
se venden otras delicias autóctonas, como los metritos
o los bilbainitos, ambos dulces de chocolate. «Son deliciosos
los turrones artesanos y las almendras garrapiñadas que
hacen en ollas antiguas de cobre. En alguna Navidad, los hemos
comprado y son riquísimos», sentencia María
Ángeles Cuezva, una mujer apasionada de la comida casera
y firme defensora de la cocina de toda la vida.
El visitante deja atrás la Plaza de Unamuno, donde
el busto del escritor vigila, desafiante, cualquier movimiento
de los viandantes. Es el momento de regresar a casa conectando
con el metro o, si se prefiere, se puede continuar el recorrido
hacia la Plaza Nueva, lugar de obligada visita, más aún
en domingo, cuando se celebra un archiconocido mercadillo donde
destaca la venta de piezas de coleccionista y de pájaros
cantores.
Los músicos callejeros animan el paseo. Las piernas
agradecen moverse al ritmo del cantautor Manu de Begoña.
«Bilbao me agradas, Bilbao me bastas», canturrea
el compositor. Finalmente, el viandante puede terminar dándose
un capricho comprando alguna de las finas piezas de joyería
que se pueden adquirir en la zona. Oro y diamantes para un recorrido
ya clásico para casi todos, más aún en Navidad.